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Su legado vive

100 años de Pinochet: ¿Cómo lo sacamos de encima?

Pinochet es ya casi un concepto. Con ese apellido muchos podemos resumir el Chile que vivimos y el que- si no hacemos algo al respecto -seguiremos viviendo por mucho tiempo más. Él fue el comienzo de este país que vivimos. El que sacó las armas para defender a los que siempre habían podido defenderse y así aplastar a los indefensos; a los que querían pensar otro Chile en aquellos lejanos años ’70. Esos años que lo convirtieron a punta de traiciones en el mandamás de una dictadura, luego de haber sido el más mediocre entre los mediocres; el más poca cosa entre los poca cosa.

Una vez en el poder, Augusto sacó sus anteojos más oscuros para mostrarse fuerte y cruel. Había una guerra, según él creía, y había que ganarla de todas maneras. Era una guerra que existía en su cabeza y en la de sus patrones. Porque Pinochet tuvo patrones, sí, eran los que lo aplaudieron, los que le dieron sus joyas para construir ese gobierno tirano que edificara un Chile sin voces en contra, sin opiniones molestas y sin rotos alzados que pidieran derechos y cosas por el estilo.

Chile fue así convirtiéndose en Pinochet. Los ciudadanos se fueron transformando en él. Fueron entendiendo que lo importante era escalar, pero nunca mirar al lado.

Pero quizás la gran guerra que libró Pinochet fue la que trató de ganar en su interior. El dictador quería ganarle a lo que fue, a los desprecios que recibía por su corto raciocinio, por su mezquino actuar frente a todo. A una Lucía, su mujer, que lo miraba hacia abajo e intuía que sus logros no serían nunca más que quizás llegar a la Comandancia en Jefe, aunque no lo creía capaz. Para eso Augusto debía hacer lo imposible por revertir lo que sería su futuro; debía mentir, ocultar sus ideas -si es que las tenía- y dar el golpe final. No era mucho trabajo, pero era la única manera de lograr ser algo por sobre los demás. Algunos decían que las guerras eran las grandes oportunidades para los mediocres y por eso él inventó una inexistente para dejar de lado su sombría existencia y así entrar de lleno en los brazos del poder.

Si bien Pinochet llegó a ser Comandante en Jefe, no lo logró por sus capacidades, sino por la falta de éstas. El general Prats y el Presidente Allende vieron en su simpleza intelectual a un aliado en momentos en que había una derecha golpista que pedía a gritos un levantamiento militar. Lo que no previeron ellos, es que esa simpleza era la peor enemiga en momentos como esos. Lo rustico de su pensamiento hizo que el general tomara las riendas y no midiera consecuencias, aunque traicionara todo lo que estaba tras él. Sus raciocinios eran tan limitados que lo único importante en ese momento era aspirar a algo. Llegar a ser alguien a costa de todo y de todos.

a pinochet

Por eso es que se convirtió en el mejor capataz de una elite. Mientras ellos lo aplaudieran, él seguiría haciendo el trabajo sucio. Mientras ellos construyeran un país que se pareciera más a él, el uniformado haría lo posible por perpetuar este legado incluso cuando ya no estuviera en el poder. Era un pacto con quienes lo necesitaban para seguir estableciendo estructuras socioculturales propicias para un libre mercado no tan libre.

Chile fue así convirtiéndose en Pinochet. Los ciudadanos se fueron transformando en él. Fueron entendiendo que lo importante era escalar, pero nunca mirar al lado. Subir y subir con tal de dejar el pasado escondido y así travestir el país para que no se pareciera tanto a lo que había sido, igual que el dictador, quien se sentaba en grandes tronos platinados para así ocultar su falta de vocabulario y su guerra interior, esa que nosotros sufrimos y los de arriba tanto disfrutaron.

Pinochet es ya casi un concepto. Con ese apellido muchos podemos resumir el Chile que vivimos y el que- si no hacemos algo al respecto- seguiremos viviendo por mucho tiempo más.

Hoy seguimos hablando de Pinochet porque su violento simplismo aún lo sufrimos. Porque su sentimiento de inferioridad incluso con su mujer de ascendientes radicales y burgueses, hizo que nos transformáramos en un país de arribistas en búsqueda del poder, aunque ese poder fuera el más mínimo. Son las constantes ansias de abrazar al que está más arriba y aceptar todas sus condiciones con tal de poder sentir desde cerca su perfume. No por nada hoy todavía asociamos inteligencia con dinero.

Es por eso que estos 100 años que habría cumplido un día como hoy, nos pueden servir para mirarnos, para sacarnos el uniforme y afeitarnos ese bigote de una vez por todas y preguntarnos cómo lo sacamos de encima. Porque por más que se niegue su figura, más presente está su masacre cerca nuestro. Mientras más intentamos obviarlo, menos nos damos cuenta de que el problema está en que todos, e incluso -y sobre todo- quienes se opusieron a él en los ’80, terminaron aceptando sus condiciones y cerrando la boca frente a ese Chile que se hizo a su imagen y semejanza.

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