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Populista, no popular

Américo, el superhéroe de la indignación

“Este puto gobierno no hace nada”, fueron las palabras que encendieron la palabrería twittera en esta ocasión. ¿Quién las decía? ¿Un líder indignado o un poblador? No, lo dijo Américo: el cantante del “que levante la mano”, el que grita “¡a morir!” cada vez que puede.

La escena era la siguiente: él, con parka azul arriba de un camión y con un micrófono entregando ayuda a pobladores de Paipote, localidad del norte del país afectada por el aluvión. A veces parecía uno de ellos, al compartir el sentimiento de frustración, mientras otras parecía más bien un predicador, un mesías que venía del mundo de la tele a contarles una buena nueva: todos los quieren cagar.

Américo llega a representar esa sociedad que no sólo escribe en 140 caracteres, sino que no piensa más allá de éstos.

Su discurso presentaba una dualidad curiosa: una especie de par, pero superior. De compañero de sufrimiento, pero desde una perspectiva paternalista, contándoles lo que ellos ya saben y tratando de que entiendan algo que ya entienden con un discurso indignado y carente de inteligencia. Populista, pero no popular.

Américo llegaba desde el mundo de las luces a simplificarles el mundo y contarles que hay buenos y malos y no matices. A dibujarles un planeta gringo a lo Batman o Súperman donde él, por haber pisado los set de televisión, es más cercano a un héroe que a un villano en este mundo de blanco y negro en el que habita y quiere transmitir. Ese mundo que le sirve tanto a los medios y que alimenta la sed del alegato estéril, de la rabieta corta y de la eterna lucha contra algo que no se tiene clara qué es.

Su discurso presentaba una dualidad curiosa: una especie de par, pero superior. De compañero de sufrimiento, pero desde una perspectiva paternalista.

Américo llega a representar esa sociedad que no sólo escribe en 140 caracteres, sino que no piensa más allá de éstos. Vio la oportunidad y dijo palabras que suenan bonitas, pero también son peligrosas en momentos en los que no se puede jugar a ser superhéroe cuando hay gente que sospecha constantemente de lo democrático. Es cierto, como en toda democracia él puede decir lo que se le antoje, pero cierto también es que muchas veces se confunde la libre expresión con la reacción, y con la destemplada manera de provocar reacciones y no perspectivas.

Los indignados no conocen Chile más allá de sus narices, no lo piensan a futuro y no les interesa cómo será en 15 años más. Sólo les interesa el aquí y el ahora, el álgido sonido del eterno despotricar; el ruido fuerte del aplaudir la frase dura y precisa -como la de Américo- y quedarse solamente con esa sensación. Sólo sensaciones y no reflexión, porque reflexionar parece ser hecho para débiles y hoy la debilidad y el titubear no tienen espacio entre quienes creen solamente en una realidad: en la de la perfección versus la maldad.

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