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Cacerolazos ABC1: La invención del miedo

En las sociedades se ejerce control mediante la invención de enemigos. Es la manera de construir realidades y sostener ideas de manera más fácil, o por lo menos más contundente. Estados Unidos, por años, ha visto a todo el que se muestre distinto o poco acorde con su discurso como el mal. Como el que está atacando una cierta estabilidad o una idea de cómo debería ser su sociedad y el mundo. Un ejemplo son las declaraciones del pre-candidato presidencial del Partido Repúblicano, Donald Trump, quien en el discurso en el que anunciaba su candidatura, dijo que México enviaba a la peor clase de gente a “Norteamérica”-como les gusta llamarse- a trabajar y que eso había que impedirlo.

Siempre esos discursos apestan a cierto heroísmo desentendido de la realidad. Es curioso que Trump trate de establecer una hegemonía racial en un país lleno de inmigrantes, como también es curioso que en países como el nuestro seamos tan buenos para tratar de instalar muchas veces la idea de que el de piel morena es peligroso o por lo menos deberíamos ponerle atención. Es extraño porque -aunque creamos lo contrario- en nuestra sociedad la raza aria no es la predominante.

Resulta más fácil pedir sangre y exterminio que preguntarnos qué es lo que queremos para Chile. Nos da susto mirar más allá de nuestro patio. Nos da pánico no sentir miedo. Ese inventado miedo.

Al hablar de lo moreno o de lo marginal en Chile siempre se habla de la delincuencia y del miedo a ésta. Durante los ’90 nos refugiamos en nuestras casas e invertimos una gran cantidad de dinero con tal de aislarnos, de autosegregarnos y negar todo contacto con el de al lado construyendo nuestras fortalezas con grandes rejas que no dejaban ver nada de lo que sucedía dentro de nuestras casas por miedo al otro. Por terror al delincuente que organizaciones como Paz Ciudadana -comandada por Agustín Edwards- edificaron con comerciales que lo tipificaban según rasgos que lo asociaban con usar polerones que no están a la moda, taparse la cabeza con gorros que no fueran sombreros elegantes y, sobre todo, tener un color de piel que, claramente, no tienen quienes viven en Las Condes, Vitacura o Providencia, entre otras comunas.

Es cierto, la delincuencia existe. Es claro que en toda sociedad muchas veces poco democrática y tan desigual como la nuestra los actos delictuales se hagan presentes. Y, obviamente, molesta y causa rabia cuando se es víctima de ello. Pero la gran pregunta es cómo se trata este tema realmente y si el efectismo de los medios -hasta el día de hoy- es acorde con la realidad y con lo que realmente pasa en Chile. Esto porque circulan una gran cantidad de lugares comunes al respecto que se toman las cabezas de los ciudadanos. Cosas como “la puerta giratoria” y que “la justicia no funciona” son concepciones que el periodismo sensacionalista -y oportunista- instala en nuestras mentes de manera sumamente política con tal de que detectemos a ese enemigo tan conveniente para ciertas ideas. Porque muchas veces es más fácil gente con miedo que personas que comprendan el lugar en el que viven.

Es cosa de leer las cifras de victimización y sensación de vulnerabilidad que, según encuestas como la CEP y la Adimark, durante el año pasado, fueron las más altas desde el 2000. Todo el mundo quiere penalizar, ser un pequeño juez que decida sobre la vida de quien lo ha dañado o pretende dañarlo o se cree que pretende dañarlo. El creer que alguien te va a hacer daño es la sensación que más se ha instalado entre nosotros.

Sin ir más lejos, en los barrios llamados ABC1 se organizó un “cacerolazo” en contra de la delincuencia. Un acto en contra del enemigo. De ese enemigo post-dictadura que vino a reemplazar al comunista o al socialista, en contra del cual también aplicaron cacerolazos para que la fuerza militar se viniera -y vaya que se vino- en su contra y los masacrara sin importar las consecuencias. Insisto: las sociedades son más controlables con el miedo y con las reacciones fáciles ante éste. Es más fácil ser político y ponerse frente a un micrófono indicando que durante su mandato se les acabará la “fiesta” a los delincuentes, que contarles a los ciudadanos medidas que realmente podrían solucionar aspectos como la gran sobrepoblación que hay en las cárceles. Mencionar la reinserción ni hablar. Eso no da votos y nos convierte en personas más pensantes y menos temerosas.

La gran pregunta es cómo se trata este tema realmente y si el efectismo de los medios -hasta el día de hoy- es acorde con la realidad y con lo que realmente pasa en Chile.

¿Por qué es más conveniente el terror que la conciencia? Pues bueno, porque el primero es un gran instrumento para segregar y para evitar que crezcan percepciones colectivistas en un país. El terror es uno de los grandes ingredientes para que el individualismo se perpetúe y se torne agresivo, convirtiendo así una reacción natural que uno tendría ante un acto delictual en su contra en una política de Estado.

Somos más dóciles indignados que pensantes. Rabiosos que propositivos. Clasistas que tratando de integrar y entender otros aspectos que no hemos estado acostumbrados a ver, a percibir y a conocer. Y esto es porque no pensamos. Porque resulta más fácil pedir sangre y exterminio que preguntarnos qué es lo que queremos para Chile y nuestro futuro pensando en todo habitante de nuestras tierras, incluso al que tememos. Nos da susto mirar más allá de nuestro patio. Nos da pánico no sentir miedo. Ese inventado miedo.

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