• Videos
  • En Vivo

MQLTV.COM

En vivo

Patrón de fundo

Carlos Larraín y la nobleza de cierta ilegalidad

La polémica es la siguiente: Carlos Larraín envió una carta a El Mercurio en donde defendía al grupo Matte y aplaudía el hecho de que se hubieran autodenunciado en el ya famoso caso de la colusión del papel higiénico. En el texto, el ex presidente de Renovación Nacional habla de la familia como si perteneciera a una especie de realeza, frente a un Estado que, según el ex senador designado, está repleto de sátrapas que nunca han tenido la nobleza de Eliodoro y los suyos.

Y es que lo que pasa es que Carlos Larraín también se siente cercano a esa nobleza, en donde el color de piel, el acento y las amistades de una u otra manera determinan si las acciones que cometen son buenas o malas. No tiene que ver con una ética republicana, sino más bien monárquica y autoritaria, en donde el resto del vulgo debería darse con una piedra en el pecho de que algunos se rebajen a pedir disculpas por cosas que simplemente no deben pedirse.

Carlos Larraín sigue creyendo que la única inmoralidad es la acción que se contrapone a lo establecido por el Antiguo Testamento o lo que sucede entre personas que no gozan de su clase. Lo demás son errores, pactos de caballeros.

Esto sucede porque el personaje en cuestión pertenece a una oligarquía beata que ve solamente el pecado en lo que se aleja de sus cuatro paredes. Una elite que por muchos años solucionó los problemas santiaguinos como lo hacía en sus fundos: mandando. Dando órdenes y pasando por sobre lo legal. Porque para Larraín aquello no existe, y si existe, es algo realmente molesto y que no tiene nada que ver con el sitial que ellos se merecen en la sociedad.

Es como si manejara por Chile como si las calles fueran sus parrones; como si la gente que camina por la Alameda fueran peones, con terno y corbata, pero peones al fin y al cabo. Pero, sobre todo, pareciera que lo legal y lo real fuera una molestia izquierdosa de quienes quieren acabar con la fiesta en la que han zapateado durante años. Esa fiesta en la que no invitaron a nadie más, pero nos hicieron recoger los escombros ahora que se está acabando.

larraín

Un ejemplo claro es la manera en que trató lo sucedido con el asesinato de su hijo Martín a un ciudadano de a pie mientras conducía de vuelta de un asado. Se enfrentaron a las cámaras y a la justicia como si fuera un desagradable trámite; como si los estuvieran molestando al pedirles que se presentaran frente a una corte y reconocieran la irresponsabilidad de su hijo. Era una real falta de respeto si es que mirábamos su cara de hastío permanente, la que Martincito ha ido copiando a la perfección. Como si tanto al padre y al hijo de los Larraín les hubieran enseñado que los problemas de esa índole se solucionan de otra forma, sin hablar muy fuerte. Sin hacer un escándalo de algo que se podría solucionar con dinero o, por último, con una que otra conversación de pasillo, como él ha estado acostumbrado.

Sin ir más lejos así llegó al Senado. Ni un solo voto medió para que se convirtiera en senador, luego de que varios parlamentarios fueron llamados por Sebastián Piñera para salvar su gobierno “técnico”. En ese momento, Larraín, como mandamás y financista de RN, llegó al parlamento por un ratito, a tomar decisiones desde su clase. Desde un distrito que ni siquiera conoció bien, en el que nadie sabía quién era su representante. Sólo era una manera de probar su poder y también que -como diría Frank Underwood de la serie House of Cards cuando llega a ser vicepresidente de EEUU a base de puro manejo político- “la democracia está muy sobrevalorada”.

Es como si se manejara por Chile como si las calles fueran sus parrones; como si la gente que camina por la Alameda fueran peones, con terno y corbata, pero peones al fin y al cabo.

Es por eso que este personaje encuentra que quien se alarma con las constantes colusiones- y con el muchas veces descarado abuso de poder de algunos- solamente es un puritano. Y un puritano de izquierda. Ya que todo el que tienda a cuestionar la poca regulación económica y la partuza permanente en que se ha convertido el aprovechamiento del estátus de parte de algunos, no es más que un resentido; una voz perteneciente a un comunismo internacional que sólo vive en las cabezas de Larraín y los suyos siempre y cuando intentan tratar de explicar sus impúdicos negociados, esos que dicen hacer por el bien de Chile. La pregunta que habría que hacer sería con a qué Chile se refieren. Porque en el que vivo yo por lo menos, nada parece indicar eso.

Carlos Larraín sigue creyendo que la única inmoralidad es la acción que se contrapone a lo establecido por el Antiguo Testamento o lo que sucede entre personas que no gozan de su clase. Lo demás son errores, pactos de caballeros que lo único peligroso que hay en ellos es que se conozcan en los periódicos o en la televisión. Todo eso es muy ordinario para su gusto.

Sigue Leyendo Aquí Deja tu Comentario
VIDEO DESTACADO

Ahora en MQLTV

Comentarios