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Predican, no practican

Católicos millonarios: Los curas que no creen ni en Cristo

Escrito por Rafael Gumucio Rivas

    Como hay unos pocos sacerdotes que creen en el evangelio de Jesús y la opción por los pobres, también hay curas que no creen ni en lo que rezan. Esos son, en realidad, cultores del dios Mamón y de otras yerbas, pues les gusta el dinero, chuparle las botas a los millonarios y, en algunos casos, manosear a los hijos de sus protectores, en los colegios para ricos, convirtiéndose así en los pederastas de este país. En Chile, ser católico y millonario te garantiza los goces terrenales y en el otro mundo. Estos curas son los que han formado parte de esa otra iglesia, “la puta de Babilonia”, al decir de los cátaros.

    Un amigo personal se extrañó cuando en un artículo escribí que la curia romana estaba infiltrada por la masonería, lo cual es evidente, pues la P5 asesinó a un Papa, Juan Pablo I, y también forzó la renuncia de Benedicto XVI –el anterior Pontífice– que no se la pudo con esta “cueva de ladrones”. El Papa argentino, Francisco que, al parecer tiene sus pantalones bien puestos, se ha lanzado a favor de la depuración de la mafia de purpurados, que les place más la vida mundana que las “tonterías” que decía Jesucristo en sus sermones, antes de caer en manos de los fariseos –sepulcros blanqueados, siempre de gala por fuera y podridos por dentro-, por ejemplo, cómo se le pudo ocurrir la sentencia de “bienaventurados los pobres…” o la insensatez de que “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos”, si en verdad la consigna de algunos curas es favorecer siempre a los ricos.

    Estos curas que no creen en Dios Padre, ni en Cristo, y sólo les gusta el billete, la buena vida y, en algunos casos, el manoseo velado –como el caso del cura John O’Reilly–.

    Por desgracia, gran parte de la jerarquía de la iglesia chilena, de la cual el cardenal Raúl Silva Henríquez dio testimonio al convertirse en la voz de los sin voz, hoy sólo sirve para alimentar y reproducir a las castas en el poder económico y político. Si bien Chile no está oficialmente consagrado al Sagrado Corazón, como otros países, sí lo está al “san” José María Escrivá de Balaguer, que bendecía los fusilamientos de “los rojos”, en la guerra civil española, y peor aún, al pederasta Marcial Maciel, fundador de los Legionarios (millonarios) de Cristo.

    marcial maciel

    En el presente artículo no voy a analizar los resultados de la PSU, pues se repiten año a año y retratan el Chile segregado de siempre. Solamente voy a tomar el dato de los colegios que obtuvieron el mayor puntaje: el Colegio Cordillera de Las Condes y el Tabancura de Vitacura, ambos pertenecientes al Opus Dei. Los alumnos de estos colegios, que reproducen las castas dominantes en el país –la financiera y la política, principalmente– posteriormente ingresan a las universidades que regentan los Legionarios de Cristo y el Opus Dei para recibir lecciones de neoliberalismo, religión más dogmática que cualquiera de las monoteístas, y así, no sólo se reproduce la casta en el poder sino que se encierra en un gueto, garantizando que nunca verá y olerá a un “roto”, salvo la “china”, que le limpia la ropa y prepara la comida y al “paco” que le protege sus bienes.

    En Chile, ser católico y millonario te garantiza los goces terrenales y en el otro mundo. Estos curas son los que han formado parte de esa otra iglesia, “la puta de Babilonia”, al decir de los cátaros.

    Estos curas que no creen en Dios Padre, ni en Cristo, y sólo les gusta el billete, la buena vida y, en algunos casos, el manoseo velado –como el caso del cura John O’Reilly– constituyen una garantía para que la educación continúe segregando, a pesar de los esfuerzos de “mamita” Michelle Bachelet.

    Actualmente, si no fuera por la valentía del Papa Francisco y de algunos curas que viven y practican auténticamente el Evangelio, la iglesia se hubiera ido extinguiendo, producto de su servilismo a los ricos y satisfechos de esta tierra, a “los felices y forrados”. Sin la esperanza, que es como la llama de vida, la existencia humana sería un absurdo.

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