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Chicago Boys: La gran revolución sangrienta vivida en Chile

Por lo general, tenemos asociado el término “revolución” a las sucedidas en Rusia y en Cuba. De la de Francia ni hablar, porque por lo general no tiene tantos réditos ideológicos para cierto poder nacional que sataniza los trajes verde olivo y los abrigados trajes de pieles rusos y relacionándolos directamente con la masacre. Con la sangre, pero sobre todo con un ideas dañinas para el progreso de Chile.

Pero existe otro tipo de revoluciones de las que no se habla. Y por lo general no se hace porque quienes participaron de ella, son quienes nos quieren contar que lo que ellos crearon es lo estable. Lo conveniente. Lo real. ¿Visten trajes verdes esos revolucionarios? ¿Salen a las calles pidiendo cosas por una colectividad? No. Estos extremistas estudiaron en Chicago, muchos forman parte de los directorios de las principales empresas que dominan el mercado y se aliaron con los militares en los ’70 y ’80 para llevar a cabo sus ideas sin importar el costo. Sin importar las consecuencias morales que hoy vemos día a día.

Son orgullosos ideólogos de la gran revolución sangrienta que ha vivido este país y que aún padece. Una revolución que aún no sabemos cómo sacarnos de encima.

Esa es una de las conclusiones que uno saca al salir de la sala una vez que termina el documental Chicago Boys, dirigida por los periodistas Carola Fuentes y el realizador Rafael Valdevellano. Desde un comienzo, la película nos cuenta el viaje a Chicago de parte de estos alumnos de la Universidad Católica; nos habla de sus fiestas, de sus conversaciones y sobre todo de su admiración por Milton Friedman, quien a ellos los deslumbra sin que el espectador pueda entender la razón de ese deslumbramiento, ya que las ideas por lo general tienen que ver solamente con ganancias, con avaricia y con la manera en que el individuo puede pasar por sobre el otro para ganar. Siempre lo importante es ganar y así queda claro en las declaraciones de los protagonistas de la historia durante el documental.

Si no hubieran querido ganar, nunca se hubieran unido a la fuerza descomunal de la dictadura de Pinochet. Sus ideas eran tan poco racionales y tan irrealizables en democracia, como dice en un extracto el economista Ricardo Ffrench-Davis -quien también estudió en Chicago, pero observó con espíritu crítico lo que profetizaba Friedman- que la única manera de llevarlas a cabo era por medio de un régimen de las características del cívico militar que dominó Chile por casi dos décadas.

Un ejemplo claro -y que el registro muestra de manera bastante clara y fundamental para entender el por qué ciertas ideas que hoy nos parecen cuestionables antes fueron asumidas como la realidad- es que Milton Friedman aparecía en la televisión pública (hoy TVN) en la franja cultural exponiendo sus ideas. Sus postulados fueron instaurados no solamente en la lógica con que debía ausentarse el Estado del funcionamiento del mercado, sino que también fueron parte de un adoctrinamiento sociocultural. De una despolitización que iba en dirección solamente a un tipo de ideas que dejaban de lado la política y nos hacía pensar que la única manera en que podría funcionar un país era por medio de la racional avaricia y las ansias de dinero que todo ciudadano debía poseer.

Estos extremistas estudiaron en Chicago, muchos forman parte de los directorios de las principales empresas que dominan el mercado y se aliaron con los militares en los ’70 y ’80 para llevar a cabo sus ideas sin importar el costo.

Chile fue reconstruido por revolucionarios que querían un país a su medida y que se unió con los deseos de poder de militares inescrupulosos que necesitaban personas que lustraran sus bototos y de pasada pudieran susurrarle al oído las ideas económicas de las que los uniformados carecían. Basta con escuchar las palabras que les dedican estos verdaderos bolcheviques del neoliberalismo a las violaciones a los Derechos Humanos. Ya que cuando las cámaras se posan por sobre sus ojos, tratan de expresar cierta condena hacia estos hechos, pero lo cierto es que no parecen sentirlo. Incluso muchas veces se les escapaban frases que parecen justificar las atrocidades poniendo sobre la mesa el éxito económico que habían logrado gracias a ellas. No había otra manera de hacerlo, parecían decir con la mirada y con los gestos de hastío cuando se les recordaba las muertes y torturas que debieron sufrir sus compatriotas para que ellos pudieran sentirse complacidos con su transformación económica.

Y es que, como todo revolucionario, pareciera que en cada palabra, en cada cosa que dicen y que buscan transmitir, se lee la clásica “retroceder nunca, rendirse jamás”, ya con la excusa poco creíble de que salvaron al país. Lo cierto es que son orgullosos ideólogos de la gran revolución sangrienta que ha vivido este país y que aún padece. Una revolución que aún no sabemos cómo sacarnos de encima.

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