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Subcampeones otra vez

Chile 0 (4) – Argentina 0 (1): El tiempo hace lo suyo

Han pasado menos de 48 horas y ya se ha escrito demasiado sobre el -sin duda alguna- ya mítico partido entre “países hermanos”. Y está bien: que se escriba, que nunca se olvide, que pase a la historia, porque corresponde. Lo ocurrido el sábado fue un antecedente cronológico sobre cómo está cambiando un país que, hasta hace no mucho, sobrevivía convencido de que existían imposibles. Pero para persuadir al resto de lo contrario tuvo que aparecer un grupo de hombres, ilustres representantes del pueblo y a disposición del mismo, para revertir el destino y asegurarles a sus pares que con aguante y mucho esfuerzo todo es posible. No somos pelotudos; el triunfo, más que futbolístico, fue cultural.

En lo personal, quería que ganara Argentina. Porque Argentina es Argentina. Pero lo que simbólicamente ha caracterizado a dicho país a lo largo de su historia no se vio en el juego. La identidad trastocada en 90 minutos, un alargue y penales. Lo peor: desde sus propios protagonistas. Sangre, pasión, carácter, convicción, huevos, actitud, y tanto más quedaron perdidos en el mismo lugar recóndito en donde cayó el tiro de Pipita Higuaín. Sus jugadores, ni en técnica e identidad, nos personificaron. O siendo menos drástica, si se vio algo de eso, pero Javier Mascherano no puede dar la cara por todos siempre. Bueno, quería que le fuera increíble a la selección que representaba a quienes quiero, ambicionaba una revancha emocional y psicológica arrastrada desde el Mundial pasado, para un pueblo que también requiere satisfacciones deportivas, pero no se pudo. Porque así como van las cosas con los dirigidos por el Tata Martino, no se va a poder hasta quién sabe cuándo.

mascherano final

Aunque si analizamos el pasado, que siempre está tan presente, me calmo. Después de dos mundiales bien logrados, catorce Copas América registradas, cientos de títulos (un solo jugador argentino –sí, el mismo en el que están pensando- tiene más que el plantel chileno completo), galardones conquistados alrededor del mundo y un sinfín de éxitos culturales anuales (sin ir más lejos, en cine nos hemos lucido: Santiago Mitre, en mayo pasado, ganó en Cannes el Premio de la Semana de la Crítica con el remake de “La Patota”, y unos meses atrás Armando Bo y Nicolás Giacobone se habían ganado un Oscar gracias a “Birdman”; o Damián Szifrón y la locura que desató con “Relatos Salvajes”, solo por mencionar algunos), era atendible no esmerarse por dejar la Copa 2015 en Buenos Aires. Contamos con una maquinaria de consuelos adyacentes, pero el fútbol está por sobre todo, entonces el ansia seguía intacta. Por si fuera poco, la selección nacional de hockey en patín destronó hace un par de semanas (y muy pocos dieron eco a la noticia, como era de esperar) a quienes llevaban doce años siendo campeones mundiales de dicha disciplina (España). Éste fue el quinto título para Argentina. Son muestras, banales quizás, para ejemplificar que existen otras obras por las cuales vale la pena sentirse orgullosos, aspirar, disfrutar. Pero el fúchibol no perdona.

Confieso mis sentimientos encontrados: también quería que la Roja ganara, pero como el deporte no es tango, siempre uno debe salir lastimado.

Todo lo anterior te hace creer, como nación, que el éxito es una consecuencia propia de un determinado fenotipo y que las victorias son más costumbre que otra cosa. Mentira absoluta. Ya quedó demostrado que la historia no es cíclica. Es cierto: los más grandes del fútbol (y de otras tantas manifestaciones deportivas y artísticas) han nacido en Argentina, pero eso no sirve de nada cuando las demandas acordes a sus genialidades no se ven desplegadas en el único lugar en donde se tienen que ver y es lo mínimo que se les exige: el campo de acción, sus trabajos. Y con esto me refiero a Lionel Messi, el profesional más torturado en la actualidad por la prensa internacional y trasandina. Si no lo quisiéramos, si no supiéramos qué es y de lo que es capaz, nadie se tomaría molestia alguna en preguntarse qué mierda le pasa. Él es un jugador que precisa tener un balón para hacer maravillas. Es lógico. Lo suyo es “visión del arco”, como diría Maradona sobre su persona. Para Lio es más divertido golear (comprensible), no así entretenerse mientras obtiene ese objetivo. Y la albiceleste no le da chances. No hay sincronía entre pares y eso ya no es un misterio. Temo suponer que deje de ser misterio y se convierta en mística. No estamos lejos de aquello.

Que Chile le haya ganado a Argentina es una lección de humildad. Aunque el tema aquí no es el contrincante, sino más bien la crisis insostenible e ineludible que tiene el seleccionado argentino, quienes padecen los peores males justo en las finales. Hoy en día los demonios son internos y miopes.

messi derrota copa américa

El partido en sí podría haber sido para cualquiera de los dos países, con la salvedad de que Chile contaba con una ventaja vital en estos casos: la lucha irrestricta. Ahora, confieso mis sentimientos encontrados: también quería que la Roja ganara, pero como el deporte no es tango, siempre uno debe salir lastimado. Quería que sucediera por ellos mismos, no por la hinchada inestable y cero empática (salvo contadas excepciones), ésa que ante el primer desliz de los muchachos, los recontra chaquetea. Los linchan públicamente sin antes analizar, estudiar, decantar conductas. Veo a muy pocos ponerse en el lugar del otro. La generalidad nunca dimensionó que gran parte de las faltas del seleccionado chileno son resabios culturales, consecuencias de la desigualdad socioeconómica y educacional de Chile. Con profundo respeto y sin esperar nada a cambio, darían mil veces la cara por ustedes y desean que gocen tanto o más que ellos.

Estaría bueno que algún día ustedes comiencen a apreciarlos no tan solo en las buenas, y que bajen dos cambios cuando se trate de especular sobre el pasado de Valdivia, o hablar acerca del choque de Vidal, el lento sincretismo de Albornoz o que aflojen con el bullying hacia Rojas. El mal argumento de “son bromas” está muy muy mal aplicado. Ahí quedó la poca fe que le tenían a Silva, quien jugó un partidazo y los dejó callados. El otro que ya viene de vuelta es Jorge Sampaoli, el DT argentino a quien le deben parte importante de la fiesta. Mis respetos para todos. Nunca dejaré de defenderlos ni de admirarlos. Son inmensos por sí solos y juntos invencibles. Cualquier hinchada del planeta les queda chica. Estoy contenta de que hayan ganado, no porque “se lo merecían”: me emociona saber que el premio por fin se queda con quienes realmente lo anhelaban, querían y valoran.

Que Chile le haya ganado a Argentina es una lección de humildad. Aunque el tema aquí no es el contrincante, sino más bien la crisis insostenible e ineludible que tiene el seleccionado argentino.

Evidentemente quiero a los subcampeones, incluso a los que de mala manera se quitaron la medalla (a todos menos a Biglia; mi animadversión por él es personal). No hay palabras para describir la profunda desazón que me dio ver en un mismo espacio tantas contradicciones, dos realidades diametrales. El Pocho Lavezzi lloraba de la frustración y Gary Medel de la emoción. Mascherano (el verdadero capitán de la Argentina, nuestro honorable Jefe) se lamentaba y Alexis reía. Pastore jugando mal y feo (qué es eso de tirarse la camiseta, flaco) después de haber brillado en todas sus presentaciones. Higuaín, perdido como nunca. Banega, desafortunado. El gran Carlitos Tevez, mirando el lamentable espectáculo desde la banca, debiendo haber jugado siempre. Di María lesionado. Rojo en descontrol. Todos articulando un sin sentido, más solos que acompañados, poco desplegados, improvisando a veces, cuando menos se necesita de aquello. A pesar de eso, no hicieron un mal trabajo. Hay plantel, recursos, figuras, talento, calidad, apoyo, queda alma aún. Falta fe colectiva, concentración, mejor dirección, poder de convencimiento.

argentina final

En resumen: vimos a un grupo de argentinos, más no un equipo. Sin visión, sin misión. Con ese setlist de desaciertos, bloqueos mentales y negaciones, no queda más que seguir aplaudiendo los arcos rivales. De acuerdo: era una Copa América, no un Mundial, pero dos fracasos de final en un año da como para responsabilizarse, asumir y mejorar. Sanear. Lo tenemos todo, incluso ahora, solo falta buena estrategia y compromiso, alinear el corazón con la mente, quizás lo más difícil de alcanzar cuando de fútbol se trata.

Ya está, ya pasó, por favor no removamos nada de lo ocurrido porque todo es experiencia; para celebrar y aprender. Lo relevante: ahora Chile sabe lo que es ganar. Tengo el presentimiento y esperanza de que vendrán más satisfacciones y está muy bueno. “La cosa real”, demoró en llegar, pero llegó y solo eso importa. Ahora no les queda más que disfrutar del éxito el tiempo que estimen conveniente y si eso significa una vida entera, está bien, porque eso hacen los campeones. ¡Salud por ellos!

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