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¿Bachelet cábala?

Chile campeón: La victoria de los excluidos y el aprovechamiento de los que excluyen

Una vez obtenida la copa, todos gritaban, unos lloraban y los menos analizaban. No era tiempo para analizar, me decían algunos esa tarde. Al contrario, era la hora de dejarse llevar, de hablar de lo que no habíamos hablado nunca, de lo que nunca nos atrevíamos a decir porque ahora, al parecer, éramos campeones de algo.

Las bocinas sonaban por Américo Vespucio mientras caminaba a mi casa luego de haber visto el partido en la casa de un pariente. Muchos me miraban y con la mirada me preguntaban por qué no tenía nada rojo, nada que simbolizara este triunfo que al parecer ahora se había convertido en el de todos. No el de un grupo de jugadores que son constantemente sometidos al escrutinio público, sino también del guatón parrillero que se estaba comiendo el pedazo de chuleta más sabroso de su vida y el joven púber que amanecería con una de sus primeras -y más reconfortantes- resacas. Hasta la Presidenta se sintió campeona, al límite de que algunos periodistas la instalaban como la gran cábala. Como el gran secreto del triunfo.

La política y las elites de poder siempre intentan aprovecharse de los triunfos deportivos y de los logros de ciudadanos que, por lo general, nunca fueron ayudados ni por el Estado ni por los gobiernos de nuestra joven democracia.

Pero la realidad es otra: acá ganaron jóvenes que estaban entrenados para eso. Personas que convirtieron al fútbol en su tabla de salvación y en la única manera en que no sucumbirían ante la realidad chilena. Ante esa desigualdad que muchas veces parece pactada por una elite. O por lo menos conversada. Personas que no le deben nada, pero nada a quienes hoy se cuelgan de ellos como si fueran los grandes sostenedores de nuestras tierras. Como si fueran los grandes escuderos de un relato que muchas veces parece caerse a pedazos.

Bachelet fue quien más disfrutó de esta eterna juerga. Sonrió naturalmente mientras atrás se veían personas que se le acercaban al oído y le decían cómo debía actuar, qué debía decir, para así transformar un triunfo deportivo en uno político. Y así fue como lo que en último tiempo no era más que una mueca, hoy era una espontánea sonrisa y hasta una ruidosa carcajada, aliviándose así de los dolorosos golpes que le habían dejado las persistentes encuestas que ponen en duda todo constantemente. Porque al parecer la única decisión que le ha rendido frutos en el último tiempo es asistir al Estadio Nacional. Es la única medida política que no ha sido debatida en el Congreso de manera casi frenética por parte de la oposición. Es la única forma que ha podido salir a flote luego del interminable ambiente de crisis que muchos dicen respirar y le atribuyen a la figura de la mandataria.

Bachelet sonrió naturalmente mientras atrás se veían personas que se le acercaban al oído y le decían cómo debía actuar, qué debía decir, para así transformar un triunfo deportivo en uno político.

No es poco usual que esto suceda. La política y las elites de poder siempre intentan aprovecharse de los triunfos deportivos y de los logros de ciudadanos que, por lo general, nunca fueron ayudados ni por el Estado ni por los diferentes gobiernos a lo largo de nuestra joven democracia. Los personeros gubernamentales aparecen en la televisión gritando y las grandes multitiendas aprovechan de hacer promociones para que así este frenesí patriótico sea también un negocio rentable y los motive a futuro seguir colgándose de él.

¿Qué hacer al respecto? Pareciera que lo más sensato es pensar quiénes triunfaron realmente la tarde del sábado. Pensar también en sus familias, en el esfuerzo que dejaron en la cancha, pero también en las barreras que debieron sobrepasar en un país que no disfruta siquiera de las menores garantías para quienes quieren entregar mejor futuro a sus hijos de lo que ellos tuvieron. Es cosa de mirar a algunos de los integrantes de la selección llorando con sus hijos, si no hay ahí vestigios de un Chile ignorado y renegado que debió usar la pelota para ser alguien, no sé qué hay. Porque en esas imágenes hay más que un país que logró un triunfo deportivo: hay historias de vida y de exclusión que recién hoy vienen a tener su compensación.

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