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La Mujer Rota

Cierto tipo de crítica literaria chilena debe morir

Más allá de si me gusta o no me gusta Alberto Fuguet (y bueno, sí, sí me gusta) creo que críticas como la que le hizo Patricia Espinosa en LUN el pasado viernes 23 son, por varios motivos, inaceptables en pleno siglo XXI. Y no estoy hablando por mi herida, porque herida para estas cosas no he tenido nunca -y espero no tener jamás-, sino hablo más bien desde una cierta responsabilidad y ética, sobre todo por lo patético que ya resulta a estas alturas el seguir leyendo tanto paternalismo, tanto parasitarismo junto y observar cómo es que el medio literario chileno está cogido, alterado, ilusionado y delirante por lo que esta mujer va a decir cada viernes en un periódico farandulero en donde todo gira en torno a la Kena Larraín, a alguna actriz de moda, a Don Francisco y -una vez a la semana- al triste microcircuito literario chileno en busca de la aprobación o destrucción de sus libros, como única posibilidad de subsistencia de su trabajo y, a falta de agallas, de seguir creando, escribiendo, editando y difundiendo el trabajo de sus autores al margen de tal opinión.

patricia espinosa

La crítica literaria en Chile, sobre todo la que se basa en la dicotomía de si un libro es bueno o malo, es la primera que tiene que desaparecer. Así podremos comenzar a educarnos en la lectura de estéticas de trabajo y de procesos de escritura más que productos-obra, así podremos comenzar de una vez el verdadero diálogo y apertura como escritores a este localismo que nos tiene metidos en un infierno que se basa en qué es lo que va a decir de mí Patricia el viernes, qué es lo que va a decir de mí Juan Manuel Vial el sábado o qué es lo que va a decir de mí Tal Pinto el día que le toca opinar.

Esto último no sólo nos va a ayudar a nosotros como autores, sino además a que los editores dejen de poner todas sus energías en que un libro sea reseñado por el crítico de turno y nos va a llevar a buscar vías alternativas de difusión y diálogo, con el fin, obviamente, de llegar al encuentro con los lectores, cambiar el switch de trabajo y hacer crecer nuestros propios procesos.

A los lectores no les interesa ya cierta crítica. A nadie le interesa cierta crítica, sólo a un grupo reducido de literatos que están tras bambalinas esperando cagados de miedo.

Anoto algunos puntos por los que creo que cierta crítica literaria chilena debe morir:

1. La crítica literaria chilena es casi toda paternalista. Se basa en la dicotomía bien o mal. Papá, mamá, ¿hice bien la tarea? Mamá, papá, ¿me saqué un siete? No necesitamos padres para crear, ni que nos digan si lo hicimos bien o mal. La escritura como naturaleza es justo opuesta a ese paternalismo. Y hay que comenzar a meter fuerza en otros puntos de vista más que en esas dicotomías. Si necesitas a un padre que acepte o no tu trabajo, por último tienes a los editores que deciden o no publicarte y que te dicen si tu libro está bien o mal y además de acompañar nuestro escritura, están metidos en nuestros procesos y llevarán el libro a la edición y publicación. El pensar la escritura desde esas categorías es muy básico y nada aporta al escritor que está profundizando en los temas que le tocan personal o colectivamente, sean estos de gusto del crítico o no.

2. La crítica es parasitaria de los autores y, al contrario, nosotros los autores no necesitamos de ciertos críticos. Entonces es injusto tener que aguantar de esos parásitos que, además de trabajar por sobre nuestros libros, se den el lujo de querer sobrepasarnos y derribarnos, sin entender ahora mismo para qué. Por último aceptarían si es que la función de ellos o el deseo fuese ocupar el espacio vacío que deja en sus mentes delirantes el haber derribado al autor.

El infierno que se basa en qué es lo que va a decir de mí Patricia el viernes, o qué es lo que va a decir de mí Juan Manuel Vial el sábado, o qué es lo que va a decir de mí Tal Pinto el día que le toca opinar.

3. La crítica chilena no se basa en procesos de trabajo, sino que al crítico le interesa, como cualquier sujeto neoliberal enloquecido, los productos. Es decir, testear si está bien o no para el consumidor. Tiene demasiado metido en su cuerpo ese paradigma neoliberal. El arte y la escritura hace rato que ya no son sólo productos, sino que detrás de eso hay todo un proceso de trabajo, una historia personal, una cultura en la que se enmarca -y más hoy en día- con las redes y tecnologías en que el sujeto que lee críticamente sobre una obra debe dar cuenta. Y esa es la labor que han tenido siempre los teóricos, ensayistas y algunos críticos más complejos y destacados como Camilo Marks, Ignacio Echevarría, Lorena Amaro e incluso los periodistas que entrevistan a un sujeto por su trabajo y que profundizan con el mismo acerca de todo esto.

4. A los lectores no les interesa ya cierta crítica. A nadie le interesa cierta crítica, sólo a un grupo reducido de literatos que están tras bambalinas esperando cagados de miedo y que usan la reflexión de esos sujetos como microespacios de poder y última salvación. Como no han podido defender la obra que publican, vienen y levantan en sus Facebook banderas de victoria o retuitean en sus Twitter o editoriales lo que el propio libro no respondió. Es decir, si un libro interesa a los lectores, los va a tener. No es necesario que sigamos levantando esas banderas de lucha o de derrota que nos instala la crítica, ya que no están ligadas para nada al autor ni al lector, no profundizan y sólo genera malestar y odio. El editor debe estar atento a sus lectores y debe aprender a defender, de forma personal, los libros que publica.

Entonces, ¿quién me explica para qué sirve la crítica? El lector no la lee, el editor no publica en base a esas referencias y el autor se ríe de los críticos. ¿Aló?

5. La crítica ha matado las formas alternativas de difusión. Muchos editores esperan sentados ser criticados por los medios oficiales, sin gastar ya más energía en medios alternativos de difusión y prensa de sus libros. Y creo que el lector objetivo de esas críticas no existe más allá de los propios sujetos metidos en el medio literario. Entonces, ¿estamos difundiendo sólo para ellos? El haber sido criticado por tal o cual ya es suficiente y mejor abandono la difusión del autor. Después todos se quejan en sus Facebook o Twitter que nadie lee y que bajemos el IVA. ¿Cómo alguien realmente va a leer? ¿Quién ha querido conquistar al lector? Si son los mismos editores y autores que están centrando su vidas, energía y trabajo en estas opiniones.

6. Los otros que están tras bambalinas esperando las críticas son los sujetos que no escriben y que al final son los más parasitarios de todo este circuito, pero que permanecen en cierto sistema literario y que no son capaces de crear y ven en la crítica la posibilidad de reírse de un autor al ser derribado, porque ni siquiera saben crearse otros motivos de ironía y risa. Y creo que todo esto no es más que su infinito estado de envidia ante la creación de los demás y su triste y romántica opción de estar pegados en una página en blanco durante años, que además creen que moralmente es lo mejor porque estar pegado a la página en blanco me da status y me convierte en un escritor serio y profesional, aunque sea sin obra.

La crítica es parasitaria de los autores, y al contrario, nosotros los autores no necesitamos de ciertos críticos. Entonces es injusto tener que aguantar de esos parásitos que, además de trabajar por sobre nuestros libros, se dan el lujo de querer sobrepasarnos.

7. Es ya terrible escuchar cómo es que a diario se maltrata a los críticos literarios en carretes de escritores o cafecitos de moda, se burla hasta de su ropa y peinados o se los ama por unos minutos por haber criticado bien su libro o el del vecino, para al segundo volver a reírse de ellos detrás de ellos. Es injusto también tener que escuchar esto, es bulla innecesaria a estas alturas. Entonces, ciertos críticos sirven sólo para que se hable de ellos en carretes de escritores y en café de moda. ¿A quién realmente le importa eso?

8. La crítica cierra procesos de deslocalización de un circuito. El diálogo real frente a un proceso de trabajo y estéticas pierde fuerza en la medida en que tenemos puesto los ojos ante el juicio local y lo que digan cinco pelagatos. El diálogo real no se abre, no se instala, no tenemos herramientas de diálogo potentes, por ejemplo frente a un escritor mexicano, argentino, peruano, latinoamericano. A veces da pena ir a mesas de escritores chilenos porque la crítica ya le cerró procesos de reconstrucción de discursos alternativos, propios, genuinos y diversos.

9. Por otro lado, y para ir terminando, los editores, los que realmente siguen el proceso de los autores, no publican basándose en las críticas. Entonces, ¿quién me explica para qué sirve la crítica? El lector no la lee, el editor no publica en base a esas referencias y el autor se ríe de los críticos. ¿Aló?

jacques ranciere

Es por eso que quiero que cierta crítica muera y aparezca otro tipo de discurso y difusión frente a los libros. Es que la crítica, tal como está, ya no le sirve a nadie. La crítica debería tener un real sentido frente a los procesos culturales más complejos que estamos viviendo, los cuales sólo le sirven a un par de aburridos que las suben a Facebook o se pasean por ahí diciendo que tal cual dijo que su libro era bueno. Porque creo que la muerte de cierto tipo de crítica nos va a ayudar a que los diálogos y discursos se profundicen y las mismas escrituras al estar en diálogo con esos procesos va a crecer.

En conclusión, les pido por favor, vuelvan a sacar de su biblioteca y leer a Barthes y Rancière y dejemos de una vez de vivir bajo el sello que críticos quieren seguir reproduciendo, como si no hubiese pasado nada en estos últimos 20 años en Chile, intentando seguir con el mismo paradigma vertical y perverso que, muchas veces bien sabemos, es sinónimo de dictatorial.

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