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Claudio Narea, el prisionero que se doblegó

Los Prisioneros fue la primera banda que escuché. Sus coros me hicieron sentir unas cosquillas que después supe que se llamaban tener los “pelos erizados”. Era muy chico, eran fines de los ’80 y creo que la canción era ‘Muevan las Industrias’. Claramente no sabía el trasfondo político del tema, pero me hizo sentido el ritmo y lo pop que sonaba junto a la voz del vocalista -o cantante, como le decía en ese tiempo- que estaba llena de una fuerza que no se escuchaba por esos días. Yo debo haber tenido 5 ó 6 años, pero en ese tiempo uno notaba cuando aparecía un tono diferente que removía el sombrío ambiente.

Días después, viendo en la televisión las franjas de estas extrañas elecciones que resultaban las del Sí y el No para un cabro chico, los vi aparecer en televisión. Cuando aparecieron supe de inmediato que eran ellos, los tipos que había escuchado el otro día. Pero mi percepción cambió ya que, como mi familia era de derecha, se me decía que ellos pertenecían al bando equivocado. Eran los malos. O eso escuché muchas veces, sin embargo yo no me lo terminaba de creer. Los que me hacían mover los pies y lograban que mi corazón latiera más fuerte no podían ser los malos. De hecho no lo eran.

Y es que las canciones de Jorge dentro y fuera de la banda nos hicieron sentir que no estábamos perdidos, que aún había rebeldía. Que aún había patria.

Luego, ya en democracia, recuerdo haber presenciado la primera vez en que el video de ‘Tren al Sur’ del Corazones se transmitió en la televisión. Yo seguía siendo niño, pero ya sentía que esa banda se comenzaba a convertir en el soundtrack de mi niñez, sin saberlo. Ya en la adolescencia, hacia fines de los dormidos ’90, escuché rap, metal y toda música que me hiciera sentido y fuera en concordancia con lo que pensaba o sentía, pero Los Prisioneros siempre estuvieron presentes.

los prisioneros

En esos años, la figura de Jorge González parecía lejana a la de la agrupación sanmiguelina; aparecía con discos que distaban mucho de tener ese contenido social que después supe que tenían los de su otrora banda. Sin embargo, seguía escuchando su música en la radio y me seguía haciendo sentido. Su voz ya era parte de mi generación y -sobre todo- su rebeldía era la que una generación dormida como la mía quería tener.

Por unos pesos -bastante parece- el guitarrista que acompañó a Jorge se dedicó a contarle a Chile chimuchinas de su relación con el compositor que parecían sacadas de una mala teleserie

González no sólo me hizo comprender que buenos temas pop no los hacían solamente The Beatles, sino también me hizo entender a un Chile. Tal vez porque yo ya había entendido que era cercano a eso que se llama ser progresista y pensaba totalmente diferente a mi familia -en realidad nunca pensé como ellos- es que este compositor nacional me hizo entender otra realidad. Una más pop, más compleja y simple a la vez. Una que tenía que ver con la valentía en todo ámbito, no sólo el político. Con el coraje en lo musical, en experimentar y en salirte de los moldes en los que te quieren encasillar. Siempre mirando al frente y nunca -pero nunca- quedar conforme. Ya que eso es para los que perdieron. Los que cayeron finalmente ante el relato oficial.

narea vértigo

Ese cariño por su obra se amplió también hacia la figura de Narea y Tapia, independiente de los problemas que pudieron haber tenido. El hecho de que se hayan reunido a fines del 2001 fue un evento nacional por lo mismo: porque significaban mucho para nosotros, porque sus canciones eran inmensas en todo ámbito y porque habían hecho mucho. Y es que las canciones de Jorge dentro y fuera de la banda nos hicieron sentir que no estábamos perdidos, que aún había rebeldía. Que aún había patria.

Insistió en convertir sus complejos de inferioridad en una nueva historia. En un nuevo sentir popular. Afortunadamente, no lo ha conseguido.

Por esto es que haber visto a Narea despojado de lo que significó la historia de Los Prisioneros en cuanto a música, sonoridad y nuestra historia contemporánea me hizo poner triste. En Vértigo de Canal 13, por unos pesos -bastante parece- el guitarrista que acompañó a Jorge se dedicó a contarle a Chile chimuchinas de su relación con el compositor que parecían sacadas de una mala teleserie. Hablaba de obsesiones, de enamoramientos, de desencantos y de cosas que el comidillo disfrutaba. Claudio se había doblegado, había decidido relativizar el sentir de generaciones con tal de decirnos que existía. Que él no era tan segundón, que él también significó algo. Que él podía vivir en las sombras del genio de su ex amigo.

El ahora escritor de copuchas convirtió lo significativo que resulta González para el sentir popular en una cosa personal. Trató de borrar y reescribir el pasado. Trató de negar que sintiéramos lo que sentíamos y que no agradeciéramos lo que agradecemos. Insistió en convertir sus complejos de inferioridad en una nueva historia. En un nuevo sentir popular. Afortunadamente, no lo ha conseguido. El peso de los hechos y de las consecuencias de una obra consistente son más grandes que la farandulización de los símbolos. Son más grandes que el cuento hegemónico al que se plegó -de un día para otro- Narea.

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