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Se acaban los empleos

¿Cómo sería un mundo sin trabajo?

Escrito por MQLTV

    Los amantes del futuro y los escritores de ciencia ficción se muestran entusiasmados por el momento en que las máquinas reemplacen todo; imaginan cómo será cuando el tedioso trabajo forzado dé paso al ocio prolongado y a la libertad personal casi total. Y no se equivocan mucho: si las capacidades de los equipos computacionales siguen multiplicándose a medida que los precios para acceder a ellos vayan en descenso, gran cantidad de las necesidades básicas y de los lujos se volverá más accesible y se traducirá en una gran riqueza.

    Incluso si apartamos el cuestionamiento hacia cómo se distribuirá esa futura riqueza, la desaparición del trabajo podría traer consigo una transformación social como nunca la hemos visto. Desde sus inicios, la industrialización es la religión no oficial en el mundo moderno. La santidad y supremacía del trabajo se alojan en los corazones de las políticas públicas, la economía y las interacciones scociales. Pero, ¿qué pasaría si ya no hay más trabajo?

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    ¿Qué quiere decir que los trabajos se acaben? No significa que haya desempleo total, por cierto, y tampoco implica que debamos enfrentar  tasas de desocupación superiores al 50 por ciento. Más bien, la tecnología ejercería presión sobre el valor y la disponibilidad del trabajo, esto es, en los sueldos. También crearía un nuevo estándar de lo que consideramos normal, donde las expectativas laborales ya no serían el elemento central para una porción significativa de la sociedad.

    Algunos observadores comentan que nuestra humanidad es un barranco que las máquinas no pueden cruzar. Creen firmemente en nuestra capacidad para compadecernos, y que la comprensión y creatividad son imposibles de imitar. Sin embargo, tal como lo postulan Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en su libro La Segunda Era de las Máquinas, los computadores tienen tantas propiedades que poder predecir sus aplicaciones en un plazo de diez años es casi imposible.

    Quienes defienden la era post-laboral tienen razón en algo: el trabajo remunerado no siempre implica un bienestar social.

    ¿Quién habría imaginado que en 2005, dos años antes del primer iPhone, que los teléfonos inteligentes amenzarían a los trabajos hoteleros al ayudar a la gente a arrendar sus propias casas a extraños? O bien, ¿quién habría pensado que el motor de búsqueda más famoso diseñaría un auto que se maneja solo y que podría amenazar a la conducción, uno de los trabajos que más trabajos da?

    Aunque la  tecnología sí da trabajo, solo el 5 por ciento de los puestos generados entre 1993 y el 2013 venían del sector computacional y de telecomunicaciones. Nuestras industrias más nuevas tienden a ser más eficientes: no necesitan mucha gente. Es por ello que el historiador económico, Robert Skidelsky, expresó: “Tarde o temprano, se nos acabarán los trabajos”. ¿Es cierto eso?

    La verdad, no. Las señales hasta ahora no son claras. De hecho, las reestructuraciones laborales más importantes tienden a ocurrir en medio de las crisis. Sin embargo, la sola posibilidad es suficiente para que comencemos a pensar en una sociedad sin trabajo universal. Quienes defienden la era post-laboral tienen razón en algo: el trabajo remunerado no siempre implica un bienestar social.

    La crianza y el cuidado de los enfermos son algo fundamental, por ejemplo, pero se los compensa pobre o nulamente. En una sociedad post-laboral, la gente pasará más tiempo cuidando a sus familias y vecinos; el orgullo provendría más de nuestras relaciones personales que de nuestras carreras.

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    Por otro lado, ellos mismos reconocen que, incluso en el mejor de los escenarios, el orgullo y los celos se mantendrán, ya que la reputación siempre será escasa, aunque estemos en una economía de la abundancia. Se cree que las universidades volverían a emerger como centros culturales más que como instituciones preparadoras para el mundo laboral. De hecho la palabra “escuela” viene del griego skholé, que significa “ocio”. Solíamos enseñar para liberar; ahora enseñamos para trabajar.

    La mayoría de las personas quiere trabajar, y se sienten pésimo cuando no pueden hacerlo. Las enfermedades que acarrea la cesantía van más allá de la pérdida del ingreso. Quienes dejan de trabajar tienen mayor tendencia a sufrir males físicos y mentales, ello debido a la desmoralización.

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    Las investigaciones han mostrado que es más difícil recuperarse de la pérdida de un trabajo que de la muerte de un ser querido o de sufrir una lesión invalidante, ya que las cosas que ayudan a la gente a recuperarse de los traumas no están disponibles para los desempleados. Les hace falta una rutina, una distracción y un propósito diario.

    ¿Podrías vivir en una sociedad post-laboral? ¿Crees realmente que los trabajos llegarán a su fin?

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