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Consejo Ciudadano de Observadores y el miedo a la democracia real

Una vez conocido el Consejo de Observadores del proceso constituyente, muchas impresiones se hicieron conocer por medio de las redes sociales. Mientras unos se sorprendían con nombres como Jean Beausejour y Juanita Parra entre quienes formarán parte de este proceso, otros simplemente despotricaban y ridiculizaban el hecho de que no estuvieran los mismos de siempre encabezándolo. Querían ver solamente a los viejos rostros, esos que se han ganado el título de expertos en una sociedad en vías de democratización como la chilena.

Y digo vías de democratización, porque el desprecio hacia muchas figuras deja entrever el miedo. El terror de no estar en las manos únicamente de los mismos; de esos que se encerraron en cuatro paredes y decidieron hace unas décadas atrás cuáles debían ser las líneas que marcaran los límites de lo que debíamos o no hacer. Era preferible que no conociéramos mucho los nombres, sino que trabajaran, que decidieran casi a rostro cubierto, sin tener que pasar por esa cansadora idea de que todo debe consultarse, observarse y conversarse. Y es que nos gusta más bien la democracia cuando aparece en términos teóricos, pero nos causa pavor cuando se concretiza y se convierte en algo palpable.

No es tan malo ver otras opiniones, otros colores de piel y otras sensibilidades en tierras en donde aún creemos -y queremos- ser lo que el relato oficial nos cuenta a diario.

Es por esto que ver caras como el de un futbolista, una baterista de un grupo popular y una dirigente de trabajadoras del hogar como Ruth Olate, nos causa espanto, nos provoca impensables sensaciones. No sabemos dónde ir, queremos salir corriendo a aferrarnos a los pantalones de quienes nos acostumbraron por años que lo que decían era lo que se debía hacer. Queremos que ellos nos sigan observando, ya que nos sentimos muy inmaduros cuando hay otro más parecido a nosotros, más lejano de los pasillos del poder, que decida ser parte de ese juego democrático exclusivo para algunos.

Este nombramiento de personas comunes, y algunos cercanos al deporte y a la cultura, mezclados con quienes sí están más cercanos a la discusión política, nos deja en claro que todos como ciudadanía somos actores políticos. Sólo tenemos que involucrarnos y darnos cuenta de que instancias como las que comienzan hoy son la oportunidad para entender lo nutritivo que puede ser la participación en una democracia representativa como la nuestra.

Y es que nos gusta más bien la democracia cuando aparece en términos teóricos, pero nos causa pavor cuando se concretiza y se convierte en algo palpable.

Todavía no está muy claro cuál será el resultado de todo esto, por lo tanto es preferible no aventurar ningún pronóstico, pero sí resulta muy necesario destacar el espíritu que tiene este emprendimiento constitucional. Es decir, es justo decir que el sólo hecho de traer rostros de varios lugares -también hay personas como Hernán Larraín Matte y Lucas Sierra del CEP, de parte de la derecha- puede dar más buenos frutos que malos, siempre y cuando haya voluntades de que la nueva Constitución se aleje lo más posible del autoritarismo que representa hasta el día de hoy lo que nos rige según los designios de un régimen de las características de Pinochet, sumado al conformismo democrático de las dos décadas post plebiscito.

Es cierto que todas las medidas son perfectibles y que seguramente falte algún importante miembro de algún sindicato de trabajadores, pero lo más destacable de todo esto es que se ha podido romper, al menos en forma, con una hegemonía de pensamiento, y con la idea de que solamente nuestros patrones son quienes tienen la razón. Porque urge poner de manifiesto que el gran problema patrio es precisamente el activo desenfado con el que el poder ha actuado durante años sin contrapeso y la pasividad con la que la ciudadanía ha debido acatarlo. Y tal vez ahora sea la oportunidad para hacerlo y así enterarnos de que no es tan malo ver otras opiniones, otros colores de piel y otras sensibilidades en tierras en donde aún creemos -y queremos- ser lo que el relato oficial nos cuenta a diario.

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