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Adiós a la impunidad

Coronel Cristián Labbé, el carcelero que se fortaleció en democracia

La Sala Penal de la Corte Suprema confirmó el procesamiento del ex alcalde de Providencia, Cristián Labbé, quien es encausado por el delito de asociación ilícita en el llamado caso Tejas Verdes, nombre que corresponde a un centro de tortura durante la dictadura de Pinochet. Como es de esperar, el ex militar no ha hablado, y si lo hiciera ya sabemos la respuesta: esto es una confabulación comunista en su contra por haber defendido la patria y un sinfín de pachotadas antidemocráticas que lo hacen lucir como un héroe ante sus fanáticas y fanáticos reaccionarios.

Esos fanáticos siempre gritarán a los cuatro vientos su amor hacia los uniformados y lo que hicieron en contra de sus propios compatriotas. Para ellos no eran compatriotas sino enemigos, siempre la concepción de enemigo está por sobre la realidad. Y sobre todo, por sobre la humanidad. Dicho esto, lo que no se entiende es que nuestra democracia haya hecho la vista gorda con respecto a Labbé sin ser fanática de él -¿o tal vez sí?- y menos de lo que representaba. Es como si todos hubiéramos sabido lo culpable que era y lo enlodado que estaba con respecto a temas de Derechos Humanos y, sin embargo, no hicimos hecho nada. Sólo acusarlo soterradamente, mirarlo feo, pero nunca levantar la voz.

La impunidad que muchos años disfrutó Labbé no es más que responsabilidad nuestra. Es nuestra culpa; nuestra mirada complaciente lo hizo más fuerte.

Incluso muchos votaron por él. Era un buen gestor decían muchos, algunos incluso de los que estaban en la vereda de enfrente. Muchos de los que conocían parientes que sabían historias de torturas en donde el Coronel estaba involucrado, iban a la urna y votaban por él aunque dijeran odiarlo, total les tenía la comuna limpiecita y era un agrado vivir en ese lugar, según ellos mismos dicen. ¿Su participación en dictadura? “Ah, bueno; eso es harina de otro costal”, escuché decir a bastantes.

¿Habrá sido miedo a su figura? ¿Nos habremos acostumbrado a verlo en las noticias dando clases de moral y ética a sus vecinos? La cosa es que le aceptamos toda clase de tonteras fascistoides, como no sacarle la basura a la Embajada de España en represalia a la detención de Pinochet por un juez español; el homenaje a un torturador amigo suyo y hasta que se presente nuevamente como alcalde de Providencia. Nos enojamos, es cierto, le hacemos funas, también es cierto, pero de una u otra manera lo seguimos manteniendo en el sitial que está, con su sonrisa irónica y su voz de mando que nos recuerdan los peores años que vivió este país.

La explicación puede estar en que una vez recuperada la democracia preferimos dejar a nuestros carceleros sueltos, circulando por sus cuarteles mentales sin siquiera detenernos a preguntarles por qué habían hecho lo que hicieron. Las preguntas las guardamos y, al contrario, solamente nos detuvimos a escuchar sus eternas respuestas a todo aunque supiéramos que éstas no decían la verdad. Fuimos valientes de cartón hasta que nos levantaban la voz. Hasta que sacaban de sus cajones los polvorientos uniformes con tono amenazante para recordarnos que esta democracia les pertenecía.

Muchos de los que conocían parientes que sabían historias de torturas en donde el Coronel estaba involucrado, iban a la urna y votaban por él aunque dijeran odiarlo, total les tenía la comuna limpiecita

Así parece andar Labbé por la vida y nosotros -hasta que la justicia finalmente actuó- le dimos razón. Lo respetamos, lo aplaudimos, lo votamos y hasta le dimos espacio en la prensa para que nos mintiera en la cara. Nos gustaba que nos mintiera, nos sentíamos buenas personas al no sentir resentimiento hacia su figura. Nos sentíamos partidarios de esa mentirosa unidad que nos vendieron para que nos quedáramos callados y solamente sonriéramos cuando debíamos vernos bonitos ante los otros países.

La impunidad que muchos años disfrutó Labbé no es más que responsabilidad nuestra. Es nuestra culpa; nuestra mirada complaciente lo hizo más fuerte. Lo hizo convertirse en un gran muro de concreto difícil de derribar, y que recién hoy estamos enfrentando. 

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