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EL show del miedo

Cuento del tío: El secuestro del sentido común

La noticia de un supuesto secuestro bombardeó los principales medios nacionales: un joven del barrio alto, identificado como José Pablo Avaria Tarud, habría sido raptado. Una vez conocido el hecho, muchas especulaciones crecieron al respecto; unos preferían conocer más datos al respecto mientras otros creían necesario levantar el discurso del miedo o emplazar a autoridades por medio del terror por lo terrible que estaba sucediendo. Nadie, sin embargo, se detuvo a pensar. A esperar. A darse cuenta de que tal vez las cosas no eran cómo se contaron en la bravata álgida del momento.

Y así fue: no era tan real lo del secuestro. Era más bien parte del llamado “cuento del tío”, en el que se le mintió al joven con respecto al estado de salud de un pariente. Éste, como suele suceder en algunos casos, reaccionó de manera rápida en busca de ese pariente para finalmente darse cuenta de que era una mentira de parte de un grupo de delincuentes que terminaron robándole algunas especies. Claramente es un momento desagradable, que nadie quiere vivir, pero no tuvo las consecuencias que muchos quisieron que tuviera. No era el hecho que buscaba volver a fortalecer el cuento del miedo y, por ende, un discurso ideológico que dice no serlo y que busca que reaccionemos ante estos hechos de ciertas maneras.

La rapidez de la entrega de la información no tiene que ver solamente con una irresponsabilidad de parte de los medios, sino también con la utilización de éstos como vehículos ideológicos.

Eso es tal vez lo más complejo: el oportunismo político. El tratar de convertir un hecho particular en una realidad que va mas allá de éste. El tratar de que la realidad se transforme en una esperanza, en un anhelo de caos que pueda ser coherente con ciertas ideas o con la postergación de otras. Porque pareciera que quienes vociferaban con respecto a este secuestro querían ver materializada una expectativa bastante desastrosa que pudiera hacer más palpable lo que ellos creen en que está convertido Chile, pero muchos no logramos percibir.

Es delicado cuando la política se ejerce por medio de las sensaciones. Tratando de establecer relatos que nos terminamos creyendo por la fuerza en que se presentan ante nuestros ojos pero que, realmente, no son más que utilizaciones de información en pro de esa expectativa de caos que a veces parece tan útil. La rapidez de la entrega de la información no tiene que ver solamente con una irresponsabilidad de parte de los medios, sino también con la utilización de éstos como vehículos ideológicos; como transmisores de un discurso más que de una información concreta.

el cuento del tío

 

Si es que algo realmente ha sido secuestrado últimamente en los días que vivimos es el sentido común, el razonamiento y el debate real de planteamientos. Al contrario, algunos se encuentran solos ante el de al frente, quien solamente grita, se escandaliza o dice que lo que él piensa es la realidad. Son imágenes que se enfrentan a ante quienes intentan realizar un debate democrático civilizado. Son gritos reaccionarios que buscan el miedo -ese conveniente miedo- para evitar que hablemos, que nos preguntemos o que osemos cuestionar algo, o preguntarnos si es que todo es tan desastroso como se dice.

El volumen está demasiado alto. La idea de buscar un desastre constantemente y ponerlo frente a nuestros ojos en cada momento para que nos escandalicemos es una práctica que no es nueva en la política. Ni menos en esta clase de política en donde los distintos exponentes de cada pensamiento no tienen el mismo poder. Al contrario: unos son dueños de lo real mientras otros solo intentan que se escuchen sus perspectivas de país.

Son gritos reaccionarios que buscan el miedo -ese conveniente miedo- para evitar que hablemos, que nos preguntemos o que osemos cuestionar algo.

Por lo tanto, parece de suma importancia analizar estos hechos con la detención que requieren. Golpear la mesa fuerte es seguir dándole poder a quienes ya lo tienen, decirles que han triunfado y que han logrado -nuevamente- convertir un acto claramente condenable, en la razón de nuestras pesadillas. De nuestro terror. Porque no está de más decir que la delincuencia es un tema que debe tratarse con altura de miras y no con oportunismos hegemónicos. Y menos con pretensiones electorales.

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