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Crónica urbana

“Después de Dios, está La Vega”: Los trabajadores que no muestra la TV

Escrito por MQLTV

    *Por Monserrat Lorca (@MonseLorca) / Fotos por Felipe Pinto

    Tal como consigna el sitio histórico “Memoria Chilena”, en sus inicios La Vega funcionaba como sitio de descanso y estacionamiento de carretas, las cuales se detenían ahí a vender su mercadería. La construcción del Puente Cal y Canto ayudó a masificar este hito urbano que el año 1895 presenció las primeras edificaciones para luego en 1916 inaugurar oficialmente el espacio popular. Sus pobladores siempre han sido los mismos: esforzados obreros, transportistas y cargadores que hoy, modernos, pero cargando las mismas penurias que en el pasado, relatan sus historias de lucha y esfuerzo.

    Mucho se escucha y se ve de La Vega en los medios de comunicación tradicionales. Sobre todo antes del “18” o el Año Nuevo, cuando los limones, los tomates o cualquier bien de primera necesidad sube de precio para esas fechas y el instinto periodístico concurre raudo a entrevistar a los dueños de los locales. Sin embargo, poco y nada es lo que se muestra sobre los trabajadores que dan sentido a uno de los puntos más insignes del viejo Santiago y que a las cuatro de la mañana, puntualmente, comienza sus labores. Ellos son la verdadera vida del sector y sus historias el artículo más apetecible para una mente curiosa.

    “Por favor, diga que nos explotan”, dicen los encargados del local, que entran a las siete de la mañana y salen a las nueve de la noche. ¿Derechos laborales? Acá no existen.

    Las cucharas de don Luis

    Un mantel a cuadros, decenas de palos de madera y muchas herramientas sobre una mesa son el lugar que alberga el sitio de trabajo de don Luis, artesano, quien rechaza dar su apellido. “Me puedo meter en problemas”, señala.

    Próximo a cumplir 60 años, don Luis abre su corazón y cuenta sobre los 30 de éstos que ha vivido en La Vega, años que si bien han estado plagados de altibajos siempre le han sacado una sonrisa, incluso cuando lo han llevado detenido. Un hecho recurrente al cual se terminó acostumbrando, sobre todo en sus inicios, cuando aún no tenía permiso ni patente comercial. En una de esas oportunidades, los Carabineros lo arrestaron y se lo llevaron a una comisaría. Allí se encontró con una joven oficial que le preguntó por qué se lo habían llevado detenido; él respondió que no tenía permiso para vender. “¿Qué vende?”, le preguntó la joven. “Cucharas de palo”, respondió don Luis. La oficial lo dejó ir, pero no sin antes comprarle todas las cucharas de palo que le habían requisado.

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    Extranjeras, específicamente alemanas, son sus compradoras más habituales, aunque lo que más recuerda don Luis son los famosos, entre ellos artistas y políticos chilenos que acuden a su morada en La Vega.

    El humorista Palta Meléndez, la actriz Marcela Osorio y la ex-candidata presidencial Evelyn Matthei son sólo algunos de los famosos que, relata, han comprado sus productos. Los califica como personas humildes, no como se ven en la TV. “Yo no sé si tienen doble personalidad”, afirma. Recuerda con extrañeza la apariencia de Matthei, quien lo saludó de beso cuando se vieron: “Esa es una rubia de ojos azules, [pero] cuando la veo en la tele es súper peleadora”. Quizás por desengaños como ése se declara independiente y dice: “no soy derechista ni comunista, porque son todos del mismo saco”.

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    Imperio Fruna

    Más de cuatro locales se ubican en la calle Antonia López de Bello. Instituida como central de abastecimiento para la Pyme periférica, esta zona ofrece una amplia gama de productos, desde bebidas de 500 cc a $250 hasta pañales y toallas higiénicas del local. Los clásicos tabletones, chocolates Verona, el helado Mustang y los puros de chocolate, alimento oficial de las micros capitalinas, son los preferidos por los comerciantes. Por un bajo costo, los artífices de las galletas Carioca y Serranita ofrecen al comerciante ambulante irse feliz con una compra que alegra la vida, porque con solo entrar a este espacio, en el que nunca deja de escucharse una banda sonora en la que predomina Noche de Brujas, la sensación que inunda es la de estar en casa. Sin embargo, no todo es felicidad. “Por favor, diga que nos explotan”, dicen los encargados del local, que entran a las siete de la mañana y salen a las nueve de la noche. ¿Derechos laborales? Acá no existen.

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    Las veredas limpias y los “tíos” del aseo

    Junto a un gran carro con forma rectangular se aproxima un hombre de sombrero estilo “El Chavo del 8”. La tarde es calurosa, relata don Luis -otro don Luis-: “el care’ gallo está pegando fuerte hoy”.

    Con 65 años y a cargo del aseo en La Vega, este hombre tiene una jornada flexible que va desde las dos de la tarde hasta las nueve de la noche, intervalo en el que debe barrer todas las veredas posibles. Antes se desempeñó en la misma función en el Terminal Pesquero y en el Mercado Central, lugares que le ayudaron a criar a sus tres hijos, a quienes hoy sólo recuerda de lejos, porque ya tienen una vida aparte. Para él, La Vega es una comunidad y, más que eso, un hogar.

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    “Aquí ni los animales mueren de hambre”. Hay comida para todos, explica, mientras a sus espaldas la encargada de un local bota pimientos morrones al basurero minutos antes de abandonar el puesto.

    Don Luis admira este lugar y recalca nuevamente que la gente en La Vega encuentra todo lo que quiere. Por eso alude de manera casi instintiva a la frase más emitida por los trabajadores durante este recorrido: “Después de Dios, está La Vega”. Acá habrá de todo y nunca te faltará algo.

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    Los autos más brillantes del sector

    A La Vega llega de todo. Camionetas del año, cero kilómetros, Mercedez Benz y Audi marcan pauta y dejan atónitos a quienes pasan por su lado. Sus dueños, la mayoría provenientes de las comunas del sector oriente de la capital, como Las Condes, Vitacura y algunos sectores de La Dehesa, llegan fácilmente tomando la Costanera Norte, que los deja a un paso de la mayor diversidad en frutas y verduras de Santiago.

    Por otro lado están las camionetas grandes, esas Ford, que en gran parte son propiedad de grandes comerciantes que concurren a realizar las compras para abastecer sus negocios. Por ahí consiguen de un cuanto hay, desde cordones de todos los colores hasta comida preparada, pasando por utensilios plásticos y ollas. A La Vega llega de todo.

    La gente en La Vega encuentra todo lo que quiere. Por eso alude de manera casi instintiva a la frase más emitida por los trabajadores durante este recorrido: “Después de Dios, está La Vega”.

    Pero sin importar el tipo de vehículo, algo mágico ocurre en el espacio en que la persona estaciona su auto, hace las compras y vuelve. Ahí es cuando se encontrará con un auto con apariencia de nuevo, brillante, con excelente aroma y cero manchas, nada parecido al que dejó horas atrás. El “culpable” es el joven Alexis. Muy alto, de piernas delgadas y tronco macizo, es el encargado de dar brillo a las piezas de los automóviles. Con su polera de Barcelona F.C. se aprecia a lo lejos. Haciendo un gesto de doblar ayuda a una señora que viene en su 4X4 y él, con un paño blanco en la mano, saluda a la “dama” y le ofrece lavar el auto.

    Minutos más tarde llega la señora llena de bolsas y con su carrito de feria repleto. Alexis le entrega un auto casi nuevo. “De paquete”, exclama, sonriendo. Un aporte voluntario pero generoso basta para agradecer a este muchacho, que prepara nuevamente el brebaje del lavado, compuesto de una pizca de detergente y mucha agua, suficientes para hacer brillar el auto de la señora que se despide y le entrega un billete de $2.000.

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