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La Mujer Rota

Editores: Páguennos a los escritores nuestros derechos

El único llamado telefónico que he recibido en mi vida para decirme que me acerque a un café o a un lugar cualquiera porque me quieren pagar mis derechos de autor es el de un editor italiano arraigado en Chile, que puso su pequeña editorial, Edicola Ediciones, por estos lares. Y no es que haya publicado poco en estos 11 años: tengo tres libros de cuentos y tres novelas, con reediciones en España, México, Perú, Venezuela, Cuba, Estados Unidos, Italia y una que otra traducción de fragmentos en Francia, Brasil, Rusia y Alemania, entre otros. De todas formas, descarto Cuba, ya que los derechos fueron pagados de forma inmediata con la entrega del premio Alba de novela el 2012 y también los editores con los que he hecho el trato de entrega de libros como pago. 11 años de escritura y dos llamadas telefónicas. No sé, me parece vergonzoso, por decir lo menos; aterrador, por decir algo mediano, y macabro y perverso por tratar de acercarme al adjetivo que acompaña este acto siniestro que circula hoy como la moda que se lleva en las editoriales chilenas y varias extranjeras.

Los editores parten de una base errónea, que no sé desde qué ideología de pensamiento trabajan todos estos intelectuales al hacerle creer al autor que le hacen un favor al publicarlo.

Vamos por parte. Primero. No creo que los libros no se vendan. Los editores chilenos persiguen en corridas espectaculares cada licitación que sale al mercado, al punto que llego a pensar que algunos levantan editoriales sólo para hacerse de estas licitaciones: Cra, Fondos de Bibliotecas Municipales, fondos privados, fondo de compras de Bibliotecas del Ministerio de Cultura, ferias nacionales e internacionales, compras de colegios, lloradas al Estado y a la Cámara del Libro, a ProChile, al Ministerio de Relaciones Exteriores, lloradas a los agentes de Guadalajara y a los de ventanilla abierta. Paseos de curso de fin de año a todas las ferias internacionales. Y en el peor de los casos, si se vende sólo un libro, dale, loco, llámame y págame esa luca que me corresponde.

Segundo. He trabajado para editoriales nacionales, trasnacionales, anarquistas, autogestionadas, delirantes y fanzinotecas. Y sí, se le paga el trabajo a todo el sistema que trabaja alrededor de la manufactura de un libro y que vienen después del autor, hablando en términos de producción: maquetador, al diseñador, al que saca la foto, al que corrije, al que hace la prensa, al que sirve las copas en el lanzamiento del libro y al que lleva las cajas de libros luego para la bodega de la editorial, el que parte la torta. Esto es tremendamente injusto. Una editorial no puede partir si no puedes contratar el libro con el que vas a trabajar. Eso es clave para que la cadena parta desde la honestidad y la confianza. Y no estoy hablando desde un discurso y gárgaras neoliberales y con metáforas mercantiles. Estoy hablando de algo básico: trabajo, mano de obra, entrega de un producto, recompensa, justicia, derechos laborales.

Hoy exijo dos cosas en esta especie de descarga autoral: que los escritores no pasen ningún manuscrito más a ningún editor sin que le pague sus derechos por adelantado

Tercero. Cuando se llama a un editor o se le envía un e-mail para preguntarle cómo va el libro -cosas que no deberían hacerse- primero intenta no contestar, luego responde con voz casi de odio y dice que no tiene dinero y que se ha vendido poco. Uno nunca sabe cuántos libros se imprimen de los autores. A veces se dice que 200, a veces que 100, a veces que 1.000, pero cómo saberlo. Los autores no tenemos acceso a las imprentas y a la cantidad de ejemplares que se publican. Creo que desde hoy mismo haría un llamado para que cada vez que un libro se va a imprenta, la orden de compra debería ser firmada por autor y editor. O si no, adiós, no hay libro ni aquí, ni allá, ni nunca, ni jamás. Fin de las transmisiones.

Cuarto. Y esto tiene que ver con el trato a los autores. Los editores parten de una base errónea, que no sé desde qué ideología de pensamiento trabajan todos estos intelectuales al hacerle creer al autor que le hacen un favor al publicarlo. Un sujeto que se dedica a escribir dos o tres años de su vida un texto, a corregir, tiene que admitir que un editor le haga el favor de publicarle el libro, porque los editores así te hacen verlo. En dos o tres horas te convencen de que le harán el favor. El autor sale de la oficina teniendo lástima de sí mismo y siendo precarizado por un sujeto que al final se quedará con su dinero e incluso a veces los hacen pagar por la impresión del libro. Detestable. Si sientes que le vas a hacer un favor a un autor, por favor, no lo publiques, ya que el único favor que le haces es denigrarlo y hacerlo sentir que vale hongo y también su escritura y su vida y su imaginario y que no vale la pena ni vivir.

editores

Quinto. Por último el Estado podría proteger mínimamente a los autores al entregarle a estos editores subvenciones para que sigan agrandando su pyme, pero ni el papá Estado está a favor de proteger los derechos de los autores. Cuando entregan sus fondos para editar libros en su ya famoso Fondo a la Edición Para Incentivar la Industria Editorial, no le exigen jamás a un editor que les presente las boletas de pago de derechos de autor por el libro subvencionado, sólo se le pide la boleta de la imprenta, del diseñador, del editor e incluso del cocktail que decidió contratar el editor para sentirse el rey de toda esta fiesta.

Sexto. Todo el mundo tira mierda contra las trasnacionales diciendo que son negocios, que publican mala literatura, que roban autores, que sus libros son caros, etc. Bueno, sí, algunas cosas sí, y otras no. Pero ¿sabes?, ellos parten de la base que están trabajando con autores. Y en ese sentido soy la primera en defenderlas en materia de derecho de autor. Y me paro e incluso las aplaudo y hasta les armaría un pequeño altar.

Creo que desde hoy mismo haría un llamado para que cada vez que un libro se va a imprenta, la orden de compra debería ser firmada por autor y editor. O si no, adiós, no hay libro.

Séptimo. Cuando uno va a registrar su libro al Registro de Propiedad Intelectual, allá en Herrera, siempre te cobran 5 lucas y dicen que protegerán tus derechos. ¿Qué derechos protegen? Me parece la oficina más inoperante de este campo. ¿Qué derechos protegen aparte de recibir todos los días una gran cantidad de aplicaciones? Yo pondría un sujeto en esa misma oficina a completar el proceso y a preguntarle a cada persona que va a registrar si es que va a publicar ese libro y si pagó o si le pagaron sus derechos. Pero aparte de llenar unos cuadernos de roneo con nombres de miles de sujetos que llegan con el discurso que les plagiarán sus novelas, te dicen: “nosotros estamos acá para que no te plagien o copien tu manuscrito”. ¿Sabes?, prefiero que me copien, que me plagien, eso da igual en la era de las tecnologías, todos hacen copy paste a los textos de las redes, me parece medio inocente tu trabajo en pleno siglo XXI. Agarra el teléfono y contacta a esos autores que dices que les proteges sus derechos y pregúntales si ese libro que fue a registrar está siendo respetado y protegido por los editores. Luego hablamos.

Octavo. A veces el silencio se mantiene porque somos amigos de los editores, porque hay que mantener la industria y hay que apoyar a las editoriales nacionales. Sí, demás, pero el que te paguen tus derechos de autor no va a alejarte de tus amigos, no vas a dejar de apoyar a las editoriales nacionales y no va a desaparecer este campo cultural actual en que están aparciendo diariamente una cantidad interesante de nuevas propuestas editoriales. Al contrario, va a fortalecer ese campo e incluso puede que las exigencias de publicación y edición mejoren.

He trabajado para editoriales nacionales, trasnacionales, anarquistas, autogestionadas, delirantes y fanzinotecas. Y sí, se le paga el trabajo a todo el sistema que trabaja alrededor de la manufactura de un libro y que vienen después del autor.

En fin, es un tema largo y con infinitas aristas, pero retomo el principio: frente a esto que está sucediendo, creo que ronda un gran silencio, como todas las cosas perversas que llenan el ambiente con su silencio aterrador, de eso que nadie habla y que nadie debería hablar, porque levantar la voz se vuelve un acto castigable. Ese miedo ha paralizado todas las voces de los autores y sus derechos. Nuestros cuerpos hace rato que están acostumbrados a esos silencios, sobre todo en Chile, por lo que todos ya bien todos sabemos.

Por último, hoy exijo dos cosas en esta especie de descarga autoral: que los escritores no pasen ningún manuscrito más a ningún editor sin que le pague sus derechos por adelantado. Y que cada editor agarre un teléfono ahora mismo, que llame a todos sus autores y se demore dos o tres días en el caso de esos editores que deben tener 1.000 o 2.000 en su catálogo y que deje de hacerse el huevón de una vez. Acá está mi teléfono móvil: 63509424. Me quedo a la espera del llamado. O si prefieres, de un WhatsApp.

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