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Análisis del film

El Bosque de Karadima: La historia de un Chile castrado

El Bosque de Karadima -película dirigida por Matías Lira y protagonizada por Luis Gnecco y Benjamín Vicuña- habla de un Chile sin salida. De una realidad basada en la desesperación y la falta de alternativas dentro de un estrato social que dice tener muchas. De un párroco de una iglesia de barrio alto que reinaba y en la que su voz fuerte y su sigilo patronal se sentía de manera aterradora.

Una vez que comienza la cinta, se respira una realidad parroquial y gris, en donde los personajes solamente obedecen y se arrepienten pero sin mostrar ese arrepentimiento. Thomas Leyton -que en realidad es James Hamilton y es interpretado por Vicuña- es un personaje quebrado por dentro que busca en la fuerza de un Karadima casi sacro ante los ojos del cuiquerío ochentero -interpretado de manera magistral de Gnecco- la figura de un padre, o un dios más cercano y palpable que le dé las respuestas claras a su disfuncional realidad familiar.

Más que ser una película de abuso sexual y de la demostración del inmenso poder del cura, este es también un testimonio de nuestra historia reciente.

Karadima asume la voz de mandamás de la vida de Leyton, reflejando un país en donde la obediencia era una forma de vida y las preguntas no tenían cabida porque parecían de mal gusto, ya que las respuestas estaban establecidas.

Más que ser una película de abuso sexual y de la demostración del inmenso poder del cura, este es también un testimonio de nuestra historia reciente; del único registro que tenemos de la dictadura en los barrios altos. En esos lugares en donde suponíamos que todos lo pasaban bien y vivían esa fiesta que Pinochet les había organizado. Y resulta que también había quienes sufrían los excesos de esa mentalidad moralista y censuradora de quienes habían ganado y lo querían demostrar día a día implantando lo que creían correcto, en cada rincón.

Karadima asume la voz de mandamás de la vida de Leyton, reflejando un país en donde la obediencia era una forma de vida.

Karadima era un patrón. Era el que decía qué era lo correcto y qué no. Era el que manipulaba las vidas de sus súbditos -porque eso eran realmente- de acuerdo a sus sentimientos más ocultos, esos que él llamaba “el demonio”, cuando lo cierto es que no había nada de sobrenatural en ellos. Al contrario, eran la demostración misma de la humanidad más inhumana, la que se sirve de los demás para satisfacerse, para así crear un relato que se adaptara a lo que su cabeza pensaba.

El Bosque de Karadima nos muestra un laberinto y no su salida. Pero, sobre todo, nos revela las fuerzas que establecen que ese laberinto se torne cada vez más complicado y castrador. Porque es la historia de una castración la que se pone frente a nuestros ojos en la pantalla. Es ver cómo un hombre es despojado de su raciocinio para así dejarse llevar y no pensar; no preguntarse y solamente actuar. Rezar y seguir negando lo que le está pasando.

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