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El caso del oftalmólogo de Viña: Un debate a nivel de patrones

La imagen es bastante indignante: un tipo empujando hacia afuera del ascensor de un edificio de departamentos a una señora. La señora trabaja en uno de los departamentos y el tipo le ordena que salga de inmediato con el perro con el que anda ya que le molesta la presencia de éste, pero lo cierto es que le estorba más ella que la mascota, según podemos ver en las imágenes y la forma en que la trató. Como es evidente ardieron las opiniones condenando el actuar del tipo, y hasta -como es de esperar en el Chile de hoy- surgieron ideas de “funa” con el fin de mostrar justicia. O mejor dicho: con el fin de mostrarnos justicieros frente al hecho, olvidando el hecho mismo. Siempre es mejor mostrarse como mejores personas antes de serlo realmente. Da más réditos.

Una vez conocido lo ocurrido, las imágenes de la trabajadora comenzaron a circular por los medios y las naturales condenas al repudiable acto no se hicieron esperar. Fue titular de noticiarios y el motivo de discurso de algunos comunicadores. Es claro: estamos en un país que quiere cambios y en donde acciones feudales como la realizada por el oftalmólogo Carlos Schiappacase no son aceptables hoy en día. Y es más: son parte de ese Chile que tanto daño nos ha hecho y que de forma tan violenta ha formado un relato de odio imperceptible algunas veces, pero sumamente profundo y evidente en otras.

Tal vez parece antojadizo lo que digo, pero parece realmente un escándalo que en este país las trabajadoras del hogar sean miradas a través de los ojos de sus jefes.

Y ese Chile lo han puesto en evidencia los medios en su manera de cubrir la noticia, repitiendo así un problema cultural que es más fuerte que nosotros algunas veces y que otras es intencionalmente dirigido por aparatos comunicacionales. Lo digo porque cuando los noticiarios trataban el hecho, por lo general pedían las opiniones del patrón de la afectada, quien aparecía ante las cámaras como si le estuvieran haciendo un daño a él. Como si le hubieran abollado un automóvil. Cuando lo entrevistaban, la persona tal vez sin quererlo, hablaba de una pertenencia; de un bien, el que había sido dañado en su integridad, pero siempre mirado desde una perspectiva más bien paternalista de parte del jefe. O dueño.

Y es que ese es el problema de esta sociedad que hemos ido construyendo con los años: todos nos sentimos pequeños patrones. Schiappacasse se sintió defendiendo su fundo mental de la mano de sus niñitas, sintiendo que estaba siendo atacado por la mujer al estar compartiendo el mismo espacio que él. Sintió que había una integridad de clase-o de nueva clase- que se necesitaba cuidar y él estaba para hacerlo como un patrón. Como el patrón de sus propios traumas y miedos. De sus propia condición que busca perpetuar porque -al parecer- le costó conseguir. Y el jefe de la señora Patricia Valdebenito, desde su fundo, es quien aparece ante las cámaras como si él fuera el afectado. Como si a los peones de su fundo los hubieran maltratado. Como si parte de su material de producción hubiera sido destruido por el dueño del fundo contiguo.

Lo digo porque cuando los noticiarios trataban el hecho, por lo general pedían las opiniones del patrón de la afectada, quien aparecía ante las cámaras como si le estuvieran haciendo un daño a él.

Tal vez parece antojadizo lo que digo, pero parece realmente un escándalo que en este país las trabajadoras del hogar sean miradas a través de los ojos de sus jefes. Es como si no tuvieran una visión propia, como si no pudieran levantar su voz sin estar de la mano de quien los contrató. De quien es el dueño de sus sentimientos y sus pudores. E incluso ahora de sus sufrimientos.

Con esto claramente no hay nada en contra de un jefe que defiende a su trabajador, sino de la manera en que estas trabajadoras son vistas. Es decir, la manera en que nos adueñamos de los sufrimientos de quienes trabajan para nosotros sin saberlo. Sin tomar en cuenta de que esa manera en la que nos referimos a quienes se dedican al aseo de nuestras casa es también parte del problema. Es también parte de esa mentalidad de fundo que tenemos y que cuidamos sin darnos cuenta. Pero sobre todo es parte de ese país que queremos incesantemente que quede atrás, pero que nuestras estructuras socioculturales vuelven a instalar. Vuelven a hacer que nos demos cuenta que la batalla contra ciertas costumbres aún es muy difícil ganarla, sobre todo cuando, en el fondo, nos gusta perderla.

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