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Después de 25 años

El fin del binominal: menos eufemismo y más democracia

Mi generación -la que sobrepasa por poco los 30 años- creció con una idea de la democracia bastante peculiar: una en donde no se discutía, no se hablaba fuerte y en donde existía una confianza ciega en quienes podían hacer y deshacer en este clima de eterna -y falsa- amistad. Los que levantaban la voz o golpeaban la mesa cuestionando que, una vez acabada la dictadura, Pinochet siguiera siendo un personaje “respetado” en la escena política, eran mirados como parias, como enemigos de la democracia y de todo lo que se había arriesgado por recuperarla. Eran personas que no contribuían al clima de “acuerdo nacional”.

Por eso tal vez muchos de nosotros no fuimos políticos ni entendimos muy temprano qué significaba la política. Quizás por eso tampoco nos preguntamos cómo era posible -mucha gente lo decía, pero nadie escuchaba- que en el parlamento no sólo hubieran algunos senadores elegidos a dedo por haber participado del régimen milico que había terminado, sino que también -y bajo una concepción de lo democrático bastante peculiar- no siempre los que ganaban en una elección parlamentaria eran los que eran electos.

El binominal finalmente terminó y muchos -independientemente de las aprensiones al gobierno- creemos que al fin hay un poco más de democracia

Pero al parecer eso no importaba mucho porque habíamos llegado a dejar el autoritarismo y las órdenes militares de manera civilizada, como buenos amigos que se olvidaban del pasado y miraban al futuro con la frente en alto. Olvidando -eso sí- que sin historia y sin la revisión de ésta, no se puede construir nada.

Con el tiempo, nuevas generaciones comenzaron a ver que no era tan cómodo vivir en un país en el que un sector político tenía preponderancia por sobre otros por haber participado del genocidio; por haber hecho negocios y construir un país que les quedara más cómodo de lo que ya era. Cosa que motivó marchas, cuestionamientos y voces inteligentes que hablaron y preguntaron en un país en el que no estaba permitido hacerlo muy recurrentemente.

chao binominal

Ya no había tiempo para hacerse el sordo, los argumentos que en el pasado nos hicieron bajar la cabeza a muchos hoy no eran suficientes. Ahora se demandaba una democracia real, no una en donde el mercado supliera la libertad que las instituciones debían darnos y nos hiciera creer que tener derechos tenía que ver con poder comprar el teléfono o el televisor más moderno.

Se quería algo más elemental y simple: se requería un país en donde la educación fuera garantizada y no vendida. Pero también -y al mismo nivel de importancia- que pudiéramos votar y por nuestros parlamentarios sabiendo que si sacaba primera mayoría ganaba. Es decir, queríamos una democracia más parecida a las demás y menos inventada. Menos creada al antojo de una elite.

Sin caer en la sempiterna búsqueda del fin de la transición, lo cierto es que hoy tal vez estamos más cerca de lo que se quiso recuperar -o edificar, usted elige- cuando cayó Pinochet.

El binominal finalmente terminó y muchos -independientemente de las aprensiones al gobierno- creemos que al fin hay un poco más de democracia, pero sobre todo que se está despertando de un sueño profundo y violento que nos establecía como cierto lo que todos sabíamos que no era tal. Que, aunque levantáramos la mirada y esbozáramos una pequeña pregunta, la respuesta ya había sido escrita a nuestras espaldas.

Sin caer en la sempiterna búsqueda del fin de la transición, lo cierto es que hoy tal vez estamos más cerca de lo que se quiso recuperar -o edificar, usted elige- cuando cayó Pinochet. Hoy, por lo menos, somos un régimen un poco menos eufemístico.

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