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Ideas v/s personas

El fin del mito de Bachelet y la muerte del Chile apolítico

Permítanme una simplificación.

Existen dos Chile. Por una parte, hay un Chile de gente que apoya ideas, proyectos políticos y tiene más o menos una idea de país basada en cierto alineamiento de convicciones ideológicas. Por otro lado, hay un Chile que apoya personas, por encima de sus convicciones políticas, pues vota según la confianza que le inspira una persona en particular y prefiere denominarse apolítico.

Si la presidenta Michelle Bachelet ha sido la gran figura política de los últimos quince años ha sido precisamente por reunir en sí misma la síntesis de ambos Chile, fracturados por el efectivo discurso de «dejemos de pelear y ocupémonos de los problemas reales de la gente», mediante el cual Joaquín Lavín forjó una meteórica carrera electoral que lo tuvo a punto de ganar la elección presidencial de 1999.

El Chile de las ideas siente confianza cuando se levanta un proyecto ideológico con cierta redondez. Pero se siente poco sexy frente al Chile de las personas, ese Chile que admira a un líder carismático que le inspira cercanía; ese Chile que espera a la autoridad en caso de catástrofe, pues su figura presente reviste más importancia que la eficaz implantación de los protocolos de emergencia.

El Chile de las ideas, por ejemplo, sale a proponer la idea de una asamblea constituyente. Mientras tanto, el Chile de las personas (y, por extensión, de los políticos que han avalado durante casi veinte años una política de personas) se pregunta quiénes estarán allí, cuáles serán los líderes, pues en esa posible asamblea no reconocen a ninguna persona que pueda liderar el proceso: como si el liderazgo, como si la figura lindante en lo patronal, fuera la garantía de confianza para digerir el discurrir de la política chilena.

El Chile de las ideas busca una visión de mundo. El Chile de las personas, por su parte, infantiliza la política, reduciéndola a una sonrisa y a un poco de gestión.

El Chile apolítico es un Chile vertical y está haciendo agua a partir de un incidente familiar de la presidenta.

En esta dicotomía, está la razón esencial de la crisis de confianza por la cual atraviesa la presidenta Bachelet.

De nada sirve que salgan versiones de prensa en torno a la desprolijidad del funcionamiento de Caval, que más parecía un comedero de aves que una empresa propiamente tal. De nada sirve enterarse de que Caval tenía metidos a personajes entre sórdidos y pintorescos que, además, se mentían y ocultaban información entre ellos. De nada sirve siquiera el comunicado de desmentido de Andrónico Luksic.

El Chile de las personas está desilusionado. Se acabó la confianza hacia Michelle. Aunque ella no haya estado estrictamente vinculada. La acusan por ser madre, la acusan por no saber antes, la acusan por no haber educado a su hijo de otra forma, la acusan de no haberle dado a tiempo un escarmiento ejemplarizador. Se esfumó la ilusión del Chile de las personas que atribuía a la presidenta atributos más cercanos a la espiritualidad mariana.

Ya estamos lo suficientemente grandes como pueblo y como ciudadanos como para aspirar a ser domesticados por una figura.

Pero el problema, les aviso, no está en Bachelet, sino en seguir creyendo en el Chile de las personas. ¿Por qué? Porque las personas se acaban a la primera decepción y los países sobreviven con proyectos políticos de mayor duración que la fecha de caducidad de un gobierno o la supervivencia de un caudillismo a medio cocer.

Por lo mismo, no parece bueno seguir alimentando el mito en torno a la Presidenta, ese mito que la levanta como una líder espiritual. Resulta necesario verla como lo que es y para lo que ha sido encargada: como una administradora temporal de un proyecto político de largo aliento. Y resulta necesario juzgarla desde ese parámetro, más allá de si acaso te parece que ha sido o no una buena madre (lo que, además, es sumamente barsa cuestionar: por lo general, los padres hacen lo mejor que pueden con los hijos).

El Chile de las ideas busca una visión de mundo. El Chile de las personas, por su parte, infantiliza la política, reduciéndola a una sonrisa y a un poco de gestión.

Somos un país lo suficientemente desarrollado como para seguir confiando en los atributos de una persona como garantía de un buen gobierno. Ya estamos lo suficientemente grandes como pueblo y como ciudadanos como para aspirar a ser domesticados por una figura, de la cual esperamos que nos provea luz y claridad, de la cual esperamos que nos provea orden.

Es hora de terminar con la ilusión de abrazar a las personas y depositar en ellas las ideas. Es tiempo de madurar; con ello, tiempo de abrazar a las ideas y depositar a las personas en ellas.

Si es por cuestión de autoridad, la autoridad es nuestra votando a nuestros representantes. El orden está en nosotros, cuando delegamos nuestro poder. El Chile apolítico es un Chile vertical y está haciendo agua a partir de un incidente familiar de la presidenta. Qué bueno que esté pasando.

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