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Cambio de mando

El gran berrinche de Cristina

La relación que tenemos los chilenos con la democracia es extraña. Por lo general amamos los simbolismos y la legalidad, tenga el origen que tenga. Por ahí decían que Neruda en alguna oportunidad, y de manera sarcástica, había señalado que para hacer una revolución en nuestro país, primero debía salir publicado en el Diario Oficial. Es cierto: tenemos una especie de espíritu legalista y cuidadoso de los símbolos, pero muchas veces pasa no tanto por el respeto, sino por el temor al relato que crearon quienes también construyeron las directrices que debíamos seguir. Esto lo digo porque muchos de los aspectos de la institucionalidad democrática que tanto respetamos hoy en día no fueron más que una “imposición acordada”, figura sumamente chilena.

En Argentina, convengamos, todo es realizado con más desparpajo. La democracia en dicho país es vivida de otra forma, ya que las reglas republicanas muchas veces tienen que ver con el carácter de la persona que ostenta el poder. Si bien la expresión de las masas populares y la forma en que dialogan distintos sectores, sin que haya una visión hegemónica, es envidiable para quienes vivimos al otro lado de la cordillera, lo cierto es que la manera en que se relacionan con algunas instituciones y rituales democráticos dejan bastante que desear. Es como si el régimen en cuestión dependiera, a diario, de la manera en que se levantó esa mañana el gobernante.

Si bien el kirchnerismo no fue una tiranía ni nada que se le pareciera, sí fue una demostración más del problema argentino -y que también tuvo su gran exponente en el menemismo de los ’90-: la creencia de que todo el aparato político debe ser adaptado a la personalidad de quien gobierna.

Es evidente: nosotros como chilenos no podemos dar clases al respecto, debido al exceso de convergencia entre los discursos para que así predomine solamente uno. Pero muchas veces el respeto de ciertos estándares democráticos, independiente de la manera en que nacen -o renacen, en este caso después de la dictadura- , son tal vez las maneras más simples para demostrar cuán consciente es o no quien gobierna. Esto lo señalo en relación a la negativa de Cristina Fernández de Kirchner de hacerse presente en una de los principales ritos de una república democrática: la entrega del mando al Presidente electo de parte del mandatario que termina su período. Dentro de toda la imperfección que puede tener la manera en que están concebidas muchas veces las instituciones, tal vez la única manera de recordarnos que no estamos viviendo en el imperio del caos y la barbarie es haciéndole caso al veredicto popular, sea el que sea, aunque no nos guste.

Cristina Fernandez

Y es que el espíritu democrático de un político siempre será puesto a prueba en las derrotas, ya que se tiene conciencia realmente de lo que implica la democracia una vez que se pierde. Es la única oportunidad en que entiende de qué se trata y la manera en que debe funcionar e ir perfeccionándose. Es la única manera de entender cómo hacer política hacia el futuro para volver a recuperar la confianza perdida. Porque en eso muchas veces consiste el ejercicio político, en replantearse, en repensarse, y las victorias constantes no dejan espacio para ello. Al contrario: los eternos victoriosos pueden transformarse en los peores tiranos.

Si hay algo que Cristina debería ir conociendo es que el estado de derecho se reafirma principalmente cuando los mandatarios son garantes de éste hasta el último día y no lo desestabilizan por medio de berrinches.

Si bien el kirchnerismo no fue una tiranía ni nada que se le pareciera, sí fue una demostración más del problema argentino -y que también tuvo su gran exponente en el menemismo de los ’90-: la creencia de que todo el aparato político debe ser adaptado a la personalidad de quien gobierna. La idea fija de que los procesos ideológicos están por sobre las mínimas bases de convivencia democrática. Cosa que no ha traído nunca buenos réditos ni en el peronismo más neoliberal ni en éste que dice vestirse con postulados de izquierda.

Insisto: nosotros como país debemos aprender mucho en materia de politización y enfrentamiento de discursos sin temerle al impuesto por un grupo de empresarios, cosa que en el país vecino se desarrolla bastante bien. Debemos también tener menos miedo a exigir una mayor democratización y no basar lo “democrático” solamente en rituales. Pero si hay algo que Cristina debería ir conociendo es que el estado de derecho se reafirma principalmente cuando los mandatarios son garantes de éste hasta el último día y no lo desestabilizan por medio de berrinches.

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