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Noche en Santiago

El último karaoke

Escrito por Leo Marcazzolo

Me equivoqué: el verdadero Chile no está en Plaza Italia. O sea también, pero no tanto. El verdadero Chile está, creo, en un karaoke perdido en Suecia que visité el otro día. Ahí encontré la vena. Ahí estaba Chile, en uno de esos antros ya borrados del pasado reciente. Ahí estaba el masoquismo chileno, mezclado con los sudores, las piscolas rancias y los hits viejos de Shakira. Ahí estaba la gente que se tiraba a capella -sin red- al matadero: primero frente a un animador que era un verdadero sobreviviente -teenager- de noches de olvido (rechoncho, borracho, artista frustrado) y segundo frente a un público que sólo buscaba morbo.

El morbo era el eje fundamental. Funcionaba como elixir. El público se lo tomaba, lo saboreaba y lo escupía. La cosa comenzó temprano. A eso de las nueve ya estaban “prendidos los motores” (en los karaokes -desde su más temprano origen- desde siempre han usado esta expresión para anunciar “el gran comienzo”).

El marido era de los que no tomaba. Nada, solo agua. Miraba el espectáculo absorto e intentaba volverse invisible.

La primera que apareció fue una fulana “no muy agraciada”, de pollera corta y brillante. La lista de las que vendrían después sería larga. La tipa era una verdadera arpía. Lo sé, porque a estas alturas ya estoy instruida en oler arpías (las adivino porque siempre miran de una manera y dicen algo que no se condice con esa manera). La arpía comenzó a decirle cosas en el oído al animador, imitando el mismo modo de Cecilia Bolocco en ese concurso de belleza que solo sirvió para lavarle la sangre a la dictadura. Y después, comenzó a acariciarle la oreja. Se la acariciaba como si el marido nunca hubiese estado ahí, como si no hubiese tenido que ser justamente él, el pelotudo que tendría que pagar la cuenta después, y bancársela en la noche borracha. El marido era de los que no tomaba. Nada, solo agua. Miraba el espectáculo absorto e intentaba volverse invisible. La arpía, en tanto, comenzó a entonar Loca de Shakira, mientras seguía clavándole -con total descaro- sus ojos libidinosos al animador. Su marido absorto, pidió una segunda agua mineral y comenzó a aplaudirla. Un poco como adormilado, un poco como sin saber qué hacer. Descubrí que eso era muy común en los karaokes, que se diera esa combinación: hombre adormilado con mujer arpía. Parte del morbo residía allí, en eso, en mujeres que se subían al escenario para provocar el sangramiento inmediato de los maridos. El seudo showman, en tanto, sudaba y se dejaba acariciar como si hubiese sido la verdadera reencarnación del Oso Teddy. Su mechón rucio y sus pantalones Levi’s a punto de estallar, testifican un pasado, aunque no glorioso, sí un poco mejor.

Le decía al showman, por ejemplo, que “le faltaba regaloneo”, y que “le hicieran nanái” en no sé qué parte del estómago durante las noches.

La mujer, en tanto, seguía empinándose un pisco sour tras otro, mientras insinuaba que estaba cobrando venganza y no estaba feliz. Le decía al showman, por ejemplo, que “le faltaba regaloneo”, y que “le hicieran nanái” en no sé qué parte del estómago durante las noches. “Lo necesito, lo necesito”, jadeaba, al mismo tiempo que se negaba a entregarle su trono a otra. De hecho, cuando finalmente le pidieron el micrófono, en vez de irse, obligó a que le pusieran Waka-Waka de Shakira y siguió cantando. Complejo. Es difícil juzgar a alguien. Siempre lo ha sido. Pero de lo que sí estoy segura es que si Shakira hubiese estado allí, viendo aquella imitación que hacían de ella, ni siquiera se hubiese podido levantar de la cama al día siguiente. La tipa solo estaba allí emitiendo alaridos de cuervo, o quedándose muda tratando de recordar la letra, o intentando besar en la boca al showman, que a cada momento le advertía que la “tarifa no incluía cover”. Pero eso no fue lo más extremo que pasó. Lo más extremo que pasó fue, que su marido continuó allí adormilado, pese a todo. Inclusive después de que presenció, en primera fila, cómo su mujer conseguía estamparle un gran tapón en la boca al showman delante de todos.

Ahí se sintió el verdadero Chile: en la gran carcajada trepidante de los asistentes y en su gesto de muñeco de goma, inmutable.

La arpía salió y subió una “gordita”.

El showman comenzó a llamarla “la gordita”.

El público estalló en carcajadas, pero la gordita no. Me acordé de algo que me dijo un amigo una vez. Un amigo me dijo que existía una gran diferencia entre “reírse con alguien o de alguien”.

El escenario comenzó a alimentarse como una máquina de salchichas de su pudor. La gordita quería cantar a Amaral, y como el animador quería caerle mejor a las personas, comenzó a burlarse de ella. Le preguntó si “acaso tenía marido” y como ella le contestó que no, le preguntó si acaso “se lo había comido”. El público estalló en carcajadas, pero la gordita no. Me acordé de algo que me dijo un amigo una vez. Un amigo me dijo que existía una gran diferencia entre “reírse con alguien o de alguien”. Cuando uno se ríe “de alguien” todos lo pasan bien menos uno, en cambio cuando “uno se ríe con alguien”, todos lo pasan bien. La gordita no lo pasó bien, le tembló la pera, se quedó muda y quiso irse, pero no se fue. Se quedó allí, congelada, como un buque que se niega a hundirse. Eso mientras el animador seguía auto inflándose los cachetes y haciéndole morisquetas. Los asistentes se reían. El morbo estaba condensado en su resistencia.

La novia figuraba con una corona de acrílico ladeada, un vaso triple de terremoto, el pelo revuelto y unos jeans con manchas irregulares de merengue.

En ese viejo dicho que dice que “mientras no me pase a mí todo vale”.

La gordita resistió hasta que le dio puntada. Se cantó el tema completo de Amaral y después se fue. El animador sudó, se terminó su piscola y se burló hasta el último minuto de su trasero. Luego subió una novia. La novia figuraba con una corona de acrílico ladeada, un vaso triple de terremoto, el pelo revuelto y unos jeans con manchas irregulares de merengue. Al principio su intuición la llevó a pensar que había dos animadores y no uno. Y luego, cuando ya se convenció de que era solo uno -por alguna extraña razón que nadie entendió nunca- comenzó a tratarlo como vedetto. Como uno the real one le decía que estaba “rico” y que se “desvistiera ya”.

Y él ahí quedó, mudo. Más mudo que el marido adormilado, más mudo que la gordita a la cual le había echado en cara su trasero y más mudo, por cierto, que la novia desmayada.

Fue tal su insistencia que comenzó a despertar la desesperación del público. Los pocos cuerdos que quedaban comenzaron a rezarle a diosito para que no lo hiciera. Diosito estaba en otra.

El animador lo hizo: se sacó la camisa y comenzó a bajarse los pantalones. Todo pasó en segundos. La jalea en su estómago, la cara de mareo de la novia, el animador en calzoncillos y por último el desmayo. La novia cayó estrepitosamente gatillando el decantamiento definitivo de las mujeres. Una especie de clímax sucinto y dramático que resumió magistralmente la acumulación de hechos -que habían llenado- la noche. Todas se levantaron y gritaron: “guatón, vístete”. Y él ahí quedó, mudo. Más mudo que el marido adormilado, más mudo que la gordita a la cual le había echado en cara su trasero y más mudo, por cierto, que la novia desmayada.

*Leo Marcazzolo (40): Desde que tiene uso de razón que quiere ser periodista. Le gusta escribir y contarle a la gente su vida. Puede que la recuerden por sus seis años en The Clinic y sus libros: La Cosa (Editorial The Clinic, 2006), Papá y Mamá (Random House Mondadori, 2007), Una Loca Maternidad (Alfaguara, 2012) y Tesoros Perdidos (La Calabaza del Diablo, 2013). Actualmente hace clases, escribe su quinto libro y tiene una columna en Publimetro donde, según confiesa, se exhibe con la esperanza de que la quieran.

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