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Transición y lobby

Enrique Correa, el gran confidente del poder

Los e-mails que intercambiaban los cardenales Ezatti y Errazuriz dejaron mucho a la vista y paciencia de los ciudadanos. Tal vez lo principal tiene que ver con el co-gobierno que existe entre estos dos curas y que opera para encubrir acciones que pudieran manchar aún más la imagen de una Iglesia muy desprestigiada por sus políticas internas. Pero si es que uno mira detenidamente los correos publicados por El Mostrador, también se puede leer en ellos la historia de nuestra joven democracia, ya que el hecho de que el nombre de Enrique Correa haya aparecido como uno de los principales puentes entre los deseos conspirativos de estos sacerdotes y La Moneda nos dice que nada ha cambiado mucho. O peor aún: todo sigue aterradoramente igual.

Pareciera que estamos en los ’90, pero no. El principal articulador de la transición concertacionista todavía está al mando de las decisiones comunicacionales de la llamada centro izquierda chilena: su currículum -¿o prontuario?- tiene escrito en sus páginas pasajes tan importantes para la transición, como el haberse entendido con el dictador y hasta haberle caído bien. Es cosa de mirar las fotos risueñas en las que ambos personajes se estrechaban las manos y se miraban coquetamente como si hubieran concebido a su mejor hijo. Y de hecho lo hicieron: se llama “democracia de los acuerdos”.

El mayor lobbista de Chile se unió a quienes fueron sus victimarios para así decirles que estaban en lo cierto; para darles la razón en todas sus ideas.

Hasta el día de hoy, Correa se refiere a esta etapa de restablecimiento democrático con orgullo y se pasea por los pasillos del poder trayéndola a toda discusión como si fuera una medalla, un trofeo que lo distingue por sobre los demás. Y, en cierta manera, lo distingue sobre el resto, ya que una vez que estrechó relaciones con el relato hegemónico, don Enrique se transformó en el consultor favorito de empresarios y el confidente de quienes necesitaban una oreja que escuchara y transmitiera al bando contrario qué es lo que se requería hacer para seguir afianzando confianzas. Era como una especie de cartero que traía consigo nada más y nada menos que una importantísima correspondencia: la llamada “estabilidad de Chile”.

¿Qué le pasó a este personaje? Algunos dicen que se aburguesó, que cambió su pasado socialista por algo que le diera más réditos, más frutos personales, y al parecer así fue. Tal vez se cansó de las preguntas y los cuestionamientos al poder y comenzó a ser parte de las múltiples respuestas de éste hacia los problemas nacionales. A lo mejor, también su otrora miedo se transformó en conveniencia; en una manera de dejar de lado ese lado tan sufrido que caracterizaba a la izquierda que masacró Pinochet, para así pasarse al lado de los triunfantes, de los que no tenían en su agenda seguir buscando familiares y exigir justicia, sino grandes cocteles en los que las carcajadas abundaban y la triunfante frivolidad se imponía como una nueva vida. Como una maravillosa nueva vida.

Su currículum -¿o prontuario?- tiene escrito en sus páginas pasajes tan importantes para la transición, como el haberse entendido con el dictador y hasta haberle caído bien.

No sé si meter a Correa en el saco de los nuevos ricos o los grandes contribuyentes a la cultura “aspiracional” chilena, porque lo suyo es más serio. El mayor lobbista de Chile se unió a quienes fueron sus victimarios para así decirles que estaban en lo cierto; para darles la razón en todas sus ideas y, de alguna forma, para hacerlos sentir que, en el fondo, todo lo que habían hecho no estaba tan equivocado. Todo esto lo hizo con tal de ganarse un puestito en el poder y lo consiguió. Y quizás tuvo un puesto más grande de lo que deseaba, ya que antes no tenía nada. Es impresionante cómo Correa se ha transformado en el oído más cercano a los poderosos. Es el que escucha sus deseos, sus negocios y sus pretensiones de más y más poder. Debe resultarle excitante ser parte de lo que nunca creyó que formaría parte; de lo que nunca había sido el objeto de sus principios hasta que los perdió y los dejó olvidados en una vieja chaqueta para así comprarse una nueva. Una que estuviera más acorde con sus nuevos deseos y perspectivas de vida.

Que no se mal entienda: todos podemos cambiar las ideas, el problema de Enrique Correa es que pareciera que nunca las tuvo. O por lo menos nunca se preguntó nada realmente, ya que solamente actuó y dejó atrás todo su pasado sin siquiera detenerse a ver qué era lo malo y lo bueno que éste tenía. Nunca más volvió a detenerse y pensar. Sólo actuó y ganó. Y lo más probable es que siga ganando.

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