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Erika Silva y el bacheletismo como religión

“Ustedes no saben lo cómodo que es ganar que es ganar $3,7 millones y sentarse en la oficina de Allende, para una socialista”. Esa fue una de las declaraciones que dio Erika Silva, ex asesora de Sebastián Dávalos, esta mañana cuando habló frente a las cámaras en La Moneda. La personera -despedida por unos tweets que responsabilizaban a Rodrigo Peñailillo de la tardía reacción de Bachelet en el Caso Caval- salió de Palacio, según ella, con la frente en alto.

Fue en un punto de prensa en la casa de gobierno donde habló frente a los periodistas que se encontraban esperándola. Su aspecto no era el de una persona liberada -como repitió hasta el cansancio-, sino más bien desquiciada. Su lengua no le paraba y tomaba impulsos, por medio de la respiración, para seguir hablando. La imagen parecía ser la de una persona que, en pro de la verdad -y la salvación de la figura de Bachelet-, debió dejar su cargo. Se creía una especie de héroe patrio y tal vez el haber pasado tanto tiempo en el despacho de Salvador Allende hizo que se sintiera un poco él, suicidándose para así defender la República. Sólo que en vez de un arma, en esta oportunidad, lo que mató a esta asesora fueron sus incontroladas ganas de twittear.

Está de más decir que Silva no es Allende y claramente es otro tipo de socialista. Ella cree más bien en las monarquías que en las repúblicas, por lo que defiende tan descarnadamente a esta especie de reina en que se ha convertido Michelle Bachelet para todos los que la han rodeado y la rodean a lo largo de su carrera política. Y cree, sobre todo -ya que ese es un gran rasgo de quienes la cuidan-, que la mandataria no puede tomar sus decisiones sola, que su presencia es frágil y la manera en que se intenta cuidar esa fragilidad es cómo se sostiene un programa de gobierno.

Érika Silva es parte de ese bacheletismo ciego que más que representar una rama del pensamiento, defiende una figura, una presencia y un aura que muchos elevan a un punto casi sacro. Casi divino. Porque, si usted se detiene a ver lo que dijo, claramente parecía una fiel que -a pesar de todo- juraba lealtad a su deidad. A lo único en lo que realmente cree. En esto último radica, principalmente, el problema de la primera parte del mandato de la Presidenta: que todos creían más en ella que en el programa que se estaba llevando a cabo. Por lo mismo, descansaron en su persona y descuidaron las formas en que se debían comunicar las ideas y resolver los problemas políticos. Porque lo que estaban haciendo era más bien cuidar una religión que ejercer sus cargos (sólo basta recordar las vocerías de Elizalde).

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Es importante -sobre todo en un gobierno que pretende llevar a cabo tamañas y significativas reformas- entender que la política y la religión no van de la mano. Son cosas diferentes, distantes y que se contraponen. En la política deben predominar el raciocinio inteligente y la responsabilidad. Sobre todo la responsabilidad. Por lo tanto, ver este ejercicio como un cúmulo de sentimientos destemplados hacia una persona y no hacia una idea, claramente, termina mermando un proyecto colectivo tan relevante como éste.

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