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La Mujer Rota

Esperando el terremoto de la literatura chilena

Los grandes desastres siempre afectan a nuestra naturaleza y a nuestra vida, pero no hay muchas instancias de movimientos telúricos en nuestras letras. Menos hoy, donde lidera una especie de calma bastante democrática (en la superficie, obvio, por abajo está corriendo demasiada lava hirviendo), salvo el explotar de nuevas narradoras chilenas que entran a un campo con una fuerza increíble y admirable, como lo ha hecho Ileana Elordi, Romina Reyes, Paula Ilabaca, María Paz Rodríguez y obviamente esperando a otras como Katy Lincopil o Victoria E. Quintriqueo.

Creo que hoy se necesita más que nunca un movimiento bestial de las letras frente a esta especie de anestesia liderada por la infancia de la dictadura y que ha se ha vuelto, pese a todo lo interesante y delicado del tema, el nuevo mainstream de nuestro terruño.

 paula ilabaca maría paz rodríguez

Anticipaciones a este temblor lo sentí en un mínimo grado cuando, hace un mes atrás, puse una frase en Facebook, justo a las 3 a.m., mientras bebía con dos escritoras en un barcito cercano a casa después de comer platos veganos una, vegetariano, yo, y carnívoro una tercera. La frase decía: “La literatura chilena escrita por hombres es objetivamente zambrista”, y que por supuesto ellas no se dieron cuenta de que lo postié, ya que parecía que estaba favoriteando en mi Twitter o dando likes a otros estados más interesantes que el mío en ese momento o por último enviando WhatsApp a mi novio que me esperaba en casa.

A la mañana siguiente mi muro y no sólo mi muro, sino que mis DMs en Twitter, mi WhatsApp, mi chat de Facebook y mi buzón de voz estaba llenísimo de insultos, felicitaciones, pedidas de cuenta, llamadas telefónicas y pedidas de que me explicara las intenciones más allá de esa mínima frase, que para algunos causó una especie de terremoto y daño, para otros significó la posibilidad de que yo me sintiera trolleada por sus insultos. Pero en realidad, más que sentirme trolleada, sentí la necesidad que muchos tienen de hablar, de que dialoguemos frente a frente, que dejes de pelarme en tus carretes piscoleros y la necesidad de vivir un remezón por parte de muchos escritores, esto, además de un insomnio en que estuve pegada 4 horas respondiendo a unos cuantos falsos feministas que intentaban decirme: oye, yo no estoy haciendo violencia de género al poner respuestas agresivas en tu muro, pero sí siento que me acabas de agredir y por eso te odio y desaparece.

“Mi ambición de escritor sería recorrer toda la literatura de mi tiempo sin tener jamás la sensación de regresar sobre mis pasos o de volver a caminar sobre mis propias huellas”. -Georges Perec

Más allá de señalar que creo que algunos de los que me llamaron la atención tenían claras pertenencias al grupo antes señalado, quiero aprovechar este espacio para explicarme. Cuando yo decía zambristas, no me refería a los escritores que considero que trabajan en la línea de la prosa de Alejandro Zambra, de forma consciente o inconsciente, histórica o conceptual, estructural o en su trama, no me refería a ellos, porque claramente Zambra tampoco inventó la pólvora. Antes de Zambra también había en Chile novelitas íntimas, cargadas de un cierto dolor que se resuelve con la mirada subjetiva de dos o tres personajes y sus destinos. Cómo olvidar a José Santos González Vera y AlhuéVidas mínimas o El conventillo, a Nicomedes Guzmán y Los hombres oscuros; también El tren de cuerda de Adolfo Couve, La Mampara de Marta Brunet o La amortajada de María Luisa Bombal. Para mí, y supongo que para muchos, la literatura también es un entramado de discursos que se reflejan y espejean unos a otros, se influyen y se reciclan, sobre todo en un momento histórico en que los escritores comparten lecturas, influencias, vidas en común, vasos de vino, condiciones sociales, políticas, incluso diálogos y viajes al extranjero. Por ejemplo, Camanchaca de Diego Zúñiga, Trama y urdimbre, La Filial y Buscanidos de Matías Celedón, a ratos Diagonales de Maori Pérez, me parece que están en una cierta sintonía estética con estos autores, pero ojo, yo no hablaba precisamente de eso.

Lo mismo pasó cuando murió Bolaño, aparecieron varios con sus e-mails diciendo que Bolaño les había dicho que sus cuentos eran fabulosos y que eran el futuro de la literatura latinoamericana.

A lo que me refería es a que la grandeza de un autor y de cualquiera que lleva años de trabajo y ha experimentado caídas, aciertos, escrituras, experimentación de su prosa, críticas, lecturas y más lecturas y etcetera, lo lleva a un cierto lugar simbólico y un espacio en que se puede descansar de forma grata en las virtudes del trabajo y de la escritura. Y la patudez de ese séquito de personajes que intentan llegar a ese lugar de gratitud en que se encuentra hoy el autor, habiendo tocado sólo unos pocos acordes y delirando con que harán el mismísimo camino tocando las mismas notas y haciendo los mismos pasos de baile, esto con haber escrito un solo libro y que dicen entre presentación y presentación que son el mejor amigo del autor ya señalado. No creo que alguien tenga tantos mejores amigos ni que sea bueno delirar con que uno es el mejor amigo de alguien. También me refería a que realmente no entiendo qué hay detrás de tanta idolatría frente a los autores y sus figuras, más allá de las lecturas de sus obras, y el trabajo en las mismas en escrituras personales.

Lo mismo pasó cuando murió Bolaño, aparecieron varios con sus e-mails diciendo que Bolaño les había dicho que sus cuentos eran fabulosos y que eran el futuro de la literatura latinoamericana. Algo parecido con Lemebel. Cuando Lemebel publicaba en LOM, e incluso en Cuarto Propio e incluso antes en Ediciones Asterión con Pía Barros por allá por los ’90 o fines de los ’80, nadie se le colgaba del cuello. Recuerdo perfectamente, hace diez años atrás, en una conversación con un periodista chileno que me decía que Lemebel valía hongo, supongo que sin leerlo, porque cuando murió fue el primero en levantar una crónica de lo bueno que era Lemebel y el legado de su obra y blabla.

Remueve un poco tu campo de trabajo dialogando de frente, deja de aplaudir tanto o de tenerle miedo al que tienes al lado. Do it yourself. Sé genuino, como el gran Daniel Hidalgo o el gran Jorge Baradit.

En fin, con esto no me quiero hacer la cool ni atacar a nadie, sólo recordar las palabras de Georges Perec acerca de su oficio como escritor: “Mi ambición de escritor sería recorrer toda la literatura de mi tiempo sin tener jamás la sensación de regresar sobre mis pasos o de volver a caminar sobre mis propias huellas”. Todos los que escribimos deberíamos tener un proyecto genuino y una escritura que haga manifiesto y demuestre ese proceso. Porque supongo que nadie quiere hacer de todo esto un mismo discurso hegemónico y castrador, ni volver a caer en el Macondo o en la jugada del Realismo Mágico de la Literatura, ya que harto daño que instaló en las estéticas latinoamericanas, situación inventada por agentes literarios españoles que colonizaron propuestas emergentes para vender más libros en sus mesones europeos, más allá de la potencia de algunas escrituras, y de paso invisibilizar a grandes autores como Onetti, Saer, Lispector, Ibargüengoitia, Ribeyro y otros. Sólo esperaba reabrir el diálogo acerca de  la autonomía del trabajo y decirles: loco, vive tu propio proceso con fuerza, remueve un poco tu campo de trabajo dialogando de frente, deja de aplaudir tanto o de tenerle miedo al que tienes al lado. Do it yourself. Sé genuino, como el gran Daniel Hidalgo o el gran Jorge Baradit.

*Claudia Apablaza nació en octubre de 1978 en San Francisco de Mostazal, Chile. Estudió Psicología y Literatura en Chile y Barcelona. Ha recibido el premio de la Revista Paula (2005) con su cuento Mi nombre en el Google y el premio Alba de narrativa para escritores de Latinoamérica y El Caribe, menores de 40 años, con su novela GOO y el amor, Cuba. El año 2012 fue becaria del The Liguria Study Center, en Italia y el 2014 en BANFF CENTRE, Canadá. Ha publicado los libros GOO y el amor (2013), Siempre te creíste la Virginia Woolf (2011), EME/A (2010),  Diario de las especies (2008), Autoformato (2006). Actualmente es la directora del área de Literatura de Estudio Panal y editora de Los libros de la Mujer Rota.

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