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Estimado Fulvio (o definitivamente perdimos la batalla cultural)

Antes que nada, estimado Fulvio, me gustaría contarle que yo no pretendo ser el fiscalizador moral de nadie. No creo en quienes andan por la vida dando clases de ética y gritando a los cuatro vientos con tal de ganarse un cielo imaginario. No creo en esas técnicas moralistas; de hecho, pienso que muchas veces esas técnicas han transformado nuestro país en un terreno estéril para que pueda surgir alguna idea realmente interesante. Dicho lo anterior, creo que el conocido mail en donde usted le pide dinero a un alto ejecutivo de Soquimich e incluso le envía una lista con personas, entre las que se encuentra su padre, me parece más grave que una falta a la moral, sino más bien una falta tremenda a la historia.

Sí, la historia. Sin ella, seamos sinceros, no es posible entender hechos, analizarlos ni desmenuzarlos, y menos tener conciencia de lo que no se puede hacer. Y lo que hizo usted al pedirle dinero a la empresa del yerno de Pinochet quien, entre otras cosas, masacró al sector que usted dice representar es, sin lugar a dudas, la profanación de esos recuerdos que aún rondan por las cabezas de quienes intentan rearmar sus vidas; de quienes militan en su partido y perdieron más de un pariente de las manos de los aparatos represores de la dictadura. Es -y perdóneme si sueno muy tremendista- no haber entendido nada de lo sucedido.

No lo entiendo Fulvio. No sé por qué no concentraron mejor sus fuerzas en terminar con los vicios de la dictadura en vez de institucionalizarlos.

Tal vez usted me podrá argumentar que todos lo hacían y le creería. A lo mejor se pone un poco más defensor de la política y me pide que no caiga en el error neofascista de condenar a toda la clase política y estaría totalmente de acuerdo con usted. Yo no condeno a toda la política, sino que me pregunto cómo es posible que no se haya hecho nada por fortalecer el ejercicio político, con tal de impedir que el dinero se sentara sobre él. O mejor dicho, intento preguntármelo porque ya sé la respuesta: perdimos la batalla de las ideas.

Pero ahí es donde surge interrogante: ¿por qué la perdimos? Algunos podrán decirme que se debe a la implementación del sistema pinochetista en curso y volveré a asentir con la cabeza, porque es cierto. Pero no es menos cierto que el haber perdido esta lucha de ideas tiene que ver también porque no hubo muchas ganas de defender ciertas concepciones. Algunos ya se habían cansado de ser lo que fueron y pusieron al Partido Socialista como un lindo y nostálgico caparazón que cubría lo que querían ser ahora. Los afiches con los rostros de Allende y de Clodomiro Almeyda, entre otros ilustres personeros de la colectividad, sirvieron de cobertores de los miles de acuerdos. De los apretones de mano, las llamadas por teléfono y hasta los mails que intercambiaban con los grandes empresarios.

Y lo que hizo usted al pedirle dinero a la empresa del yerno de Pinochet quien, entre otras cosas, masacró al sector que usted dice representar es, sin lugar a dudas, la profanación de esos recuerdos.

No lo entiendo Fulvio. No sé por qué no concentraron mejor sus fuerzas en terminar con los vicios de la dictadura en vez de institucionalizarlos. No sé por qué nos hicieron votar durante 25 años con las eternas esperanzas de que terminaría algo que, en el fondo, ustedes no querían que se acabara. Confieso que por mucho tiempo fui defensor de algunos aspectos de la transición y hasta les entendí sus miedos, pero con el tiempo me he dado cuenta de que ese terror duró sólo algunos años y que aunque ustedes siguen creyendo que sienten pavor al pinochetismo que expelen muchos símbolos de nuestra democracia, lo cierto es que se acostumbraron a saborear el gustito de ser perdedores frente a la hegemonía cultural de la derecha. Les pareció más fácil y les dio bastantes réditos.

Con esto no quiero manchar a toda la otrora Concertación, sino a quienes prefirieron construir un nuevo Chile olvidándose del pasado. A quienes, como usted, se sirvieron de la épica del NO para cambiarse soterradamente a ser militantes del SÍ. Porque lo cierto es que el SÍ ganó y lo hizo de la mejor manera que podría hacerlo: dejándole el rol de ganadores a quienes realmente habían perdido y así ellos tuvieran que dar explicaciones a la historia. Esa historia con la que usted tiene un tema pendiente que resolver. Esa historia de la que tan respetuosos fueron quienes lo antecedieron a usted siendo militantes en el gran partido que fue el Socialista durante la creación de la izquierda en Chile.

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