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Fernando Villegas: La defensa de la rebeldía reaccionaria

La noche del domingo, Carmen Gloria Quintana fue invitada a Tolerancia Cero. Una de las personas quemadas vivas por un grupo de militares en 1986, en el marco de una protesta en contra de Pinochet, habló de la justicia, de las proyecciones de Chile hacia el futuro y de lo importante que es educar a la sociedad con respecto a los derechos humanos. Sí, luego de 25 años de terminada la dictadura, aún tenemos que hablar de esos temas. Porque lo cierto estos temas que nunca terminan y siempre deben salir a la mesa para recordar la importancia del respeto hacia el otro.

Fernando Villegas, en la mesa, con sus suspiros habituales y su ceño premeditadamente fruncido, le dijo a Quintana, de una manera no muy sutil, que era una ilusa. Nunca obtendría justicia, porque las instituciones como el Ejército -y la Iglesia, agregó- nunca reconocerían sus atrocidades y no había nada más que hacer al respecto. Total ellos tienen el poder y, en países como Chile, el ejercicio de éste parece más importante que lo justo. Que lo democrático. Que lo respetuoso de las personas.

El mejor vocero de un sector que aún justifica que un trabajador como Nelson Quichillao, haya sido asesinado por Carabineros en una protesta porque “confunde las demandas sociales con el desorden”.

El escritorcillo de textos vendidos entre quienes no leen y sólo juzgan, trató de hacer crecer su personaje, ese que sustenta su rebeldía en mantener todo tal cual está. Trató de decirle a esa mujer que por años ha ido buscando justicia, que la estructura institucional de Chile y sus vicios, no son modificables. Son perpetuos y en el fondo -y a pesar de que la demostración empírica de la violencia con que se ha tratado de perpetuar está tatuada en su rostro quemado – está bien que así sea. Total la historia sirve solamente para leer sobre los griegos y no para buscar repararla y cambiarla. La historia, según Villegas, no puede cambiarse porque está construida por quienes a él le dan seguridad. Por quienes a él le dan trabajo y leen sus columnas reaccionarias con chispeantes destellos de frases rebeldes que no son tales y que solamente sirven para que el desayuno sea más agradable a quien lee el periódico para encontrar respuestas fáciles a lo que sucede y a lo que se tiene que hacer.

Don Fernando fue irreverente en los ’90 porque alzaba la voz entre una ciudadanía dormida. Porque refunfuñaba entre personas que daban por cerrados nuestros problemas de la mano de la economía desregulada y el ocultamiento de los responsables de las atrocidades cometidas en dictadura. Él, al contrario, hablaba. No decía mucho, pero al igual que Bonvallet fue aplaudido por mostrarse como algo distinto a la uniformidad noventera, cuando lo cierto es que era lo mismo. Era el sustento ideológico de esa uniformidad.

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Villegas es el que cree que hoy estamos en crisis porque pensamos todos al mismo tiempo. Porque nuestra politización lo ha relegado al lugar al que merece estar y es el de los reaccionarios y los que se agarraron del poder para poder mostrarse irrespetuosos, cuando lo cierto es que es el mejor empleado. El mejor vocero de un sector que aún justifica que un trabajador como Nelson Quichillao, haya sido asesinado por Carabineros en una protesta porque “confunde las demandas sociales con el desorden”. Porque cree que el problema no está en la eternización de las inequitativas estructuras, sino en quien intenta cambiarlas. En quien tiene un discurso que se hace preguntas de verdad y no en quien juega a preguntarse cosas. En quien no es capaz de mirar al lado y ver que hay otro y ese otro está sufriendo.

A Villegas lo único que le interesa es defender lo suyo. Su personaje y su individualidad. Y no es sólo él, sino muchos chilenos que no saben que son los mejores inventos de un cuento que les contaron.

Los Fernando Villegas de Chile -porque hay bastantes por estos lugares- encuentran más grave y exigen urgencia cuando uno que otro atentado se conoce -y se agranda- en los medios entre medio de las movilizaciones. Encuentra más peligrosos a los pocos afiebrados -que algunos ciertamente lo son- que hacen desmanes, que a un Estado completo que, en vez de garantizar mínimas garantías de convivencia, se transforma en parte activa de un combate desigual y que muchas veces este mismo inicia. Ve con malos ojos a personas que salen a las calles, porque le asustan que éstas sean utilizadas. Les aterroriza que una democracia sea profundizada y sea capaz de entender sus falencias. A las personas que Villegas representa los cambios le parecen radicales y no necesarios, cuando tal vez lo único radical es que aún no se puedan ni si quiera cambiar pequeños ápices sin que un sistema salga con fuerza a defenderse a punta de invenciones, de creaciones de realidad y de la construcción del miedo.

A Villegas lo único que le interesa es defender lo suyo. Su personaje y su individualidad. Y no es sólo él, sino muchos chilenos que no saben que son los mejores inventos de un cuento que les contaron y en el que se sintieron identificados: que es que lo estático siempre es mejor que el cambio. Que el orden siempre es más beneficioso que la movilización, sin importar el costo.

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