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¿Acaso un oráculo?

¿Hasta cuándo le creemos al Centro de Estudios Públicos (CEP)?

¿Qué será lo que nos hará adorar todo contenido que venga del CEP como si fuera la verdad revelada? ¿Qué hace que luego de enterarnos de algunas preguntas mal hechas y muchas veces tendenciosas sigamos corriendo a los brazos del mayor difusor ideológico de la derecha? Hay muchas versiones al respecto. Algunos dicen que se debe a la exactitud y seriedad de su trabajo. Otros a que, en el fondo, todos queremos pertenecer a esos círculos de poder y, por lo mismo, aunque apuntemos con el dedo a muchos de los que forman parte de esa institución, igual siempre nos hace bien tener en el currículum una que otra invitación a una conferencia en el lugar.

Es curioso lo que pasa. Hay un cierto miedo a hablar fuerte en contra del CEP. Pareciera aún que una vez que uno lo hace, habla en contra de una verdad, de una cierta objetividad que bañó nuestra democracia desde un comienzo. Por más que haya accionistas que estén involucrados en graves problemas de colusión y de prácticas antidemocráticas y que sepamos que la mayoría de quienes forman parte de su directorio tiene una marcada raíz ideológica, lo cierto es que nosotros callamos. Preferimos mirar hacia el lado y hasta hacer oídos sordos, sobre todo si es que en algún momento ellos llegan a hablar bien de nosotros y aplaudir nuestra moderación y nuestro “sentido de Estado”.

El CEP es un partido político, pero no cualquiera, sino uno que no dice serlo y que dice muchas veces no tener carácter ideológico, sino técnico. ¿Hay acaso algo más ideológico que el tecnicismo?

Para Ricardo Lagos, de hecho, era un orgullo ser citado por este grupo de expertos y garantes de la democracia. Era como si fuera a rendir un examen, como si su condición de demócrata fuera ratificada por ellos una vez bien observado de lejos y de cerca, y de arriba hacia abajo. Cuando se daban cuenta de que ya no había tanto socialismo circulando por sus venas, los monjes de la verdad hegemónica descansaban y lo dejaban gobernar. A tal punto que hasta le hicieron algunas asesorías en los casos de corrupción aparecidos en su gobierno, para así poder sentirse grandes salvadores de la “estabilidad”.

Con Bachelet la cosa no es muy diferente. La Presidenta, independiente de su discurso inicial de campaña, corrió a ser aconsejada por los distinguidos hombres de traje y corbata. El gabinete fue enterito y raudo a sacarse fotos con estos hombres ya que, como bien saben, si es que no lo hacen más difícil se les hará gobernar. Total el CEP es un partido político, pero no cualquiera, sino uno que no dice serlo y que dice muchas veces no tener carácter ideológico, sino técnico. ¿Hay acaso algo más ideológico que el tecnicismo?

¿Qué hace que luego de enterarnos de algunas preguntas mal hechas y muchas veces tendenciosas sigamos corriendo a los brazos del mayor difusor ideológico de la derecha?

Pero bueno, los políticos mencionados son ya gente mayor que puede lidiar con sus propios fantasmas de la manera que quiera. El problema, creo yo, es cuando personas como Giorgio Jackson aparecen liderando el favoritismo en la encuesta “oráculo” de la derecha chilena. Es una buena manera de ir fijando el ojo en quien tal vez podría ser más rescatable dentro de lo que se podría querer que fuera la izquierda hacia el futuro. Es decir, los buenos modales de Jackson y su lenguaje moderado al momento de sentarse frente a las cámaras, es algo que a los señores del Centro de Estudios Públicos les puede parecer más amigable que un Boric de camisetas rockeras y lenguaje muchas veces fuerte. Por lo mismo parece no molestarles verlo instalado como una posible opción presidencial en los próximos años debido a su corta edad, porque o sino claramente habrían hecho algo al respecto.

Ahora, lo importante es que Giorgio se tome estas mediciones como lo que son y que sobre todo entienda del lugar del que vienen y por lo mismo las consecuencias que pueden tener a futuro tomarlas muy en serio. Porque una de las grandes pruebas que deben pasar los nuevos políticos es precisamente no conversar de la misma manera que lo hicieron los viejos con los poderes fácticos. Es la única forma de desprenderse de los añejos acuerdos y de todo lo que traen consigo hasta el día de hoy, con tal de lograr finalmente una profundización democrática. Con tal de entender que la democracia consiste en el constante intercambio de ideas y no un lugar silenciado por quienes dicen tener en su poder el relato de lo verdadero, cosa que sucede con el CEP.

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