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Impactante testimonio: “Me hice amiga de simpatizantes ISIS en redes sociales”

Escrito por MQLTV

    A pesar de que la ideología de Estado Islámico está casi en guerra con Occidente, el grupo hace un incesante esfuerzo en reclutar personas de este lado del mundo, ansiosos por aprovecharse de ellos con motivos propagandísticos. Se estima que en enero pasado, al menos cien estadounidenses viajaron a Siria e Irak para unirse a los yihadistas.

    El alcance que tiene el esfuerzo de EI por reclutar gente se ha multiplicado gracias a una enorme estructura de operadores en las redes sociales; el grupo terrorista opera las 24 horas. Te presentamos a Alex, una chica del área rural del estado de Washington, Estados Unidos, que por curiosidad quiso saber más de este grupo, y se acercó peligrosamente a sus ideales.

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    Alex no podía más de entusiasmo el día que anunció en su cuenta de Twitter que se había convertido al Islam. En los últimos meses, esta profesora básica y niñera de 23 años se había hecho muy cercana a un nuevo grupo de amigos por Internet, quienes le enseñaron lo que implicaba ser musulmán. Poco a poco le contaron sobre Estado Islámico (EI) y de cómo construían una patria en Siria e Irak, donde solo vivirían de acuerdo a la ley de su dios.

    “Sentía que traicionaba a Dios y al cristianismo”, se lamenta. “Pero también me sentía entusiasmada: había hecho un montón de amigos nuevos”.  El círculo de Alex, que incluía docenas de cuentas (algunas operadas por personas que se identificaban como miembros de EI o que se creía que estaban vinculados de forma directa) pasó, en conjunto, miles de horas convenciéndola durante más de 6 meses.

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    Para llegar a la casa de Alex desde el pueblo más cercano, se debe atravesar un campo lleno de casas rodantes y conducir poco más de un kilómetro entre campos trigo y alfalfa. “A mis abuelos les gusta vivir en medio de la nada; yo prefiero vivir en comunidad”, comenta con nostalgia. Ha vivido casi siempre con ellos, porque su madre perdió su custodia cuando ella tenía 11 meses de vida. Luchaba contra la adicción a las drogas, provocando síndrome de alcoholismo fetal en Alex, quien sufre de temblores en sus manos y una disminución en su madurez y criterio.

    Tras salirse de la universidad el año pasado, ganaba 300 dólares al mes como niñera dos veces a la semana, y hacía clases los domingos en la escuela de su iglesia. En casa, pasaba horas viendo películas en Netflix y se dedicaba a actualizar sus redes sociales. Su abuela de 68 años, que ha criado ocho niños y nietos en su modesto hogar, se lamenta: “Los demás abrieron sus alas y volaron. Ella es como una niña perdida”.

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    El 19 de agosto, el teléfono de la chica vibró. Era una notificación de CNN: James Foley, un periodista del que nunca había oído hablar, había muerto decapitado por EI, un grupo del que no sabía nada. La cruda imagen del joven arrodillado ante la muerte no la abandonó. Presa de la curiosidad, ingresó a Twitter para ver si averiguaba más. “Buscaba a gente que estuviera de acuerdo con EI, para entender por qué lo hacían”, explica. “Fue muy fácil dar con ellos”. Se sorprendió por lo abiertos que se mostraron para responder sus inquietudes.

    Uno de los primeros contactos que hizo fue con un hombre que aseguraba ser un luchador del EI llamado Monzer Hamad, y que se encontraba cerca de Damasco, la capital siria. Hablaban horas y horas cada día, y sus conversaciones estaban llenas de emoticones.

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    Lo que pasó después se asemeja a las recomendaciones de un manual de Al Qaeda en Irak, el grupo que derivó en el Estado Islámico, que se titulaba “Curso en el Arte del Reclutamiento”. Éste aconseja pasar el mayor tiempo posible con los reclutados. Con el fin de estrechar los lazos, el reclutador debe “escuchar con atención en las conversaciones y estar ahí en sus alegrías y penas”.

    Tras ese primer paso, el reclutador debe enfocarse en inculcar las bases del Islam y asegurarse de no mencionar a los yihadistas. “Comienza por enseñar los rituales religiosos y concéntrate en ellos” versa el manual. Hamad le pidió a Alex descargar la aplicación “Islamic Hub”, que envía un hadiz diario, es decir, un relato del profeta Mahoma. Por fin, Alex sintió que tenía algo que hacer. “Pasaba mucho tiempo sola, y ellos siempre estaban conectados”, aclaró.

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    A veces se cuestionaba el tema, por ejemplo, con las decapitaciones hechas por los yihadistas. Ya tenía dudas sobre la forma en que se trataba el tema de Estado Islámico en los medios, donde se los muestra como asesinos brutales. “Sabía que no era verdad lo que decían de ellos”, asegura.

    Sus discusiones por Skype habían llegado, incluso, a un punto en común con Hamad, quien sabía bastante de la Biblia. Más tarde, en octubre, Hamad le pidió releerla y explicarle cómo Cristo se describe a sí mismo. La guió a leer versículos como Juan 12:44 (“Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió”). Le explicó que Cristo era un hombre que merecía veneración como profeta, pero no como dios. Esta aclaración desmoralizó a Alex, que había elegido una cita del propio Jesús para su anuario del colegio.

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    La siguiente vez que fue a misa, Alex no pudo soportar la eucaristía. “Lo que no comprendes es que no te estoy diciendo que abandones el cristianismo”, le escribió Hamad cuando ella le transmitió lo que había hecho. “El Islam es el cristianismo corregido”. Dos días después, Alex escribió: “Puedo estar de acuerdo en que Mahoma y Jesús son profetas, no dioses”. Él le respondió: “Entonces, ¿qué esperas para convertirte al Islam?”

    En la última semana de octubre, Alex estaba en contacto con más de una docena de personas que admiraban al Estado Islámico. Su vida, que hasta el momento no era más que una serie de recuerdos borrosos de cuidar niños y fines de semana yendo al mall, ahora estaba llena de motivaciones y tutoriales de sus amigos electrónicos.

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    Una de sus “hermanas” musulmanas le envió una giftcard de 200 dólares para gastar en IslamicBookstore.com. Ella y otras personas escogieron libros para Alex y se los enviaron a su casa, entre los que incluyeron el Corán en inglés y una guía básica de estudio.

    Entre quienes llegaron cuando Hamad se fue estaba un tuitero llamado Voyager (viajero), cuya foto de perfil mostraba caballos blancos galopando entre olas. En noviembre, le pidió su e-mail y le dijo que su nombre era Faisal Mostafa, y que vivía cerca de Manchester, Inglaterra. Pronto comenzaron a chatear. Hablaban hasta 7 horas seguidas. Cada día él preparaba una lección: comenzaba con los fundamentos de los rezos. Incluyeron ritos como el wudu, o el lavado de algunas partes del cuerpo previo a cada una de las plegarias diarias.

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    Le preguntó a Faisal qué hacía falta para convertirse. Él le explicó que todo lo que debía hacer era decir la frase “No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”, con convicción y fe, en presencia de dos musulmanes. Esto representaba un obstáculo para Alex, que no conocía a ninguno en persona. Faisal le sugirió publicar su declaración en Twitter, y las primeras dos personas que lo leyeran serían sus testigos.

    La noche del 28 de diciembre, mientras su familia veía televisión, Alex cerró la puerta de su habitación. Se sentó en la cama, y un crucifijo estaba en la pared; sintió ganas de vomitar. Pasadas las 9, entró a Twitter. Faisal reconoció su declaración de inmediato; lo mismo otro amigo electrónico, que se hacía llamar Hallie Sheikh. En cosa de horas, Alex había duplicado sus seguidores. Antes de dormir, tuiteó: “Ahora tengo hermanos y hermanas. Estoy llorando”.

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    Meses después, el Twitter de Hallie Sheikh atrajo la atención pública, porque había interactuado con Elton Simpson, quien abrió fuego en Texas, en el contexto de un concurso de dibujo del profeta Mahoma. Dedicó el ataque al Estado Islámico.

    A partir de enero comenzaron a llegar encomiendas a la casa de Alex. Eran de Faisal. En su interior había hijabs (pañuelos típicos), un tapete para rezar y libros que versaban sobre interpretaciones más estrictas del Islam. Alex estaba entusiasmada por el envío, pero algunas lecciones le parecían extrañas y tontas, como la prohibición de usar esmalte de uñas porque impide el paso del agua en los dedos cuando se hace el rito del wudu.

    El aislamiento es intencional. “Buscamos a quienes se sienten aislados. Si no lo están, entonces nosotros los hacemos sentir así”.

    A fines de enero, su vida estaba partida en dos, ya que obedecía a la advertencia de Faisal de mantener un perfil bajo. Dejaba su hijab en el asiento trasero de su camioneta, y se lo ponía cuando salía de su casa. Los domingos de misa eran los más difíciles. Seguía preparando sus lecciones para la escuela, y hacía lo posible por sonar convincente. Apoyaba la cabeza en los bancos de la iglesia, pero en su corazón, rezaba otras oraciones.

    Cuando la abuela de Alex comenzaba a sospechar de las encomiendas trasatlánticas, Faisal la envió a casa de su prima. Sin embargo, Alex sentía la angustia de mentir todo el tiempo: a medida que crecía su secreto, más lo hacía su sentido del aislamiento. Shaikh, que pasó años reclutando gente para grupos extremistas, explica que el aislamiento es intencional. “Buscamos a quienes se sienten aislados. Si no lo están, entonces nosotros los hacemos sentir así”.

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    En sus conversaciones con Faisal, él enfatizaba que es un pecado para los musulmanes vivir entre los no-creyentes. Insistía en que viajara a “una tierra musulmana”. Nunca mencionó Siria, pero según Alex, a ese lugar se refería. El 19 de febrero, Faisal le pidió que se juntaran en Austria para presentarle a su futuro marido (“un hombre feo y calvo de 45 años, pero un buen musulmán” en palabras de él), pero que necesitaba que la acompañara su mahram, es decir, un pariente hombre. Alex preguntó si su hermano de 11 años contaba, y Faisal lo consideró aceptable.

    “Cuando tu hermano esté listo, vengan en vacaciones. Yo les compro los pasajes a Austria. No son tan caros”, posteó Faisal el 21 de febrero. Fue en ese momento que Alex sospechó que Faisal hablaba con otras mujeres, cosa que él reconoció, pero le restó importancia. Recién ahí fue cuando Alex decidió googlearlo.

    “Tienes mi palabra y la de mis amigos que NUNCA intentaríamos que Alex dañe a otros”. Faisal prometió no volver a contactarla.

    Luego de revisar páginas y páginas de resultados, averiguó que un hombre llamado Faisal Mostafa tenía su propia organización benéfica, cuya dirección coincidía con la que aparecía en las encomiendas que recibió. Él venía de Bangladesh, tenía cincuenta y tantos años, estaba casado y tenía hijos. Entre 1995 y 2009 fue detenido tres veces por posesión de armas y por la sospecha de que planeaba atentados terroristas.

    Una mañana de marzo, la abuela de Alex decidió confrontar al hombre que, en su opinión, quería reclutarla para ser parte de Estado Islámico. La familia se reunió en el living e intentaron comunicarse con Faisal; se conectaron a Skype y la abuela se identificó. “Ella es muy importante para nosotros. ¿Crees que la habríamos dejado irse en las circunstancias que tú querías? La hemos criado 24 años para ser una buena cristiana, no para que alguien le lave el cerebro”. En ese momento, Faisal decidió responder.

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    “Sé que puedes creer que somos musulmanes radicales, pero por favor, no le creas tanto a Fox News. No estamos de acuerdo con el terrorismo, tienes mi palabra y la de mis amigos que NUNCA intentaríamos que Alex dañe a otros”. Faisal prometió no volver a contactarla. Alex le dio sus contraseñas a su abuela, quien las cambió para que no las pudiera volver a usar.

    Luego de la interrupción de las interacciones de Alex y Faisal, ella y sus abuelos se fueron de vacaciones, pero lo extrañaba mucho. A pesar de que no podía confiar en él, quería volver a hablarle. Aprovechando un momento de distracción, Alex se conectó a Skype y lo hizo. “Le dije que no me comunicaría contigo, pero mentí”, escribió Faisal.

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