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"El otro" en Francia

Ser inmigrante en la amnesia europea

Escrito por Yasna Mussa

*Desde París

Tomar la decisión de dejar tu país nunca es fácil. Aunque sobren los motivos ­-estudios, amor, trabajo­- cada paso te situará en ese lugar diferente: el del extranjero. Un inmigrante es siempre un extraño, un distinto, cercano a lo exótico. Nunca había reflexionado tanto acerca de mi situación de inmigrante como en los últimos meses, cuando la crisis migratoria comenzó a colmar los titulares.

Hace casi cuatro años hice maletas para instalarme en París, Francia. Llegué hasta aquí sin dominar el francés, pero con muchas ganas de vivir fuera de Chile, en otra cultura, con otro idioma y otras ideas. Aunque mi partida fue voluntaria, no hay día en que no me sienta extranjera. No pasa un solo día en que la burocracia francesa no me demande tiempo, energías y voluntad. Tampoco uno en que no encuentre una cara poco amable por mi marcado acento castellano o por conjugar mal un verbo. Pero yo soy una inmigrante afortunada: tengo residencia, tengo un trabajo, tengo amigos, tengo un piso y tengo un medio de transporte. Puedo volver a Chile cuando quiera. Puedo instalarme en otro país si así lo deseo. El recorrido no ha sido fácil. Nunca lo es para alguien que se instala en Europa sin una beca o sin una ayuda económica mensual. Pero incluso para quienes tienen esa ayuda debe haber una voluntad cotidiana para adaptarse y asimilar los cambios.

La política europea: siempre tan interesada en intervenir en la política interna de otros países, pero siempre tan indiferente a la hora de acoger a sus víctimas.

En París conviven tantas culturas como idiomas. Mis vecinos tienen más de ocho orígenes distintos y la riqueza de esa multiculturalidad se percibe en cada rincón de la ciudad. Pero hay viajeros que no son bienvenidos.

A 20 metros de la puerta de mi edificio hay unas cuantas carpas. Hoy, un día después de comenzado el verano, las nubes negras colman el cielo de París y no para de llover. Abajo de un toldo improvisado, 15 hombres se reúnen para juntar calor y esperar el atardecer. Hace pocos días comenzaron el mes de ramadán y sólo pueden romper el ayuno antes o después del sol. Ellos, inmigrantes al igual que yo, no han tenido alternativa. Salir de sus países no era una opción, era una manera de sobrevivir. Cada vez que parten, lo hacen con una pequeña bolsa con dos o tres prendas. Cada vez que parten, no saben en qué lugar de la ciudad se instalarán para pasar la noche y levantar ahí un precario campamento que algunos voluntarios franceses ayudan a mantener.

inmigrantes francia

Estar aquí ya les parece haber ganado una pequeña batalla. Han cruzado carreteras eternas en África, sintiendo que cada parada es una posta que les permite ir a la próxima meta. Han cruzado un océano en donde otros como ellos no tuvieron la misma fortuna y quedaron olvidados en un cementerio acuático que en la prensa sólo se explicó en números. Esos cuerpos tuvieron antes una vida, familias y, sobre todo, muchas razones que los obligaron a salir con lo puesto para arriesgarse en barcazas ilegales que no resistieron el peso. De lo que tampoco se habla es de la responsabilidad política que tiene occidente en estos países en crisis internas donde se desarrollan genocidios y tiranías. Se invisibilidad las razones de la huida y a sus víctimas.

El pasado abril, cuando ocurrió el naufragio en el Mediterráneo que se cobró 800 vidas, leí en el Twitter de un periodista que decía: “La guerra no es solo donde caen los muertos, también es hacia donde corren los vivos. Y en esa huida a veces llegan hasta el Mediterráneo”. Nada más certero que esa observación expresada en 140 caracteres.

“Si África hubiera quedado próspera, desarrollada, pues podríamos tener la seguridad de que a los africanos les gustaría vivir en su continente”, decía Saramago.

En un continente donde 28 países han decidido unirse con una moneda única, echar abajo las fronteras y crear un parlamento común, resulta chocante ver cómo el gobierno francés ha decidido bloquear su frontera en la ciudad italiana de Ventimiglia donde miles de inmigrantes africanos esperan cruzar. En esa localidad se confunde el lujo de los yates con rostros cansados que ruegan asilo. En ese rincón se contradice la política europea, siempre tan interesada en intervenir en la política interna de otros países, pero siempre tan indiferente a la hora de acoger a sus víctimas. El intervencionismo es útil hasta que golpea tu puerta por un poco de techo y comida.

El periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski explica en su libro ‘Encuentro con el Otro’ que El Otro “puede ser visto como enemigo y a la vez como cliente. Son las circunstancias, la situación y el contexto los que deciden si en un determinado momento vemos en una persona al contrincante o al amigo“. El Estado francés no tiene problema en acoger a inmigrantes cuando éstos son multimillonarios capaces de invertir, comprar propiedades e incluso un club de fútbol, como es el caso del Paris Saint Germain, cuyo principal accionario es un qatarí.

Ellos, inmigrantes al igual que yo, no han tenido alternativa. Salir de sus países no era una opción, era una manera de sobrevivir.

Cuando los inmigrantes son pobres, la acogida es muy distinta. El viernes pasado la policía parisina volvió a expulsar de manera violenta a los refugiados, en su mayoría provenientes de Sudán, Eritrea y Somalia. Como en una operación de máxima seguridad, llegaron en una caravana más de 30 camiones policiales a “despejar la zona”. Los inmigrantes corrieron a refugiarse en un gimnasio público ubicado en el distrito 19 de París. Con ellos, decenas de voluntarios avanzaban para resguardar la entrada del recinto. La policía cerró todo el área e instaló a cientos de efectivos armados y escudados frente a la puerta. Mientras se enfrentaban, entre golpes y empujones, una cadena humana lograba pasar comida, colchonetas y abrigo hacia el interior. Había mucho de simbólico en esa imagen en que dos extremos de la sociedad francesa se enfrentaban entre sí. Era lo horrible y lo hermoso al mismo tiempo. Era la solidaridad y el desprecio en el mismo escenario.

francia inmigrantes

Las olas migratorias han existido desde los primeros tiempos y seguirán existiendo hasta los últimos. La gente migra en busca de nuevas cosechas, de otros climas o huyendo de la guerra, de las pestes, de los huracanes. América Latina ha recibido a europeos también deseosos de nuevas oportunidades. Víctimas de guerras mundiales o crisis económicas, miles de españoles, italianos, franceses, alemanes e ingleses se instalaron en el Nuevo Mundo. Sin duda, a ellos también les costó adaptarse en un nuevo continente tan distante como distinto. Pero sumarle a eso el peso del racismo, transforma por completo la experiencia.

El escritor portugués y premio Nobel de Literatura, José Saramago, explicaba el por qué de la migración africana. “A veces la historia parece querer ratificarse así misma. Durante siglos nosotros los europeos hemos ido a Africa para explotar, robar, saquear, y ahora es África que está subiendo en dirección a Europa. No para robar, no para saquear, no para explotar sino para trabajar. Si África hubiera quedado próspera, desarrollada, pues podríamos tener la seguridad de que a los africanos les gustaría vivir en su continente”, decía Saramago. Quizás es tiempo de refrescarles la memoria.

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