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El cura de los ricos

John O’Reilly, la gran evidencia de la ignorancia de nuestra elite

Debido a una decisión de la Subsecretaría del Interior, el sacerdote John O’Reilly deberá abandonar el país una vez que cumpla su condena de 4 años por abuso sexual. Muchos venían pidiendo una medida de esta envergadura hace tiempo y, al parecer, el gobierno cumplió con quienes abogaban por esto. Sin embargo, en esta ocasión creo que es pertinente centrarse en la figura de O’Reilly más que en el hecho en particular, ya que, según me parece, este personaje habla mucho de una elite de nuestro país.

Si uno hace un poco de historia, en el Chile de los  ’70 y los ’80, gran parte de la jerarquía de la Iglesia Católica se opuso a la dictadura y a las sostenidas violaciones a los Derechos Humanos. Algunos sacerdotes, que buscaban predicar el Evangelio ante católicos enfervorecidos con la figura de Pinochet y su actuar de gran capataz, eran considerados “curas rojos” por tratar de parar o hacer reflexionar sobre la masacre que estaba sucediendo. Muchos de estos curas fueron perseguidos por el régimen y estigmatizados por no hacerse parte de esta supuesta gesta histórica, que más bien parecía el juego sombrío de la destrucción de un país.

O’Reilly fue el santón de parte de la vieja oligarquía y de la gran mayoría de los nuevos ricos que quisieron escaparse de lo que pudieron ser.

No todos eran curas con esas convicciones democráticas. Al contrario, había bastante sacerdote de congregaciones -o sectas- que se acrecentaron bajo el alero de Juan Pablo II y que convirtieron a Chile en el gran refugio ideológico para quienes estaban en contra de la tarea de la Vicaría de la Solidaridad y todas esas instituciones que hicieron tanto por estas adoloridas tierras durante los años grises. Era una manera de alimentar la conciencia de clase de una elite que quería que los felicitaran y no los condenaran. Que los aplaudieran y que no tomaran sus actitudes como defensas ni encubrimientos soterrados.

O’Reilly, desde su llegada a Chile en 1984, era uno de esos curitas. Presidió el Colegio Cumbres y ayudó a formar esa conciencia de clase desprovista de autocrítica. Era el padrecito con acento extranjero que exculparía todos los ocultos pecados con tal de que reafirmara en su condición a quienes lo ven como un gran aliado, como un gran sostenedor de ciertos valores, pero también -y sobre todo- de un estrato social que se hacía más evidente cuando lo abrazaban y recibían de él la hostia. Esa hostia que no cualquiera podría recibir de sus manos cándidas y de santito ricachón.

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Personajes como el señalado nos dan cuenta de la ignorancia de quienes se regodean en el baile frívolo del querer parecer. De quienes quieren seguir siendo lo que son sin mirar atrás y de quienes quieren aspirar a ser algo por medio de las compras de ciertos símbolos. Porque O’Reilly era un símbolo. Era el ejemplo claro de que entre los embaucados también se encuentran los que creyeron ganarle a la vida. Sólo por tratar de agarrarse firme en sus pequeños fundos y en las alturas. Sólo para que les recuerden lo maravillosos que son, lo bien que lo hacen al acumular y acumular. Al entregar su peculiar idea del cristianismo en cómodas cuotas a quienes pueden pagarlo al contado.

Por lo tanto, independiente de los preocupantes casos en los que está involucrado el cura, tal vez sea necesario preguntarnos las misiones que realmente cumplen entre los adinerados de este país. Entre quienes se enriquecieron en dictadura y compraron un estatus por medio de santos que no lo eran y prédicas que nunca escucharon, porque estaban preocupados de lo que harían el lunes en la empresa.

Porque O’Reilly era un símbolo. Era el ejemplo claro de que entre los embaucados también se encuentran los que creyeron ganarle a la vida.

O’Reilly fue el santón de parte de la vieja oligarquía y de la gran mayoría de los nuevos ricos que quisieron escaparse de lo que pudieron ser. De quienes compraban redes sociales en los colegios en que chorreaban sanciones morales e infiernos ficticios a quien quisiera entrar en ese mundo fastuoso moral e inmoral al mismo tiempo. Rico en pertenencias, pero muchas veces pobre en perspectivas acerca de la vida y la historia. Esto porque creen que ésta les pertenece (o por lo menos son accionistas mayoritarios).

Este cura nos dejó al descubierto que el principal problema de nuestra elite es que gran parte de quienes la conforman, o buscan conformar desesperadamente, no piensan. Sólo actúan, se defienden, o sino se habrían dado cuenta del enorme elefante que estaba frente a ellos y que, sin embargo, ellos prefirieron dejar sentado. Sin moverse, con tal de que les siguiera bendiciendo sus caprichos de clase.

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