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Realismo con renuncia

Jorge Burgos y Genaro Arriagada: El discurso extremista de los gritones de centro

Tras el cónclave de la Nueva Mayoría, muchos dentro del oficialismo no saben qué pensar. Algunos hablan de la importancia de seguir con el programa-cosa que recalcó la Presidenta Bachelet en entrevista a La Tercera el fin de semana- aunque sobrepase los supuestos plazos mentales que muchos tenían al respecto. Otros, sin embargo, se escudan en la gradualidad para así hacernos saber que no están contentos con lo que se está proponiendo. Pero lo cierto es que aunque intenten ocultar su descontento total con las decisiones de Bachelet, se les nota a leguas de distancia.

En estos personajes me parece central fijarse. Es como un nuevo extremismo -o tal vez muy antiguo- que se manifiesta con tal de hacer prevalecer sus ideas, aunque se oculten tras el discurso democrático. Es cosa de mirar la cara del ministro Burgos, quien pareciera no saber por qué está en el gobierno y por qué lo manda una mujer con perspectivas tan diferentes del futuro de Chile, como le resulta la mandataria.

Genaro Arriagada apareció para revitalizar esa sección de El Mercurio en donde aparecen ex miembros del mundo concertacionistas para tirarse en contra de las reformas.

De hecho la semana pasada se escudó en el relato de la calma -que debe ser lo más poco calmado que hay hoy en día- para tratar de decir lo que quería por sobre la opinión de La Moneda. Es decir, trataba de gritar sus diferencias como lo hacen quienes sostuvieron el discurso oficial durante toda la transición: por medio del silencio. O por lo menos del murmullo desesperado. De ese que trata de no hacerse evidente, pero que cada vez sentimos con más fuerza. Ellos creen que la otrora gran carta para la permanencia de la Concertación en el poder se volvió loca. No puede ser que quiera seguir con todo esto cuando al parecer todos los signos indicaban que había que parar. Que no había que seguir ofuscando a los jefecitos, a los que ya estaban ya bastante molestos por tener que conversar con una mujer.

Incluso Genaro Arriagada apareció para revitalizar esa sección de El Mercurio en donde aparecen ex miembros del mundo concertacionistas para tirarse en contra de las reformas. Según él, todo estaba siendo conducido de manera espantosa, en lo que algunos podrán estar de acuerdo, pero sus gritos expuestos en la hoja dejaban ver algo más de fondo: que el problema no son las formas, sino que sigue siendo el fondo. No están haciendo lo que ellos harían. No están continuando con esa “estabilidad” que a ellos les parece tan de centro, pero que muchas veces parece estar a la ultraderecha de cualquier democracia civilizada y garante de derechos. Los gritones de centro están viendo cómo lo que construyeron no está dando el ancho y eso les aterra. No entienden que lo que pudo ser necesario en un contexto político y social hoy hay que revisarlo. Hay que repensarlo.

Es como un nuevo extremismo -o tal vez muy antiguo- que se manifiesta con tal de hacer prevalecer sus ideas, aunque se oculten tras el discurso democrático.

Tal vez la gran falla política de este gobierno, es precisamente no lograr instalar una discusión certera en un ambiente en el que el contrario no discute, sino que- ayudado por estos gritones, que también se encuentran dentro de La Moneda- habla desde lo que ellos dicen que es lo que se debe hacer, así sin dar el brazo a torcer. Porque si uno se detiene y piensa por sobre los titulares que ha ofrecido la prensa de derecha de este país sobre el supuesto caos y la intransigencia de la Nueva Mayoría, la verdad es que los intransigentes dentro de ésta son los que suscriben al discurso del empresariado. Los que tuvieron miedo de debatir en los ’90 y hoy siguen creyendo que una democracia consiste en hacer lo que los dueños de ésta indican. Porque eso son para ellos: los dueños y no un actor más. Y así se han comportado y los han hecho sentir.

En este clima donde el alharaqueo aparece desde varios lados, los moderados son tal vez los más obcecados. Y esto porque parecen ir en nombre de una verdad que se construye en salones de la elite. Que se moldea muchas veces en torno a lo que unos radicales establecieron como lo que debía ser la moderación. Por lo tanto, antes de mirar revoluciones donde no las hay, tal vez lo importante es que quienes enarbolan las banderas de la moderación se pregunten si es que su discurso está sustentado en la razón o en la construcción ideológica que llevó a cabo la única revolución sangrienta que tuvo este país y que fue la comandada por quienes tildan de dogmático al de la vereda contraria, cuando ven que se está poniendo en duda su fe.

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