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Conflicto Chile-Bolivia

La demanda en La Haya y el país que no queremos ser

Y una vez más nos encontramos en este escenario: un vecino que nos pone al día de que vivimos en un barrio en el que -admitámoslo- no queremos vivir. Somos los nuevos ricos que renegamos de lo que hicimos en un pasado. No nos gusta que nos recuerden que estuvimos en una pelea con Bolivia y Perú y ganamos. No nos gusta eso porque nos haría quedar mal ante los continentes a los que de verdad queremos pertenecer.

Por esto es que defendemos tratados y hablamos de ellos como si no fueran revisables, como si lo que alguna vez hicimos por la fuerza, hoy lo podremos resolver con terno y corbata, con el ceño fruncido, molestos porque nos intenten recordar el lugar en el que realmente vivimos. Esto es Chile: un conjunto de historias que nos contamos a diario y de sensaciones de hastío con la realidad que se nos instala ante nuestras narices. Aunque hablemos de integración latinoamericana, lo cierto es que lo hacemos de la boca para afuera (no somos capaces ni de integrar a los mapuches y vamos a integrar a otros pueblos), porque lo real es que a los grupos dirigentes eso no interesa mucho. Sirve bastante para una buena imagen, pero poco para la visión que queremos tener de nosotros mismos, que se aleja de la realidad, de la que uno ve al salir a la calle y cuando se encuentra con que el relato principal con el que vivimos no es más que una expectativa de eterna aspiración.

Pero hay un problema: sí, somos latinoamericanos. Sí, vivimos al lado de Bolivia, Argentina y Perú. Y sí, somos los peores vecinos que se puede tener.

Cuando nos encontramos frente a un país como Bolivia -independiente de las verdaderas razones que tenga para llevarnos a juicio-, nos volvemos a enfrentar a lo real, a lo concreto, a lo que se escapa de lo que esperamos ser o creer que somos. Y así salen a la luz una multiplicidad de actitudes, de miradas en menos y de maneras de enarbolar nuestra nueva cara y nuestra creencia de que -de un día para otro- nos convertimos en arios, en europeos y distantes, que es lo que nos pesa cuando nos sometemos a instancias como la de La Haya.

¿Y cómo lo afrontamos? Levantando un nacionalismo que duerme de vez en cuando, pero que se enciende relleno de frases, de palabras para el bronce y gesticulaciones obscenas con tal de mantener en nuestro poder un terreno que ni siquiera sabemos muy bien el lugar correcto en el que se encuentra. Corremos por defender algo que en un abrir y cerrar de ojos le entregamos a multinacionales que nos hacen ver mejor. Que se parecen más a lo que queremos ser, a lo que nos dicen que realmente somos. Por eso estrenamos nuestro recién aprendido inglés con los gerentes de esas empresas, para que se den cuenta de que somos parecidos a ellos, de que de verdad no entendemos por qué estamos viviendo en este país o mejor dicho por qué estas tierras se encuentran acá.

Corremos por defender algo que en un abrir y cerrar de ojos le entregamos a multinacionales que nos hacen ver mejor. Que se parecen más a lo que queremos ser, a lo que nos dicen que realmente somos.

Le tenemos miedo a ser latinoamericanos. Terror muchas veces. Nos baja el perfil y por eso todo lo que tenga que ver con decidir nuestros destinos y asambleas constituyentes y todo lo que suene a realmente democrático, lo vemos como feo, como negro, como latino. Como subdesarrollado.

Pero hay un problema: sí, somos latinoamericanos. Sí, vivimos al lado de Bolivia, Argentina y Perú. Y sí, somos los peores vecinos que se puede tener.

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