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¿Presidenciable?

La distractora figura de Leonardo Farkas

Uno de los resultados que llamó la atención de la última encuesta de la Universidad Diego Portales fue el hecho de que Leonardo Farkas apareciera nuevamente como una alternativa frente a la pregunta de “quién le gustaría que fuera Presidente”. Tal como hace unos años atrás, el empresario volvió a transitar por las mentes de algunos chilenos que ven en su obra y en su constante y benéfico derroche de plata una salvación frente a lo que sucede hoy en día con la política y el empresariado.

Y es que Farkas es claramente el rostro ideal para quienes creen que el mandatario de un país debe ser un superhéroe, una especie de mesías con una buena nueva, aunque no sepamos en qué consiste la del teñido magnate. Y tal vez esa es la principal virtud de su no discurso una vez que aparece como una opción presidencial en un país que muchas veces malentiende los cauces por los que debe ir un cambio a lo establecido en estos años. Ya que abrimos las puertas ante cualquier opción que suene distinto a lo político y a las ideas, siendo aunque la falta de éstas den cabida a que una ideología se establece disfrazada por sobre las demás.

Mientras disfrutamos ver cómo los billetes caen sobre la ciudad de las manos del generoso Leonardo, lo cierto es que la lógica de nuestra institucionalidad sigue siendo la misma

Porque seamos sinceros: Farkas es más que el tipo que cumplió el sueño americano. Es más que el millonario que pretende acariciar a un adolorido país con sus gruesos billetes. Leonardo es también una manera de concebir el Estado y el funcionamiento de éste sumamente ideologizada. Es una forma de contarnos que lo público es una serie de protocolos inservibles y que la política es una manera poco eficaz de solucionar los problemas. Y mientras él pueda soltar su dinero y encandilarnos con él, todo será mucho más fácil, lo cierto es que los proyectos país no sirven. No tienen cabida.

Tal vez sin quererlo, Leonardo Farkas ha puesto en escena lo que Lavín nos quiso decir en los ’90. Su manera de solucionar los problemas puntuales de personas con un milloncito por acá y otro por allá es una manera bastante inteligente para que no nos preguntemos cuál es el problema real que afecta a nuestra sociedad. Él sólo tira lucas. Sólo sonríe al son del ritmo que él mismo se da y al que deben adaptarse los que reciben su beneplácito.

Farkas es más que el tipo que cumplió el sueño americano. Es más que el millonario que pretende acariciar a un adolorido país con sus gruesos billetes. Leonardo es también una manera de concebir el Estado

El problema fundamental de su figura es que ha acostumbrado a cierta gente a creer que para gobernar Chile se necesita carecer de la política. Y esto lo hace ayudado de medios que poco investigan al empresariado y sitúan su ojo únicamente en la llamada clase política, como si la crisis moral de nuestro país pasara solamente por ellos. Como si Chile necesitara más Farkas y menos políticas públicas. Como si urgiera la necesidad de más magnates tirando billetes a diestra y siniestra y no una democracia en donde la distribución fuera más equitativa y las grandes empresas no sigan bailando por sobre nuestras necesidades de cambio como si no nos escucharan.

Es cierto, Farkas no es parte de esa elite clásica. No tiene los clásicos apellidos ni tampoco es aceptado en los salones en donde los Matte recién hace unos pocos años aceptaron que entraran los Luksic, pero lamentablemente la manera en que hace sus apariciones públicas se asemeja a esa visión que tienen dichas familias acerca del dinero y de su manera de tratarlo. Es decir: ver la contribución con el otro como caridad. Como un hecho aislado. Como una manera de sobresalir y así reafirmar una concepción de sociedad en la que el otro existe solamente cuando una cierta bondad aparece en las cabezas de quienes tienen poder. Es la mentalidad del chorreo. Farkas es el chorreo caminante, es la demostración empírica de que con este modelo incluso quienes vienen desde familias lejanas a la antigua y oligarquía se convierten también en castas. En nuevas elites, mientras el resto recibe las migajas de esa supuesta ascensión social.

Farkas es claramente el rostro ideal para quienes creen que el mandatario de un país debe ser un superhéroe, una especie de mesías con una buena nueva, aunque no sepamos en qué consiste la del teñido magnate.

Me parece que hay que tener cuidado con figuras como el mencionado personaje. No por él mismo, sino por lo que representa, por lo que alimenta su despolitizada figura en un país que necesita una política consistente. Que pide a gritos una democracia que tenga plena conciencia de lo que sucede y no se escabulla por medio del miedo a las ideas y el hastío hacia una visualización clara de lo que Chile debe ser hacia el futuro.

Hay muchos que dicen que el amor hacia Farkas tiene que ver con la desconfianza hacia las instituciones. Si es así, la lectura es bastante errada, según mi parecer. Porque mientras disfrutamos ver cómo los billetes caen sobre la ciudad de las manos del generoso Leonardo, lo cierto es que la lógica de nuestra institucionalidad sigue siendo la misma y ratifica su espíritu de la mano de este otrora hombre orquesta y su distractora figura.

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