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Discriminación laica

La falda de Sarah K. y el velo que cubre a Francia

Escrito por Yasna Mussa

*Desde París

Una falda negra, entallada, hasta los tobillos. Una prenda que se repite en las modelos que aparecen en la publicidad del metro o en las calles de París, capital de la moda. Las principales marcas femeninas promocionan la temporada primavera-verano con sus mejores apuestas precio-calidad.

Ahí está Sarah K., 15 años, delgada. Viste una de estas faldas, en negro, y la combina con un blazer rosa. No está posando en ninguna publicidad, sino que ha aparecido estos días en todos los periódicos franceses y ha sido tema de discusión en programas de televisión y radio por vestir una falda. Hasta los tobillos. Como en la publicidad.

Todo inmigrante es bienvenido, siempre que asimile el idioma, las costumbres y, por supuesto, la laicidad.

Pero Sarah K. es musulmana y la dirección de su colegio Leo-Lagrange, en Charleville Mèzières, norte de Francia, considera que no puede ingresar así a las aulas. “Una provocación”, han dicho. El 16 y el 25 de abril fue enviada de regreso a su casa porque las autoridades de su colegio consideraron que la vestimenta es un “signo religioso”, lo que infringiría la ley de 2004, que prohíbe llevar prendas o signos que pongan en evidencia la fe del alumno (desde la kipá judía y el crucifijo cristiano hasta el velo musulmán). La directora fue tajante y le dijo a los padres de Sarah que la joven “debe rectificar su manera de vestir si quiere seguir su escolaridad en el colegio”. La familia expresó su desacuerdo y aclaró que Sarah, cada mañana antes de entrar a la escuela, “se quita el velo islámico”, no entiendendo cómo una falda “que costó 2 euros” puede ser un problema. Su hija agrega que la prenda “no tiene nada de particular, es muy simple, nada ostentoso. No tiene nada religioso”.

crónica parís I

Esta discusión, que podría quedarse en una simple anécdota, vuelve a poner en el debate público la laicidad, lo religioso, la inmigración. Cuando han pasado casi cuatro meses desde los atentados al semanario satírico Charlie Hebdo, estos temas asoman como una problemática recurrente que eriza los pelos de quiénes dicen ser defensores de esa república laica que hace a Francia el país que es. O que dice ser. Uno en el que se es francés primero y en el que todo inmigrante es bienvenido, siempre que asimile el idioma, las costumbres y, por supuesto, la laicidad. Algunos panelistas en la TV nacional francesa hablaban de la amenaza real del fundamentalismo y de la gran cantidad de jóvenes que no sólo se convierten al Islam, sino que además se suman a la yihad en países como Siria o Afganistán.

Reconocer lo “multicultural” va de la mano con admitir la identidad, a veces religiosa, que define a ciertos sectores de la sociedad.

Luego de los sucesivos atentados que han afectado a Occidente desde el 11 de septiembre de 2001, el término fundamentalismo se ha instalado en el discurso de aquellos que dicen combatir en el lado de los buenos en la llamada “guerra contra el terrorismo”. Es curioso que al buscar la palabra “fundamentalismo” en la Real Academia Española, la primera definición que aparece lo define como “movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica mediante la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social”. Es curioso, primero, porque el fundamentalismo se conoció en el mundo por lo que aquí aparece como segunda definición: “creencia religiosa basada en una interpretación literal de la Biblia, surgida en Norteamérica, en coincidencia con la Primera Guerra Mundial”. Pero tras lo ocurrido en el colegio Leo-Lagrange, las autoridades francesas vuelven con lo que parece ser una de sus mayores obsesiones. Una obsesión transversal que va desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha y que insiste en separar la cultura de la religión, delegando la fe al ámbito privado y la laicidad en el público.

YOUNGS MUSLIMS HOLDING FRENCH FLAG  AND WEARING HEADSCARFS PROTEST IN THE STREETS OF LILLE

Si tomamos la tercera definición de la RAE, fundamentalismo es también “una exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”. ¿No es acaso esto a lo que el Estado quiere someter a Sarah K. por vestir como le parece?

Para Olivier Roy, académico francés especializados en estudios islámicos, se trata de una discusión que va más allá y pone en cuestión lo que se entiende por cultura e identidad. A partir de la discusión del velo islámico en escuelas, liceos y establecimientos públicos franceses, incluso la extrema izquierda se vio fragmentada entre aquellos que defendían el uso del velo en nombre del multiculturalismo y aquellos que lo rechazaban en nombre de la emancipación de la mujer y la laicidad. Roy afirma que el uso del velo ha sido interpretado por la opinión pública francesa como un acto comunitario; es decir, como si las chicas que usan el velo lo hiciesen bajo la imposición de su medio familiar o social, y en segundo lugar, en representación de una comunidad creyente que rechaza la integración. Algo que concuerda con la opinión de la dirección escolar que acusó a Sarah K. de proselitismo y de utilizar una vestimenta ostentosa para representar su religión.

En las discusiones que tengo con amigos franceses suelo preguntarles lo mismo: ¿en qué momento la defensa de la laicidad es una defensa de la libertad y no se convierte también en un fundamentalismo?

Sin embargo, Roy afirmaba en su conferencia titulada “El Islam en Europa: ¿una religión más o una cultura diferente?” que todos los estudios sobre las chicas que acudían con velo al liceo mostraban que, por el contrario, son chicas emancipadas, muy educadas, muy integradas, con un dominio perfecto del francés y siempre muy buenas alumnas. Para Roy, el verdadero escándalo está ahí.

La señora tradicional que lleva velo y que habla mal el francés, a nadie le importa. Mientras que la joven moderna, con estudios y francófona, pero que lleva un velo, genera un problema.

Lo que nadie se sienta a hablar en estos paneles de televisión es sobre la crisis de identidad que afecta a este país, donde la cultura se vive en los museos y en los grandes salones que son parte de la institución, pero donde se palpa el vacío cultural en las calles y cuesta identificar símbolos de “lo francés”, más allá del vino y el Camembert, como bien lo dijo Roy en su conferencia.

crónica parís IV

Francia se ha jactado siempre de su multiculturalismo y París, en particular, de ser una ciudad cosmopolita. Pero reconocer lo “multicultural” va de la mano con admitir la identidad, a veces religiosa, que define a ciertos sectores de la sociedad. Es en ese “nosotros” milenario y traspasado de generación en generación en el que se aferran las identidades que se niegan a rendirse ante la globalización. El intercambio, es además, inevitable. “La cultura no es nunca cuestión de propiedad, de tomar y prestar con garantías y avales, sino más bien de apropiaciones, experiencias comunes e interdependencias de toda clase entre diferentes culturas“, afirmaba el intelectual palestino Edward Said.

En las discusiones que tengo con amigos franceses suelo preguntarles lo mismo: ¿en qué momento la defensa de la laicidad es una defensa de la libertad y no se convierte también en un fundamentalismo? ¿No es una imposición que atenta contra la identidad? ¿No es una intromisión violenta del Estado ante tu decisión de cómo vestir? Y la pregunta se expande más allá del caso de Sarah K., pues el discurso está tan aprehendido que nadie querrá tocar palabras tan sensibles como la libertad, sin darse cuenta que el velo que aún los cubre, en la mayoría de los casos, es el del poscolonialismo. A veces “progre”, a veces “reaccionario”, pero siempre incapaz de imaginar maneras de vivir, de vestir y de creer diferentes a lo que que dicta el eurocentrismo.

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