• Videos
  • En Vivo

MQLTV.COM

En vivo

Iván "El Loco" Rojas

La mujer metralleta (historia de una fotografía)

Escrito por Leo Marcazzolo

Hay algo triste en esta imagen: algo que termina mal. Se conjugan varias cosas: un reportero gráfico, una foto y la casualidad concreta que el 17 de mayo de 1990 llevó a esa foto. Al reportero gráfico le decían el Loco Iván, Iván Rojas, y su fotografía -la imagen de la mujer con metralleta que vemos aquí- se transformó, por lejos, en la portada más importante -que hasta hoy existe- en el periodismo policial chileno. Pero no es solo eso lo que hace increíble esta historia, lo que la hace realmente increíble es que, pese a su logro, ese reportero gráfico no solo nunca recibió el rédito merecido, sino además, decidió perderse.

Pero antes de eso, digamos antes de que comencemos a relatar su pérdida, en una playa desierta de la zona central chilena, sucedió la foto. La foto, como antes dije, se remonta a 25 años, a una mañana improbable de mayo, a tan solo tres meses de instaurada la democracia en Chile. Una democracia en “la medida de lo posible”, donde Augusto Pinochet Ugarte aún seguía liderando el Ejército, obligándonos a vivir bajo el terror tácito de que cualquier “hecho de corte subversivo o violento” podía transformarse en la mejor excusa para volver. Bueno, esa mañana, sin siquiera buscarla, nuestro reportero gráfico en cuestión se topó cara a cara con la mejor excusa: con un asalto al banco a mano armada perpetrado, nada más ni nada menos, que por “los elementos subversivos -según el Ejército- de una de las células terroristas más peligrosas del país”: el MAPU-Lautaro, caratulado por el propio Pinochet como “amenaza”. “Cuando nos topamos con ellos dijimos, va a quedar la cagá. Los identificamos de inmediato como subversivos por el modus operandis y el tipo de armas que ocupaban”, cuenta Ariel Morales (alias el Perro), el compañero de Iván Rojas.

mujer metralleta 2

Si hoy pudiésemos establecer aquí que, tal como lo señala el escritor Paul Auster, son las “casualidades” el máximo motor que le da movimiento a los hechos, llegaríamos inevitablemente a la conclusión que esa mañana fue justamente una casualidad la que gatilló la historia de esta fotografía. Y, desde luego, también todo lo que se sucedería después en la vida de Iván Rojas. A eso de las 9:00, Rojas presintió que pasaría algo. Se puso al hombro su Nikon FM2 y se guardó los rollos. Le dijo al jefe que le traería una “papita” y se subió al Opala negro que le designaba el diario. Su socio quedó delante y él detrás. El Opala andaba apenas. Los sacaba de quicio esa manía que tenía de andar apenas.

Iban entonando Por una Cabeza de Gardel cuando llegaron a la transitada esquina: Av. Matta con Vicuña. El Perro no se acuerda quién los vio primero, si fue el chofer, Iván o él. Pero de lo que sí se acuerda -y no olvidará jamás- es del salto que dio Iván: se le hirvió la sangre, saltó por la ventana con el auto en marcha, salió rodando y le gritaron “loco”, mil veces loco y que se devolviera. Le decían “Loco Iván” por eso, porque era un sobreviviente de esa raza indómita de reporteros gráficos que ya no existen, de esos que creen que la “fotografía es un instante” y que si hay que morir, se muere, porque, mal que mal, el rollo queda. “Se colgaba de árboles, de muros y de cualquier altura por la foto… se disfrazaba también de médico para entrar a hospitales y así sacarles las imágenes a los enfermos”, recuerda el Perro.

mujer metrallerta 1

Se paró del suelo y se encontró, cara a cara, con el hombre (con el “segundo” que acompañaba a la mujer que después sería caratulada en la portada). El hombre iba con gabán, sombrero y peluca color castaño. Tiesa, lisa y barata la peluca. Salía del Banco de Chile con un morral (que el Perro, supone, lleno de billetes) y una M19 que disparaba hacia el cielo. Los tiros quizás eran para amedrentar al Loco. No se sabe. Con ellos desintegraba el aire. El Loco se paró allí y comenzó a enfrentarlo. Según el Perro, habrán durado poco menos de un minuto en el enfrentamiento. Unos 50 segundos en que el Loco, pese a los tiros, continuaba apuntándolo, con su lente de cincuenta milímetros, sin parar de disparar. La metralleta contra la cámara. Una bestia. Inmutable, allí, hasta ver la aparición de ella. Ella salió del banco, cuenta el Perro, casi con un minuto de desfase en comparación con él. No medía más de metro y medio, usaba jeans y unos lentes Ray-Ban que le quedaban grandes. Cargaba la UZI (que después la convertiría en la guerrillera más famosa), pero, a diferencia de él, no disparaba. Solo quería huir. Se adivinaba. Subirse -lo más rápido posible- a la Saveiro blanca que manejaba el tercer hombre desconocido y zafar. El tercer hombre desconocido no paró en ningún momento de gritar “mátenlos, mátenlos”, pero ella no, ella se montó en la Saveiro fría, esperó que se subiera su compañero, y partieron.

mujer metralleta

El Loco llegó treinta minutos después al diario. Zafó. Lo felicitaron y esa misma mañana no solo la bautizaron a ella como la “Mujer Metralleta” (por ser la primera imagen de una mujer con metralleta capturada en Chile) sino además, al Loco le compraron un vino, como único agradecimiento a su “heroísmo”. Eso pese a que su portada al día siguiente se convirtió por lejos en la más vendida del entonces diario con mayor circulación en el país: La Cuarta, ¿Por qué? Por una serie de razones: primero porque fueron las primeras imágenes capturadas de un acto criminal en vivo. Segundo: porque el reportero gráfico, en vez de huir del peligro, se le aproximó, a diferencia de la mayoría de sus colegas. Y tercero, porque gracias a sus fotos, la Policía de Investigaciones fue capaz de desarticular a una célula “supuestamente terrorista” con inconmensurables consecuencias políticas para el país. De hecho, hasta el último día que publicó sus fotos (sacó un total de 24 e hicieron más de quince portadas con ellas), al Loco en ningún momento pararon de llamarlo para advertirle, que en caso de que no entregara el material, lo matarían.

la cuarta mujer metralleta

Pese a eso, el Loco jamás entregó nada. Él era así, andaba por la vida como descalzo, caminando sin miedo a la muerte y sin entender. De hecho, tiempo después, cada vez que le preguntaban por esa mañana, solo decía que “nunca supo verdaderamente lo que ocurrió”. No podía explicarlo, como tampoco pudo explicar después qué fue concretamente lo que lo condujo a abandonar la fotografía tan abruptamente como lo hizo. Lo único que se sabe es que la abandonó, solo un par de años después de la Mujer Metralleta a causa de una “supuesta ingratitud”. “Comenzó a decir que nadie en el medio lo consideraba, eso hasta que regaló sus cámaras, sus rollos y lo dejó”, cuenta el Perro, quien además aclara que a partir de allí comenzó a perderse.

“Alguien que miraba el mundo a través de un lente no podía abandonarse así”, añade el Perro, clarificando además que era “mejor para la fotografía que para la vida”. “Como todo hombre que no le teme a la muerte, no sabía vivir. Vivía peleándose con su familia, y un día terminaron por dejarlo solo”, agrega con cierta pesadumbre, una cierta pesadumbre en la que, por cierto, ahonda al momento de hablar de su aislamiento. Al momento de hablar de cómo, inexplicablemente, un día el Loco se fue a vivir a una cabaña, en un balneario desierto, para no retornar jamás. El Perro nunca entendió su decisión, como tampoco jamás entendió cómo podía quejarse tanto de aburrimiento (no cesó nunca de hacerlo durante los ocho años que vivió allí) y no hacer nada para cambiarlo.

Le decían “Loco Iván” por eso, porque era un sobreviviente de esa raza indómita de reporteros gráficos que ya no existen, de esos que creen que la “fotografía es un instante” y que si hay que morir, se muere, porque mal que mal, el rollo queda.

Únicamente advierte que solo en la última conversación que sostuvieron le confesó algo. Algo terrible, pero definitivo: le confesó que se quería matar. Lo hizo. Se mató una semana después de eso. Amaneció muerto la mañana del 28 de marzo pasado. Ese día lo encontraron colgado, con los pies flotando en medio del living, acompañado por su perra María. Fue María, de hecho, la que rompió el vidrio de la ventana, saltó a la calle y no se cansó de ladrar hasta que llegó un vecino.

Hoy el Perro Morales no se acuerda de mucho más, solo tal vez, que en el suelo se encontraron dos fotos: una de la Mujer Metralleta y otra de la hija que más quería, la única que no quiso hablarle más.

*Leo Marcazzolo (40): Desde que tiene uso de razón que quiere ser periodista. Le gusta escribir y contarle a la gente su vida. Puede que la recuerden por sus seis años en The Clinic y sus libros: La Cosa (Editorial The Clinic, 2006), Papá y Mamá (Random House Mondadori, 2007), Una Loca Maternidad (Alfaguara, 2012) y Tesoros Perdidos (La Calabaza del Diablo, 2013). Actualmente hace clases, escribe su quinto libro y tiene una columna en Publimetro donde, según confiesa, se exhibe con la esperanza de que la quieran.

Sigue Leyendo Aquí Deja tu Comentario
VIDEO DESTACADO

Ahora en MQLTV

Comentarios