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Una odisea

La aventura de ser de región y viajar a un concierto en Santiago

Cuando confirman que tu artista favorito o el grupo de música que marca tu vida viene a Chile tienes dos posibilidades de cómo reaccionar: con un tranquilo “bien, se sabía que iban a venir” o un eufórico “¡oohh asdfdkjasjdfkjcsmdsjfk!”. No importará si eres el fanático que sabe toda la historia del grupo o si eres de los que recién los ubica, pero quieres ir. Si eres “de provincia” y habrá un único show para el país, eso se reduce a tres palabras: ir a Santiago.

Ahí es cuando comienzas a cranear un plan y comienza la aventura. Vas a tener que armar una maleta o bolso, gastar plata en pasajes y alojamiento, salir como pollo asustado a buscar taxi y, si es que no te asaltan o secuestran en el camino, terminarás llegando a una hostal que por 5 lucas te asegurará un colchón para rezar pidiendo despertar con vida al día siguiente. Reconócelo: detrás del “lo voy a pasar bien, mamá, tranquila” siempre hay algo de incertidumbre adrenalínica que te motiva a llegar a la capital, no precisamente por sentirte toda una Scarlett Johanson en ‘Lost in Translation’, sino porque hay algo de emoción por sobrevivir dentro ese pedazo de ciudad gigante donde sólo viven delincuentes que matan gente, asaltan en bencineras y roban autos en los portones (o al menos eso es lo que sale en las noticias).

Tendrás que dormir con desconocidos extranjeros en una pieza común de una hostal o tendrás que rajarte con chelas para tu amigo que te apañó con un sillón del departamento.

Todo puede enfrentarse de varias maneras según tu condición económica, tu forma de ver la vida y la cantidad de contactos que tengas en la metrópolis. Porque apenas se confirma el concierto, la pregunta “¿y de adónde saco plata?” definirá tu destino y tu vida hasta que comience el espectáculo.

Si eres de los calculadores pero honrados que planifican cada movimiento, puede que tuvieras pensado todo desde antes, así es que echarás a andar lo pensado para gastar todo lo que ganaste cuando fuiste empaque, las lucas que te dio tu papá del aguinaldo y algunos de los pesitos locos que ahorraste desde chico en la alcancía plástica con forma de cilindro de gas. Todo ese esfuerzo habrá valido la pena cuando compres la entrada al show y tengas en tu mano el boleto que te asegure que llegarás a Santiago para el día indicado.

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En esta etapa todo puede llegar a complicarse. Dependerá de tu presupuesto si viajarás una hora en avión o si tendrás que aguantar más de 10 horas en bus. Peor será si es que eres de las zonas extremas: tendrás que gastar alternadamente en los dos tipos de transporte. La foto para tu Instagram desde la ventanilla del avión con los hashtags #clouds #sky serán el mejor comprobante de un lindo recuerdo, omitiendo que al aeropuerto te fue a dejar un amigo con auto porque la plata para el taxi no te alcanzó. Si nunca anduviste en avión y no sabes lo que es estar nervioso para un aterrizaje, tendrás que darte vueltas en el terminal para ver cuál es el bus más barato y elegir estratégicamente algún asiento que te permita ir regaloneando con tu acompañante (lo ideal) o intentar dormir sin que alguien te apuñale con el codo durante toda la noche (si es que no quieres morir horneado arriba de un bus viajando de día).

Con tantos reportajes de taxistas chantas, cualquier cosa de cuatro ruedas con techo amarillo es una amenaza para cualquier provinciano. Al llegar, escucharás muchos “Carmela, llegas a la ciudad”, aunque si haces una encuesta, de seguro ninguno de tus amigos sabe demasiados detalles sobre el personaje de Carmela en “La Pérgola de Las Flores”. Poco importa, porque apenas el viaje comienza te conviertes en blanco de capciosos mensajes de tus amigos, que quedaron expectantes de posibles complicaciones de tu viaje que los hagan reír, y de tus amigos o conocidos de Santiago con los que te juntarás allá y que estarán esperándote para saludarte diciendo “¡Hola! ¿Me trajiste huevitos de campo?” o alguna otra broma sobre cuántos minutos demoró la carreta desde tu fundo al terminal o que en cuántos canastos de mimbre echaste tu ropa al equipaje.

Lo único que tienes bien grabado sobre Santiago es que TVN está en Inés Matte Urrejola, que lo más loco ocurre en la Alameda -entre Plaza Italia y la Usach- y que corres peligro de muerte todo el tiempo.

Listo. Viviste el concierto. Estuviste horas parado en la fila, resististe estoico y, aún después de lo incómodo del viaje, saltaste y gritaste como nunca. La misión está cumplida. Para peor del vacío existencial después del show, tienes que volver a casa. El único problema es que tu casa está a 600 kilómetros y tendrás que dormir con desconocidos extranjeros en una pieza común de una hostal o tendrás que rajarte con chelas para tu amigo que te apañó con un sillón del departamento que lleva arrendando unos años cerca de Avenida Matta o la amiga que te fue a esperar a la salida del recinto hasta con un chocolate para que no sufrieras un shock de nostalgia porque el show se acabó y estás lejos de tu añorada cama.

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Quizás te perdiste en el Metro, recibiste instrucciones por WhatsApp con tecnicismos santiaguinos inentendibles como “combinación” o “línea verde y línea roja”, palabras raras dentro de tu devenir cotidiano entre micros regidas por números con recorridos anunciados a gritos o señalizados con letreros hechos a mano. Lo único que tienes bien grabado en tu memoria sobre Santiago es que TVN está en Inés Matte Urrejola (¿quién fue esa señora?), que lo más loco ocurre en la Alameda -entre Plaza Italia y la Usach- y que corres peligro de muerte todo el tiempo.

Pero a esa altura ya te vas satisfecho. Porque lo lograste y viste a tu grupo, tu artista favorito. Cómo volver va a dar lo mismo. En bus, avión o incluso a dedo, vas a ir igual de cansado con tu bolso con regalos para tus amigos, que te esperan ansiosos para escuchar tus aventuras saboreando una cerveza a la orilla del río. Y te espera tu mamá, ansiosa de comprobar que sobreviviste para comer su pancito amasado con mantequilla o alguna delicia que matará todo el hambre que acumulaste en Santiago, esa selva de cemento de la que lograste salir vivo.

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