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La Mujer Rota

La patria de un escritor: Soy una autora argentina, pero nací en Chile

Uno nunca tiene cien por ciento certeza dónde y a qué hora nació, le dije a un escritor que me preguntó por mi patria el otro día. Te lo cuentan tus padres o tus familiares y, en mi caso, vivíamos en San Francisco de Mostazal y el pueblo era tan pequeño -no más de 5.000 habitantes- que no había hospital, sólo una especie de policlínico con dos salas donde te curaban las heridas y te pasaban algodón o una tela para pasarte mientras la sangre dejaba de salir si te habías caído o te deban una aspirina para calmar el dolor de cabeza o unas gotitas de Viadil si te dolía la guata. También creo que un par de veces me pusieron una vacuna allí, luego de que estuve chillando dos horas sin que nadie me parara. Pero bueno, mi padre me dice que tuvo que llevar a mi madre al hospital más cercano para que yo naciera, estaba a 20 minutos de San Francisco de Mostazal, en una ciudad llamada Rancagua, ciudad a la que me cambié a vivir a mis diez años de edad, dejando atrás paseos al río, a los cerros cercanos, las ojotas hechas de neumático de auto y los caminos de tierra que conducían a lugares donde llegaban a acampar los gitanos en verano.

Eso es lo que me cuentan, que nací en San Francisco de Mostazal, Chile a fines de los ’70, pero creo que, al igual que Perec en su W o el recuerdo de la infancia, mi infancia no estuvo en Chile, sino que en alguna provincia de Argentina, así como la infancia de Perec estuvo en los Campos de Concentración de Chile, yo insisto que mi infancia no estuvo aquí.

Me gusta más pensar en la frase que dijo Fresán un día en una entrevista en El País: la patria de un escritor es su biblioteca.

Cuando busco eso que llaman patria de un escritor y observo y leo, creo que no tengo cercanía literaria directa con las escritoras chilenas (tal vez incluso a todas nos pasa, que nos sentimos lejos una de otras y buscamos nuestra infancia literaria en otros países , continentes, ciudades o rincones), pero sí las leo a todas y siento un infinito amor y respeto por algunas (Paula Ilabaca, Ileana Elordi, María Paz Rodríguez, María José Viera-Gallo, Catalina Infante y Katy Lincopil) y por otras un respeto (Diamela Eltit, María José Navia, Alejandra Costamagna, Nona Fernández, Lina Meruane, Andrea Jeftanovic, Constanza Gutiérrez, Carmen Galdames, Leo Marcazzolo) y por otras un respeto en vías de amor (Romina Reyes Ayala). Pero nada más allá de eso, lo cual agobia a ratos, ya que en ese sentido me siento bastante huérfana en mi escritura y de paso me cuestiono mi nacimiento, mi formación, mi vida, el futuro de mis lecturas e incluso el nombre que quisiera ponerle a mis hijos.

(Dejemos aparte, por favor, la frase de que la verdadera patria de un escritor es su lengua, como dijo Francisco Ayala y luego le rebatió Juan Marsé diciendo que no es su lengua sino que el lenguaje, ya que está demasiado repetida esa frase y si uno la busca en Google, se dará cuenta que todos los escritores del mundo la repiten o la han dicho alguna vez sin siquiera saber qué significa. Frase cliché para decir en las entrevistas o en las presentaciones de libro o en las mesas de escritores y quedar como el gran dios y amo, el que más sabe de teoría literaria frente a lectores de feria que de verdad no les importa nada lo que el escritor balbucea en clave literatosa).

Me gusta más pensar en la frase que dijo Fresán un día en una entrevista en El País: la patria de un escritor es su biblioteca.

 cecilia pavón

Todo esto vino a la mente cuando estuve leyendo hace un par de días a Cecilia Pavón y el hermoso libro que publicaron recién los chicos de Overol, una editorial chilena pequeñísima (búsquelos en La Primavera del libro, stand 40), que tiene a la cabeza a dos poetas y además a una diseñadora. En el libro Pequeño recuento de mis faltas, Pavón realiza un ejercicio a modo de mea culpa de las faltas que tiene en esta vida y que la acompañan en su recuerdo desde siempre hasta hoy, como por ejemplo el haber robado una crema a un gestor cultural alemán que organiza eventos literarios en Berlín, el haber asistido al casamiento de una amiga millonaria en no sé qué país europeo o el haber dejado de hablarle a dos o tres amigas para concentrarse mejor en el uso de carteras y bellos accesorios, además de otras escenas notables, donde, al igual que en muchos libros de escritoras argentinas, podemos visualizar ese amor por el texto, ese goce profundo por la escritura y la creación, todo más allá de los géneros literarios, donde hay una risa constante sosteniendo todo, una burla ante el poder y del dinero y de la aspiración del ciudadano de escalar socialmente por medio de la escritura, centrándose en la felicidad de cada proyecto personal, aunque sea ínfimo y a nadie le imprte, en la totalidad del placer de la escritura, riendo cuando escriben y materializando en sus proyectos desbocados el goce del texto y el amor infinito a la creación más allá de todo objetivo secundario.

Quiero ser una escritora argentina, déjenme decirles que mi infancia estuvo en Argentina y no en San Francisco de Mostazal como me dicen mis padres.

Así como leo a Pavón con un gusto y felicidad enorme -e incluso con deseos de plagiarla-, también leo a otras argentinas para sentir que tengo filiaciones de alguna forma y no estoy tan sola escribiendo, desprovista de todas las patrias posibles e incluso de una tierra de referentes que habitar. Me instalo un rato en una Argentina virtual, que nace y muere en mi mente o en un paso fronterizo que me hermana y me pone en un círculo donde todas somos argentinas, y todas nos reímos del poder, del dinero, de las instituciones y todas queremos escribirle a nuestros amigos, tenemos escrituras convulsas, y -como dijo el gran Tao-: escribo para mis amigos y una cierta subcultura, hacemos infinitos proyectos y sucedáneos y escribimos en las tardes y no tenemos el temor de publicar eso mismo el mismo día en la noche sin mayores correcciones y salir y gritar y armar editoriales que duren un día, centros culturales pequeños en galerías, vertederos y mercados persa los domingos donde no venderemos libros, sino que jugos de fruta con demasiado hielo y alcohol.

Quiero ser una escritora argentina, déjenme decirles que mi infancia estuvo en Argentina y no en San Francisco de Mostazal como me dicen mis padres. Que no tuve una infancia de ojotas, de gitanos en el río a los que le temía, ni la infancia de la escuela rural donde partía cada mañana con mis hermanos, llorando porque me quería quedar en casa. No. Tuve una infancia en esa Argentina virtual que se fue armando en mi cabeza a medida que crecía, a propósito de lecturas, conexiones en la red, viajes, conversaciones y algunas historias personales.

 cpavon

En fin, y volviendo al concepto de patria, sé que este concepto es horrible y creo que no es realmente lo que busco, pero sí ese terreno virtual, que se arma cuando persigo catálogos argentinos, devoro libros de argentinas, googleo a diarios a las argentinas, plagio libros de argentinas. Ay, Metalúcida; Ay, Gigantes. Ay, Triana. Ay, Dakota. Ay, Mansalva. Ay, Eterna Cadencia. Ay, Entropía. Ay, Milena Caserola. Ay, Cecilia Pavón. Ay, Fernanda Lagunas. Ay, Dalia Rossetti. Ay, Marina Mariasch. Ay, Valeria Meiller. Ay, Pola Olaixarac. Ay, Inés Acevedo. Ay, Gabriela Bejerman. Ay, Valeria Tentoni. ¿Será posible que alguna de ustedes me adopte unos días y me pueda quedar a vivir en esa Argentina virtual de aquí a la eternidad?

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