• Videos
  • En Vivo

MQLTV.COM

En vivo

Reunión familiar

La poderosa muerte (una reflexión navideña)

Las navidades en un comienzo fueron buenas. Todos frente a los regalos, las risas y las conversaciones de los grandes mientras nosotros abríamos los paquetes que nuestra abuela preparaba con anticipación luego de días intensos en centros comerciales y toda tienda que tuviera lo que los “niños” querían tener. Yo admito que vengo de una familia de buen pasar: el trabajo de abogado de mi abuelo sustentó algunos caprichos de mi niñez como también los de muchos otros que ya no eran tan niños.

Con el tiempo estas celebraciones fueron cambiando. Lo que alguna vez fue la creencia en un ser superior llamado Dios y en un señor vestido de rojo denominado chilenamente “Viejito Pascuero”, se fue convirtiendo en la certeza de que solamente eran excusas para juntarnos y demostrar a quién le había ido mejor durante el año dependiendo del tamaño del regalo. Las sonrisas y los besos húmedos en las mejillas se fueron convirtiendo en apretones de mano con familiares que comenzaron a transformar su espíritu navideño en quejas sobre la situación económica; en el reclamo hacia gobiernos que ellos sentían “izquierdistas” y la eterna sensación de que uno cometía un error al decir fuerte sus ideas políticas.

Mi abuelo, que siempre pensó diferente en muchos aspectos a mí, nunca se empeñó -a diferencia de muchos otros- en que cambiara mi opinión, tal vez porque le gustaba que pensara.

Mis navidades muchas veces se transformaron en debates políticos soterrados, en pequeños atisbos de que había un conflicto ideológico que se demoraba en salir a la luz. Que la democracia estaba sobrevalorada, que mis críticas son más bien esfuerzos por diferenciarme que reales postulados políticos, eran las frases que comenzaban a rondar y a espesar el ambiente. En el momento lo veía casi como ataques personales, como maneras de desafiar mi inteligencia y ponerme de la vereda de enfrente de la realidad. En la vereda del berrinche utópico.

Pero si había algo que nunca cambiaba en esas reuniones familiares eran las demostraciones de cariño, las que con el tiempo se hacían más adultas. Y esas demostraciones se fueron traduciendo en las conversaciones acerca de los regalos más que en los regalos mismos que, si bien una vez fueron juguetes, luego pasaron a ser discos para terminar siendo libros. Mi abuelo, que siempre pensó diferente en muchos aspectos a mí, nunca se empeñó -a diferencia de muchos otros- en que cambiara mi opinión, tal vez porque le gustaba que pensara. Quizás por eso me regaló libros más cercanos a mis pensamientos que a los suyos. Y, por lo mismo, hoy que ya no está entre nosotros, echo de menos la manera en la que siempre se quiso acercar y entender mis ideas por el cariño que sentía hacia mí. La forma en que ya con muchos años encima tuvo la valentía de preguntarse sobre su vida y mirar hacia atrás como lo hacen los más sabios, los que saben que en la perfección nunca estuvo la virtud, ya que esta ronda por lugares en los que el error se convierte en aprendizaje y, por lo mismo, en sabiduría, cosa que a él le sobraba.

La poderosa muerte, como alguna vez dijeron Los Jaivas, se vuelve más fuerte que el más grande de los gritos, que la más compleja de las peleas una vez que circula alrededor de nosotros y nos recuerda lo trágicamente mortales que somos.

Este 24 de diciembre fue diferente. Él ya no estaba y mi abuela y madre, su mujer, se encontraba en la clínica. Los besos, las conversaciones y las discusiones no estaban presentes. Ya no había cabida para pensar en los regalos ni menos en el tamaño de estos. Sólo estaba el recuerdo de mi abuelo y la imagen de su esposa en una fría clínica. Sólo estaba la sensación de que la muerte o la sola idea de que ella está presente, muchas veces opaca todo lo demás y lo vuelve algo solamente superficial. La poderosa muerte, como alguna vez dijeron Los Jaivas, se vuelve más fuerte que el más grande de los gritos, que la más compleja de las peleas una vez que circula alrededor de nosotros y nos recuerda lo trágicamente mortales que somos.

Es por eso que las celebraciones y la manera en que el ser humano intenta guardarlas en su memoria, sólo sirven muchas veces para tratar de impedir que este inevitable hecho se apodere de nuestras cabezas constantemente. Para que nuestra vida no sea tomada por la sensación de que todo lo que estuvo alguna vez, al segundo siguiente desaparece. No existe. Y sólo quedan las discusiones, los enojos y las maneras en que intentamos no ser tan humanos por medio de las fiestas y nuestro esfuerzo por trascender a ellas gracias a la memoria.

Sigue Leyendo Aquí Deja tu Comentario
VIDEO DESTACADO

Ahora en MQLTV

Comentarios