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Las lecciones que nos deja la tragedia del recital de Doom

Escrito por MQLTV

    Cuatro muertos y doce personas heridas es el saldo de lo acontecido el pasado jueves 16 de abril, durante el recital de la banda británica de crust/punk Doom en el Espacio Iberomusic (ex Centro de Eventos Santa Filomena, ubicado en Alameda 776, entre San Francisco y Santa Rosa). Según Carabineros y la administración del recinto, más de 50 personas que se quedaron sin entrada ingresaron a la fuerza al local, provocando una avalancha humana que, al bloquear el único acceso, comenzó a asfixiar a los mismos que estaban bregando por ingresar al show.

    El lamentable hecho, que copó la atención de varios medios nacionales y extranjeros, puso en la palestra el debate no sólo respecto a la seguridad en los recitales y la responsabilidad de los organizadores al momento de encarar un evento que -dadas las características del género- requería un control mayor en todos los niveles posibles, sino también en relación al tratamiento dado por la prensa al suceso: desde falsas especulaciones sobre el número de víctimas hasta la estigmatización a la banda y al público por la inclinación ideológica del punk (esta columna del periodista Nicolás Pereira en POTQ expone con claridad la irresponsabilidad del periodismo en la cobertura del acontecimiento).

    doom punk alameda

    En medio de la vorágine de informaciones respecto a las razones que llevaron al colapso al interior del local, apareció publicada una estremecedora crónica en HumoNegro, escrita por Max Rayo, colaborador del reconocido portal especializado en música, donde relata en primera persona cómo vivió la tragedia que, a la postre, concluyó con la clausura indefinida del local de Alameda 776 por parte de la Municipalidad de Santiago.

    La narración de Rayo es impactante, por momentos recuerda la crudeza de uno de los incidentes musicales más dolorosos en esta parte del mundo: el siniestro ocurrido en un recital de Callejeros, en diciembre del 2004 en la discotheque Cromañón de Buenos Aires, cuando una bengala encendida en el público provocó un incendio que, finalmente, terminó con la vida de 194 argentinos. En el show de Doom fueron cuatro las víctimas, pero no por ello es menos doloroso y conmovedor lo que pasó con los jóvenes seguidores de esta banda.

    “Vengo llegando de la Posta Central, son las 04:20 de la mañana. Hay un muerto confirmado con nombre y apellido, mientras más de 25 punks esperan en vela afuera de la urgencia para saber quién puede ser el próximo o los próximos difuntos de esta amarga jornada”, es uno de los pasajes del texto que rememora el infierno que fue esa noche en la vereda sur de la principal avenida de Santiago de Chile.

    alameda 776 santa filomena

    La prosa de Max Rayo es sobrecogedora. Hay un párrafo en particular que es capaz de dejarte helado, parece sacado de una película de terror. Es difícil leerlo sin sentir una sensación en el estómago y en el corazón. En un país donde estamos constantemente expuestos a catástrofes, a incendios y aluviones, a terremotos y tsunamís, duele mucho constatar que a veces somos nosotros mismos quienes, en nuestra irracionalidad, podemos dibujar un panorama tan desolador como el que describe este cronista. Dejo el fragmento completo, de verdad conmueve lo macabro de la situación:

    “Desde afuera se veía tétrico el panorama, la avalancha no avanzaba y el público gritaba, aplastados por ellos mismos, cegados con la intención de entrar como fuera para ver el espectáculo. Es en ese momento cuando se escucha el grito de una mina que dice de manera desconsolada “¡Hay un hueón muerto adentro, murió un hueón adentro!”. Con mis amigos, impactados e incrédulos, nos miramos inmediatamente, pensando que esta era una excusa o una mala broma. Pero el panorama era serio y negro, la gente no salía del lugar y se escuchaban cada vez más gritos, gente sin aire se estaba desmayando y nadie hacia nada. Comenzaron a salir de a poco personas del lugar y algunos estúpidos, sin entender lo que sucedía, seguían insistiendo con entrar. Es ahí cuando veo que sacan a una persona completamente asfixiada, con su cara morada, y todo se pone cada vez más tétrico y terrible. Me acerco a ver quién era el afectado e inmediatamente comienzan a sacar cuatro personas más, a las cuales les estaban haciendo respiración boca a boca. Los organizadores, perturbados, abrían paso entremedio de la masa para parar taxis, mientras llantos y gritos se escuchaban por todos lados; al parecer había dos muertos ya y nadie sabía la cantidad de heridos. A medida que pasan los minutos, aparecían más cuerpos sin aire, con sangre en la boca, ojos y nariz. Era macabro, como las imágenes de Cromañón en Buenos Aires hace una década, el miedo y la desesperación era reinante en lugar. La gente –incluyéndome- no podía creer lo que sucedía, había personas muertas y otras graves tiradas por toda la vereda de Alameda; algunos trataban de parar taxis, mientras otros llaman intensamente al 132. La impotencia era tal, que un grupo paró una micro y bajan a los pasajeros, subiendo a más de tres o cuatro heridos rumbo a urgencias. El panorama era cada vez más aterrador, nefasto, seguían saliendo personas heridas, con fracturas expuestas y varios de los que permanecían inconscientes no reaccionaban. Todos los presentes en el lugar veíamos cómo un concierto se trasformaba en una masacre causada por sus propios asistentes y organizadores“.

    tragedia tocata doom

    Como bien dice Rayo a lo largo de su crónica en HumoNegro, las responsabilidades son de todos. Desde la productora que no previó que un show internacional en un lugar que no contaba con garantías de seguridad mínimas podría provocar este tipo de incidentes hasta de la mezquindad y egoísmo de la fanaticada. Álvaro España lo planteó en Cooperativa: este tipo de público muchas veces es incapaz de comprender que un evento de estas características tiene altos costos asociados y exige poco menos que la tocata se realice gratis, acusando de “vendidos” a la productora, a los locatarios y a la banda por cobrar una justa remuneración por su trabajo.

    También la culpa es de nosotros, los periodistas, que a veces en nuestra desesperada búsqueda por el golpe noticioso llegamos a cometer irresponsabilidades mayúsculas, como armar notas a base de rumores. En Ahora Noticias, un familiar de una de las víctimas decía, devastado, que no tenía certeza de lo ocurrido, que había escuchado que los guardias habrían intentado electrocutar a los fans para frenar el ingreso de la avalancha y que habrían tirado agua para que la corriente detuviera a la mayor cantidad de gente. Este tipo de rumores causan mucho daño. Pereira, en su artículo en POTQ, nos hace un necesario llamado de atención a todos quienes trabajamos en prensa: al momento de una catástrofe como ésta no podemos ponernos a tirar rumores sólo para ganar clicks para nuestros sitios. Cuando es el dolor de familiares y amigos el que está en juego, cuando hay peritajes que intentan dilucidar responsabilidades, la información veraz debe primar ante todo.

    doom santa filomena

    En lo personal, sólo tengo una sensación de pena, rabia y mucho desconsuelo. Vi gente morir a mi lado, personas tratando de revivir a sus amigos y la impotencia no haber podido prevenir esto. Los culpables de esta tragedia somos todos, porque es responsabilidad nuestra entender cuáles son los límites, hasta qué punto podemos llegar a poner en riesgo nuestra vida y la de los demás“. Totalmente de acuerdo contigo, Max. A mí, y a todos quienes te leímos, nos conmovió tu relato. Muchas gracias por poner paños fríos a la situación, por obligarnos a reflexionar y a sacar lecciones de esta fatalidad. A todos, desde las productoras hasta los locatarios, desde los asistentes hasta quienes hacemos periodismo. Para que nunca más en Chile.

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