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Charlas de "Los 33"

Laurence Golborne, el gran rescatista de sí mismo

Según información que entregan algunos medios, el ex ministro y también ex candidato presidencial y senatorial, Laurence Golborne, estaría ofreciendo charlas en el exterior del país en las que habla sobre su participación en el rescate de los famosos 33 mineros chilenos que hicieron que los ojos del mundo se posaran sobre nuestro país por algunos días. Al parecer la idea de Golborne es aprovechar una oportunidad comercial más, ahora con su fugaz paso por la política.

Y es que así es Laurence. Busca cada oportunidad para atraparla y no soltarla más. Con esa idea fija fue que salió de Maipú con aires de grandeza como si estuviera escapando de un pasado infestado por historias de medio pelo que no se adecuaban a sus ansias de codearse con los “bien”. Y es que su nombre y su apellido no calzaban con la realidad de esos lugares en los que nació, según creía. Él se merecía algo más. Estaba ansioso por formar parte de grandes directorios y abrazar la libertad económica que sólo algunos -los elegidos- podrían apretar sin dejarla escapar.

Golborne sabe que hay que salvarse a uno mismo ya que la única vez que trató de velar por un proyecto supuestamente colectivo salió perdiendo.

Para eso entró a la universidad a estudiar Ingeniería. No lo hizo por algo altruista, sino porque era la única manera de sobrevivir en el nuevo Chile. No había escapatoria y sus sueños de dejar atrás un pasado que le pesaba -pero le podría servir a futuro- se imponían por sobre cualquier raciocinio. Por sobre cualquier idea de futuro colectivo que tratara de opacar su individualismo.

Luego de haber conseguido todo y más de lo que se había propuesto, Laurence fue llamado por Sebastián Piñera. Para él debe haber sido un sueño hecho realidad que uno de los grandes símbolos de esa visión de Chile que amaba y logró abrazar lo haya llamado para ser ministro de su gabinete. A lo mejor al principio lo pensó dos veces cuando supo que tendría que formar parte del Estado. A él le habían enseñado que ese aparato enorme era incompetente y no servía de nada frente a la iniciativa privada. Él estaba convencido de que mientras menos interviniera el Estado en la economía, más dinamismo existiría. Pero sobre todo, más “libertad” colmaría los corazones de quienes él ahora consideraba sus pares luego de años de apretones de manos con los grandes monarcas de la cada vez más vulgar realeza económica de nuestro país.

golborne

Lo pensó y aceptó. Quería ser ministro de lo que le pidieran para así tener algo parecido a lo “social” en su currículum. Lo más probable es que su mujer se lo haya dicho, que le haya manifestado que lo mejor era agarrar todas las oportunidades como aprendió en la universidad. Y así fue. Una vez instalado en el Ministerio de Minería, un grupo de trabajadores cayeron en una mina bajo tierra gracias a la poca regulación laboral del sistema que él aplaude y que tantos réditos le dio. Él reaccionó, lloró ante las cámaras y luego celebró el rescate como un nuevo triunfo, uno que no sólo lo hacía descubrir un nuevo rubro, sino también una nueva ambición: la política.

Por mucho tiempo lo perfilaron como presidenciable y fue candidato de un partido que despreciaba a los divorciados, siendo él un miembro de ese club. Pero nada importaba, sólo había que seguir ganando, que seguir vistiéndose con ropas ajenas y sumando victorias a su implacable ímpetu por no ser lo que alguna vez fue. Como sabemos, su experiencia con la política no fue positiva. Se encontró con el verdadero rostro de quienes dijo admirar en silencio y se lo comieron. Lo hicieron sentir como un allegado a una clase que necesitaba más que simplonas contribuciones al sagrado mercado desde la gerencia de un supermercado.

Con esa idea fija fue que salió de Maipú con aires de grandeza como si estuviera escapando de un pasado infestado por historias de medio pelo.

Luego calló. Se sintió mal y miró con tristeza a quienes utilizaron su arribismo y su historia neoliberal de vida como un capital político que luego simplemente dejó de servir. Sin embargo, lo aprendido lo utilizó para crearse una nueva opinión de sí mismo; una que lo identificaba como un gran gestor, como un empresario que una vez salvó a un grupo de trabajadores (aunque si vemos cómo han seguido sus vidas hasta el día de hoy, sólo los ayudó a enterrarse más todavía).

Pero eso no importa. Golborne sabe que hay que salvarse a uno mismo ya que la única vez que trató de velar por un proyecto supuestamente colectivo salió perdiendo. Por eso es que hoy utiliza la imagen de 33 personas masacradas por sus historias recientes para así venderse como un gran rescatista, aunque solamente se esté rescatando a sí mismo.

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