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Lucha de Gigantes: Un ensayo sobre Don Francisco

En el capítulo número 2756 de su programa, Mario Kreutzberger, un hombre fanático de las cifras (quienes seguimos su trabajo siempre nos llamará la atención cómo pronuncia números interminables sin fallar), pide hablar con la audiencia. “Ustedes hoy en las tribunas representan a las más de 750.000 personas que algún día se sentaron durante estos 1510 programás en Estados Unidos…”, dice al comenzar su discurso y al anunciar que el 19 de Septiembre de 2015 su show baja el telón después de 53 años.

Vale aclarar – por extraño que parezca – que Mario Kreutzberger, cuando cruza la pantalla, no es Mario Kreutzberger.

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Mario se hace llamar “Don Francisco”. Como Bruce Wayne cuando es Batman; como Clark Kent cuando es Superman, o Peter Parker Spiderman. Mario Kreutzberger se pone un traje que lo llena de energía. Mario sabe de trajes: es sastre. Y en su doble identidad pocas veces en los últimos años se le ve sin uno.

Su fuente de poder son las luces, las cámaras, la “muela” – un aparato donde productores y periodistas hacen de consciencia cuando uno maneja ese camión con TNT que es conducir un programa de TV – y el público. El público que lo escuchará decir en el estudio de Miami, luego de recordar a su equipo:

“Desde aquí, tantas veces como pregunté en mi natal Chile DONDE NACÍ HACE 53 AÑOS en el Canal 13 de la Universidad Católica, como Joaquin Blaya por primera vez me dio mi primera oportunidad la primera vez que estuve aquí pregunté: ¿QUE DICE EL PÚBLICO?

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¿Mario nació cuando nació su programa o Don Francisco nace y muere en él?

Esos misterios los responderá él. Nosotros observamos. Somos el público. Apenas tenemos la botonera para votar en la encuesta. Estamos en la tribuna. Una tribuna gigante.

Por esas casualidades de la vida, Don Francisco tiene el público más grande del mundo: el que habla el idioma español justamente desde uno de los países con más personas en el planeta y en todos los países donde se habla ese idioma.

Es que Don Francisco entendía de forma magistral que hacía un programa chileno, muy chileno para sus cosas

Esta noche es importante porque Mario Kreutzberger va a traspasar el umbral final del éxito. Mario K. va a dar vuelta el videojuego. Mario K., el creador de Don Francisco, esa arma secreta que parece existir frente a una pantalla, – como un presidente virtual que aparece cuando no hay quien mande (el Chile Ayuda a Chile del 2010, en una transición de mando es la prueba más fehaciente) – no solo va a vencer la crítica, los años, los desprecios, los fracasos, la mitología, los errores y los éxitos que conlleva tener poder.

Este sábado, por primera vez Mario Kreutzberger vence a Don Francisco.

Don Francisco esta noche deja de competir. Ahí radica el triunfo. Un triunfo del Siglo 21 para un hombre del Siglo 20.

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Pensar al hombre es pensar su tiempo. Como ver Mad Men, hay mucha incorrección política en el Sábado Gigante ochentero, y desde ahí se apalancan sus críticos. Enrique Maluenda, que pretendió ser su respuesta, jamás se hubiese reído de la tribuna como Don Francisco. Es que Don Francisco entendía de forma magistral que hacía un programa chileno, muy chileno para sus cosas; al ver Homenaje Gigante te das cuenta que los que no estaban en la tele estaban ahí, en el público, gritando, cantando. Los jubilados, los de regiones, las madres, los padres. Ahí estaban los que no estaban en la revista Cosas o Caras. Don Francisco era incorrecto. Era “Don Francistroll”. Pero ojo: en Sábados Gigantes pasaba algo único, que no sucedía en los 80: ganaban los que no tenían nada que ganar, los que no sabían que se podía ganar, porque nacían en un lugar y terminaban en ese lugar. Porque nacían en Chile, ese acantilado donde lo que tienes se te puede caer por la tierra, la nieve, la lluvia.

Y como todos los que crecen, cambió, evolucionó y fue el Don en un país del que se fue por un nuevo desafío. Un Don poderoso, como lo parodió Mike Patton, pauteado por Alberto Fuguet en una Teleton pasada.

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Se ha escrito mucho durante los últimos años sobre eso. No me pidan a mí instalarme en esa lógica. Como muchos de los que trabajamos en TV, el personaje que soñamos interpretar (y no lograremos ser, porque estamos en otra época, con otros contextos, con otras mitologías) es Don Francisco. A mi abuela y a mi madre les dije, apuntando a un televisor, “yo quiero hacer eso”. Sé que no soy el único que cuando se para en un estudio de televisión sabe que está emulando ese espectáculo. Hasta el noticiero se “SábadoGigantizó” con cámaras viajeras; los grandes de la tele aspiran a tener su propio Sábado Gigante: Camiroaga lo tuvo todas las mañanas en TVN y Araneda lo tiene una vez por año en su festival de Viña.

Don Francisco, como Eduardo Ravani del Jappening con Ja, o como Alfredo Lamadrid, fueron parte de una camada de comunicadores que recibió, como nosotros tomamos Internet, una nueva tecnología y vivieron de ella. Lo increíble es que Mario K. entendió su potencial como nadie: hoy estamos hablando de Branded Content y él hacía jingles de los auspiciadores para que la gente no se aburriera. Don Francisco extendió su show porque antes solo había tele. Y ahí emitía algo más que un programa: un modelo de negocio artístico. Un canal propio dentro de un canal. Si no es ser abuelo de los Youtubers, no sé qué es.

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Ese trabajo lo llevó a tener poder en dictadura. Pinochet, un mono con navaja, solo le temía a Don Francisco. Un capitulo inédito de un libro llamado “La Guerra” lo confirma: la noche del Chile ayuda a Chile del 85’, Pinochet, enloquecido, rompía cuadros en su despacho cuando Don Francisco llamaba a tocar las campanas de las iglesias. “Este huevón me va a cagar”, gritaba Pinochet Ugarte.

Don Francisco nunca dio su opinión política. Otra cosa que, por supuesto, en este tiempo es discutible. Sorpresivamente, si hay algo que unía a Allende y Pinochet es que no les gustaba Don Francisco: el primero se incomodaba con las capacidades del “hombre que hace regalos para pobres en la televisión”-y el segundo, el hombre sin miedo, solo le temía a un tipo que tenía a un Chacal con una trompeta en la televisión. Al otro que decía “dispara usted o disparo yo”. El dictador solo le temía a un conductor de un programa de concursos.

Don Francisco le ganó a Tinelli, que nunca pudo volver internacional su carrera, venció a Silvio Santos (el brasileño que tiene un canal de TV propio llamado SBT), que no pudo llegar a ser gigante por la barrera idiomática, y traspasó en tiempo a Johnny Carson.

Al final logró algo que ni la izquierda ni la derecha lograron: unir en torno a un proyecto común. Ejemplo de eso es un show y la Teleton. Un plan exitoso que se expandió por toda América Latina. Don Francisco es más bolivariano que Bolivar.

Por eso no deja de ser alucinante cómo la gente lo premió con la obtención de un significado: durante el 89’, Televisión Nacional – intervenida hasta el hartazgo por los militares – creó una horrible competencia de su programa, titulada “Porque hoy es Sábado” con Cecilia Bolocco y Cesar Antonio Santis, quien ahora está devenido comentarista de la cadena nacional del desánimo en las Cartas de El Mercurio. En ese show se intentaba instalar la estética que Gonzalo Bertrán M.C. hizo triunfar la década siguiente en “Viva El Lunes”: el individualismo y descompromiso noventista. El show en sí fracasó en medio del país de la elección: “Sábado Gigante” era el NO. “Porque hoy es Sábado” era el SÍ.

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Es que Don Francisco es el broadcaster mundial por excelencia. Solo faltó una vez a su trabajo: el día en que murió su madre. Don Francisco le ganó a Tinelli, que nunca pudo volver internacional su carrera, venció a Silvio Santos (el brasileño que tiene un canal de TV propio llamado SBT), que no pudo llegar a ser gigante por la barrera idiomática, y traspasó en tiempo a Johnny Carson, el modelo que él y todos los que soñamos en tener un talk show nocturno estudiamos.

Y el poder solo radica en el tiempo. Estar ahí, cada sábado; algunos mejores, otros peores. Pero estar. Estar cuando nadie está. Estar en Miami, en Venezuela, en Colombia o en un rincón de la Patagonia. Eso fue la televisión masiva. La que genera la conversación. La que se va no por culpa, creo yo, de una tecnología: se va por culpa de los que hacen tele y no ven tele. Porque la tele – como la radio, como los diarios, como Internet – es un medio, y la mejor forma de mejorarlos es consumir y analizar. Como dijo Pinpon: “Todo se trata de método”. Un amigo mío, judío como Don Francisco, llamado Isaías Sharon hizo una definición brillante: “Mario K. trabajaba los sábados porque es una máquina disciplinada, y por eso, ni los días que guardó Dios son excusas para su proyecto”.

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Y ahí está parte de la fórmula de Don Francisco/Mario K.: Lo ve todo. Porque le gusta su trabajo. Una lección para tanto animador desangelado que pide días libres sin pudor por redes sociales porque “está cansado”.

No se puede estar cansado de no trabajar. Y hacer tele en vivo sin pensarla, es ser marioneta. De ahí el valor de Don Francisco. Don Francisco vive en la tele; Mario Kreutzberger la piensa sin parar. Don Francisco no sabía cantar y terminó aprendiendo en vivo, frente a todos, y terminó ganando. Porque tiene método. Porque no para. Porque cuando Eduardo Tironi el 62’ lo despidió de Canal 13 luego de haberlo contratado no se rindió, e inundó el canal de llamados para volver, lo logró. Porque nadie lo iba a convencer de otra cosa. Y en Chile, a ése se le castiga hasta el hartazgo.

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Yo ahí veo al gigante. El gigante al que le quedó chica la franja de tierra. El que se fue de Chile para sobrevivir a Chile.

Por eso fue visionario: Don Francisco, como la Mistral, se fue de Chile para sobrevivir a Chile. A Don Francisco, en cualquier país del mundo, le vendían Canal 13. Obviamente en Chile eso no iba a pasar, porque hay demasiado rompepelotas empoderado. Tanto es así que Eliodoro Rodriguez, – el CEO más clásico del 13 – le quitó su puesto de asesor estratégico porque la gente le pedía reuniones a Don Francisco y no a él.

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Acá nunca te vas a rodear de los mejores. Ése es nuestro problema como país.

Y los mejores se adelantan siempre: en la última reunión de auspiciadores de la Teleton, de pronto, levantó su celular y dijo a todos: “Hay que trabajar para esta pantalla”.

No he visto a ninguno de los presentadores de TV actuales hacer algo así. Ninguno. Eso solo lo hacen los que no tienen nada que temer. Porque al fin y al cabo, fue un hombre que siempre estuvo surfeando el cambio.

El tema es que (y quizás ahí está la virtud del tiempo) Don Francisco quiere demasiado a su país. Conoce el mundo, pero ante todo conoce a Chile y a los chilenos. Por eso los presidentes anuncian cambios frente a él. Suena a parábola. Una parábola como la historia de un judío que trabajaba los sábados. Shabbat gigante el de un país en el que gana un distinto que parte en el colegio, que está en la compañía de teatro y hace un viaje donde termina triunfando.

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En 7 días más no vuelve Sábado Gigante. El mantra compuesto por Daniel Lencina no se volverá a repetir. Se acaban los regalos y risas, se terminan la emoción y sorpresas.

Pero ojo: el mundo es un Sábado Gigante.

Si la patria tiene algo así como 200 años, 50 son de Don Francisco.

Don Francisco es nuestro prócer electrónico. Por la razón o por el Zapping.

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Esta noche, en el salón de los recuerdos (donde mantiene su primer traje y el boleto de micro que lo llevó al canal), como una suerte de Baticueva, Mario Kreutzberger, el hombre, por primera vez podría desprenderse de Don Francisco, el mito, que lo tenía cada sábado en un televisor cantando “échelo a volar” como un deseo para los otros.

Hoy el deseo es para él, es que la misión está cumplida.

Don Francisco ha muerto: larga vida a Mario Kreutzberger.

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