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Un peón de la elite

Manuel Contreras, el capataz de los intereses de un sector que lo niega

El conocimiento del estado de salud grave de Manuel Contreras ha motivado todo tipo de reacciones. Muchos desean que se muera, otros esperan que siga viviendo para que cumpla su condena -lo que parece imposible porque son más de 500 años de presidio- mientras otros suben a la red figuras del mismo Satanás esperándolo junto a Pinochet en el infierno. Es natural que el personaje en cuestión haga renacer el odio y resentimiento en un país que padeció sus brutalidades y la masacre que comandó en pos de un orden. Es natural, también, que haya todo tipo de arranques de furia hacia lo que la dictadura significó -y significa hasta el día de hoy- para nosotros y lo que dejó tatuado en nuestras mentes hasta no se sabe cuándo.

Por lo mismo, es que se exige un análisis consistente de lo que Contreras representa y lo que defendió en Chile. Vale la pena detenerse, mirar la historia y preguntarse por qué surgió tan nefasta personalidad en uno de los momentos más tristes y dolorosos de nuestra historia patria. Porque Contreras no estuvo solo. No es un fenómeno apartado. Pensar que una vez que él muera todo el pasado se irá con él es ser ingenuo y no conocer a Chile y lo que algunos están dispuestos a hacer con tal de mantener sus intereses, sus ideas. El Mamo fue un trabajador de quienes hoy todavía disfrutan de una economía que fue impuesta con tal de aniquilar a todo el que pensara distinto u osara en cuestionar las eternas estructuras de poder en nuestro país.

Manuel Contreras no es producto de su propio impulso. Fue mandatado por quienes cerraron los ojos mientras él torturaba, mataba y trataba de erradicar toda voz disonante.

El director de la CNI trabajó para quienes hoy se tratan de alejar de su figura y la del dictador. Es quien les hizo el trabajo sucio, el que les limpió el escenario para así poder perpetuar, de una vez por todas, el relato de la mano de una economía de libre mercado que se escuchaba a lo lejos como innovadora, pero que era la misma vieja historia. Una manera más para terminar de instalar la idea de que en Chile solamente hay unos que pueden progresar, de que solamente unos pueden emprender, de que solamente unos pueden ser ungidos con el nombre de ciudadanos. El resto que se las arregle solo.

Manuel Contreras no es producto de su propio impulso. Fue mandatado por quienes cerraron los ojos mientras él torturaba, mataba y trataba de erradicar toda voz disonante. Todo lo que se escuchara como distinto, como el estorbo a una elite que aún no ha sido capaz de pedir perdón por haber sacrificado vidas con tal de no seguir haciendo colas. Esa elite que aplaudió un régimen que exilió, aniquiló e hizo del asesinato un acto político, para así poder caminar tranquilos por las calles sin encontrar nada distinto. Nada diferente. Todo tenía que estar uniforme, ya que los políticos no tenían la eficacia de los militares para dejarles todo limpiecito. Pulcro y sustentado con la sangre de miles de compatriotas.

 mamo contreras

Pensar que Pinochet y Contreras son únicamente el problema de Chile es no saber quienes los pedían a gritos, quienes utilizaron su mediocridad, sentido de oportunidad y crueldad para que hicieran el trabajo que ellos no querían ni podían hacer. Ese trabajo que a muchos les ardía las manos por hacer pero que prefirieron dejar en sus capataces. En esos militares a los que su arribismo los llevó a tener más lealtad con las clases pudientes que con la patria de la que tanto hablaban y sobre la que tanto juraban.

Manuel Contreras es parte de un Chile que aún anda palpitante esperando el momento para mostrarse intolerante y macabro. Es parte de ese Chile que no dialoga, no propone, sólo pide que lo salven de la diferencia, del roterío, de lo diferente. Es parte de ese país que al no tener las armas en su poder, saca sus cacerolas como una manera de defenderse, como un escudo. Que en vez de abogar por políticas que puedan reducir los índices de delincuencia, sólo se escuda y grita. Y pide que los ayuden solamente a ellos. Siempre a ellos. A nadie más. Pidiendo que caigan gobiernos que no les complacen al igual que esos afiebrados que dicen odiar y que tiran piedras en las marchas, pero desde la otra vereda, que al fin y al cabo es la del pataleo. Es la del extremo. La de la violencia. Son los encapuchados sin capucha. Los que se esconden detrás de la decencia de su origen o el lugar en el que viven para evitar comportarse como miembros de una sociedad, sino como parte de una realeza que sólo existe en sus mentes. Son los que no creen en la democracia.

El Mamo fue un trabajador de quienes hoy todavía disfrutan de una economía que fue impuesta con tal de aniquilar a todo el que pensara distinto.

La sociedad chilena es más compleja que la simplificación que ofrece la siniestra figura de Contreras, y que sirve para distanciar el “milagro económico” de la dictadura con la brutalidad de los derechos humanos. Porque lo cierto es que estos dos factores están juntos. Son inseparables. Nuestra economía extrema y desregulada se sirvió de la masacre del Mamo. Fue la manera más rápida para instalar una visión ideologizada sin que nadie tuviera la ocasión para oponerse o manifestar una pregunta o un cuestionamiento al respecto. Separar este personaje del interés particular de un sector es mentirle a la gente. Ponerlo como una muy fea anécdota en nuestra historia es no entender debido a qué intereses surgió. Es seguir negándole a la todos los chilenos, sin importar su clase, cuál es la verdadera razón por la que aún estamos mirando hacia la dictadura y por qué nos costará mucho dejar de hacerlo si es que antes no hay un sinceramiento histórico de quienes tuvieron y tienen el poder hasta el día de hoy.

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