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Derrota post 2011

¿Miedo a las marchas? ¡Miedo a la democracia!

Según una encuesta de Cooperativa, un 49,9% reprueba las manifestaciones estudiantiles, mientras apenas un 48% está de acuerdo con ellas. A la rápida, uno podría decir que hay una ciudadanía cansada, hastiada y que dejó de preocuparse de peticiones abstractas. Que quiere resultados reales, cosas que les lleguen y que se palpen en el bolsillo. Cansancio de ideales y espera de cosas concretas. Medidas palpables. Sin embargo, si uno hace un análisis más detallado -y cree lo que esta encuesta dice- se podrá encontrar con algo más.

Hoy en día somos una sociedad más indignada que propositiva. La política les parece mal, los políticos les dan asco y todo lo que tenga que ver con ideas de futuro -aunque no lo digan- les aburre, es cierto. Pero cierto también es que, debido a la manera en que la información se entrega hoy, no podemos esperar otra cosa. Nuestros medios de comunicación -o por lo menos los más vistos y  leídos- son hechos para que el ciudadano medio siga teniendo ideas medias. Ideas cortoplacistas que hagan más relación con “los problemas reales de la gente” que con la verdadera manera de afrontarlos: revisando la historia y cómo ésta ha funcionado.

Un ejemplo es el caso de Rodrigo Avilés, hubo que demostrar poco menos que su carnet de sanidad para comprobar que estaba marchando y no delinquiendo.

Al oficialismo mental de Chile no le importa la historia. La mira en menos y aunque se crea en constante rebeldía, lo cierto es que es el más sumiso a la hegemonía de este Chile post dictadura. Por lo mismo, las marchas les gustaban hasta cierto punto: cuando planteaban ideas rápidas como “educación gratis”, pero cuando el asunto comienza a hacerse real y la discusión comienza a politizarse, se muestran reacios a seguir apoyándolas. Porque la política asusta, porque la polarización y la manifestación de ideas aún parecen peligrosas a quienes conducen lo que debe o no ser bien visto en Chile. Y la clase media, como buen experimento de ellos, muchas veces sigue los dictados teatrales de la televisión y los diarios.

marcha

Un ejemplo es el caso de Rodrigo Avilés, joven que estuvo en coma debido al impacto del chorro de un guanaco hasta hace pocas horas. Hubo que demostrar poco menos que su carnet de sanidad para comprobar que estaba marchando y no delinquiendo -aunque según lo que dicta la norma no son cosas muy diferentes-. Hubo que mostrar a un padre y una madre en los noticiarios pidiendo justicia por el mal actuar de Carabineros para -nuevamente- tratar de legitimar un ejercicio propositivo como el de marchar por un país diferente, por una realidad distinta. Los medios, en tanto, se quedan con la imagen violentista, con esa que rompe y saquea, esa que alimenta aún más el discurso del indignado: ese que realmente nunca hará nada para reformar ni para remover las bases del sistema tal cual está.

Somos una sociedad más indignada que propositiva. La política les parece mal, los políticos les dan asco y todo lo que tenga que ver con ideas de futuro -aunque no lo digan- les aburre.

Y es que pareciera que el encapuchado es amigo del pensamiento medio, ese que es distribuido por los medios como quien reparte llaveros en el Paseo Las Palmas. Es el que -de una manera u otra- alimenta las instancias poco democráticas que algunos están ansiosos de ver en la tele para así despotricar contra quienes marchan. El pelotudo que rompe cosas es el principal instrumento del relato hegemónico. El gran esclavo -al igual que el indignado- de este Chile complaciente, el que cree estar desplegando su rebeldía cuando sólo está perpetuando lo estático de nuestro statu quo.

Lamentablemente hoy algunos están mostrando su miedo a la democracia de manera sumamente clara. Están defendiendo sus pequeños fundos mentales con tal de que todo siga igual, reclamando en contra de hechos concretos pero no en contra de una historia y de cómo se craneó. Por lo tanto, es importantísimo decir que mientras más nos indignamos por boletas y temas que la justicia debe solucionar, menos hacemos algo porque en el futuro el Estado se haga cargo del financiamiento de la política y evite estas verdaderas orgías entre empresarios y parlamentarios. Mientras menos nos interese mirar un Chile con perspectiva, sólo querremos ocultarnos en nuestro terror a pensar, a cuestionar, a ser más democráticos.

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