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Mancharon la pelota

Nos robaron la alegría del fútbol

Escrito por MQLTV

    Qué triste. Qué triste ser hincha del fútbol después de los hechos acontecidos este domingo 6 en Valparaíso, en el marco de la última fecha del Campeonato de Apertura 2015/2016. Qué triste porque lo que iba a ser una fiesta para el que resultara campeón tras esta jornada, donde se jugarían en paralelo los duelos de Santiago Wanderers vs Colo Colo y de Audax Italiano vs Universidad Católica, se transformó al final en otro episodio negro de nuestro cada vez más triste fútbol chileno.

    Ya desde la previa del partido en Playa Ancha se preveía un escenario complicado. Durante la semana, Los Panzers y la Garra Blanca venían amenazándose mutuamente en las redes sociales, asegurando que el día del encuentro había un enfrentamiento entre ambos bandos. Enfrentamiento que, por cierto, se hizo realidad con agresiones, robos y destrozos a vehículos en pleno centro de la ciudad. Pero en el estadio la cosa fue peor: apenas los jugadores de ambos elencos pisaron la cancha se desató el caos.

    Por decisión del árbitro Enrique Osses, el encuentro se suspendió antes de su inicio. Al mismo tiempo que ocurrían estos desmanes, Audax derrotaba por 1-0 a la Católica a los 5′ del 1° tiempo, resultado que se mantendría hasta el final y que le otorgaría, sin necesidad de jugar, el título a Colo Colo. Pero a esas alturas esto daba lo mismo, porque el pobre espectáculo que impedía que albos y caturros hicieran rodar la pelota logró algo que parece imposible para quienes somos hinchas del fútbol: quitarnos la alegría y la pasión por este hermoso deporte.

    Para entender lo ocurrido en el Elías Figueroa -y sus alrededores- hay que escapar del vago y simplista análisis que la prensa suele realizar sin la necesaria contextualización que requiere un problema tan complejo como éste. La violencia en los estadios no nace ni termina con el fútbol, la violencia en los estadios es sólo una sinécdoque de una sociedad injusta y desigual, donde la falta de oportunidades termina acercando estos hinchas que provienen de círculos marginales a la droga y a la delincuencia. Y esta desigualdad se reproduce también dentro de nuestros recintos deportivos, donde segregamos las ubicaciones en el estadio por sector socioeconómico: el lumpen se pone en las galerías detrás del arco, los pobres que no quieren enfrentarse a la delincuencia van a los codos, la clase media hace esfuerzos para pagar una tribuna Andes y la clase alta, para no codearse con el resto, paga por las cómodas tribunas preferenciales con asientos numerados.

    La violencia en los estadios no nace ni termina con el fútbol, la violencia en los estadios es sólo una sinécdoque de una sociedad injusta y desigual.

    Más allá del debate sociológico al respecto, la pregunta urgente es qué medidas se toman en el corto plazo para evitar que se repitan jornadas como la vivida en Valparaíso. Por lo pronto, el gobierno ha anunciado que los partidos de alta convocatoria se jugarán sin público hasta que se encuentre una solución ante el evidente fracaso del Plan Estadio Seguro. Un plan que sólo ha servido para complicarle la vida al hincha normal y para que las sociedades anónimas sigan lucrando a costa del Estado, el cual les inyecta más dinero para “garantizar” la seguridad en los recintos (Sebastián Esnaola elaboró en esta columna una lúcida crítica a dicha medida). Lo mínimo, frente a esta ineficaz política pública, es que el jefe de Estadio Seguro, José Roa, presente su renuncia.

    Otro asunto, volviendo a lo netamente futbolístico, es la reacción del cuadro campeón. Yo soy del Colo, y como tal debiera estar contento por haber alcanzado por fin la estrella 31, pero la alegría por ese título queda totalmente opacada por una sensación de tristeza. Que el equipo saliera a dar la vuelta olímpica en un estadio vacío me parece un acto, a lo menos, desubicado. ¿Dónde está la reflexión, la mesura y el sentido común de jugadores, dirigentes y cuerpo técnico? Hace menos de una hora, la cancha era un campo de batalla donde hubo gráficos y periodistas agredidos por los invasores, donde los arcos fueron totalmente destruidos y donde se encontraron incluso casquillos de balas en el terreno de juego. ¿Cómo, por más legítimo que haya sido el campeonato alcanzado, puede uno celebrar después de esto?

    violencia estadios

    Mientras los altos cargos dirigenciales de las sociedades anónimas que dirigen los clubes se han visto involucrados en escandalosos casos de corrupción -Gabriel Ruíz-Tagle (UDI), ex presidente de Blanco & Negro, fue protagonista de la #ColusiónDelConfort y Carlos “Choclo” Délano (UDI), ex miembro del directorio de Azul Azul, cumple pena efectiva de cárcel por ser uno de los principales culpables del Caso Penta-, Sergio Jadue -quien fuera hasta hace poco la máxima autoridad de la ANFP- es procesado por el FBI por más de 200 millones de dólares de pagos ilegales en derechos de televisación. Así, no extraña que las hinchadas se transformen en nidos de delincuentes -aleonados por estos otros delincuentes, que son los ladrones de cuello y corbata- y que a la hora de las campañas políticas quedan al servicio de cada uno de estos “capo di tutti capi” trabajando como comandos de la Unión Demócrata Independiente.

    La explicación más lógica y sencilla a la violencia en los estadios es que el fútbol no es más que una metáfora de nuestra sociedad. La falta de sentido de comunidad, la competencia y la desigualdad se viven acá porque se viven también en cada espacio de nuestras vidas. Algunos sectores conservadores y neoliberales utilizarán esta excusa para elitizar el fútbol y convertir a las hinchadas en algo parecido a lo que es actualmente el público de la selección chilena, donde subieron los precios para que sólo acceda un público cada vez más ABC1. El lumpen podrá salir de nuestros estadios, pero seguirá presente en calles y barrios. Y esa no puede ser la respuesta que buscamos en una sociedad que dice ser inclusiva.

    wanderers colo

    No tengo una respuesta sobre cómo resolver esto, pero me parece que una medida a mediano plazo puede ser intentar recomponer el tejido social encontrándonos en la organización misma con los hinchas de estos clubes. Hágamonos socios de nuestros equipos, participemos de sus asambleas, démosle cara a las sociedades anónimas y ayudemos a reinsertar en la sociedad a aquellos que nacieron en ambientes de vulnerabilidad y terminaron malentendiendo la pasión por el fútbol. Por ahora, hay que buscar alguna forma de pasar la pena y volver a reencantarnos con esta pasión, porque lo cierto es que este domingo 6 de diciembre del 2015 nos terminaron de robar la alegría del fútbol.

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