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¿Es posible la AC?

Nueva Constitución: Esa ilusa idea de que nuestra institucionalidad podrá solucionarlo todo

Y ahí estaba Michelle Bachelet en cadena nacional frente a todo Chile respondiendo una pregunta difícil. Una interrogante que debe ser tal vez el principal problema político de estos tiempos en nuestro país, y que consiste en saber cómo vamos a cambiar la Constitución dictatorial. La respuesta de la mandataria fue decidida y enredada a la vez, como sólo ella sabe responder. Por un lado nos hablaba de que esta Constitución pecaba por su origen ya que había sido hecha a la medida de unos pocos, pero también nos recordaba que había sido modificada un sinfín de veces. La cosa que es que hay que cambiarla, y debíamos hacerlo sometiéndonos curiosamente a esa misma institucionalidad cuestionada.

Nadie dijo que cambiar una Constitución sea fácil. Es natural que la idea de un pueblo reuniéndose en torno a una Asamblea Constituyente suene bonita, casi romántica. Pero también es cierto que para lograr eso debemos encontrarnos frente a una gran muralla de problemas, miedos, conveniencias y sobre todo política de salón. Por esto es que Bachelet puso en manos del futuro Congreso -luego de cabildos ciudadanos y conversaciones basadas en un proceso de educación cívica- la decisión de si nos someteremos o no a la satanizada congregación de voluntades.

Aunque levanten banderas AC en las calles, la verdad es que una vez sentados en su escritorio parlamentario querrán ser ellos -y nadie más que ellos- quienes escriban el incierto futuro de la República.

Muchos se preguntan si es que es inteligente dejarle a una instancia representativa como el hemiciclo esta decisión. Algunos dicen que sí, que es más correcto y que así se pueden seguir los cauces normales en un país tan legalista como el nuestro. Mientras otros reclaman que no hay un cambio cultural lo suficientemente fuerte en el Parlamento para que se pueda tomar una decisión que vaya directamente hacia una Asamblea Constituyente y todo lo que esto significa en materia de democratización. Porque seamos realistas: el Congreso, al verse a sí mismo como el baluarte mismo de la democracia y la discusión pluralista, no querrá dar a otros el placer de ser parte del conflicto político. No dejará que quienes los votan tengan más injerencia sobre lo que sucede o lo que puede suceder hacia el futuro con nuestro país. Para eso están ellos, dirán.

Aunque levanten banderas AC en las calles, la verdad es que una vez sentados en su escritorio parlamentario querrán ser ellos -y nadie más que ellos- quienes escriban el incierto futuro de la República. Si bien es natural que habrá una derecha que se opondrá a cualquier cambio y hará valer como sea sus privilegios institucionales, también habrá quienes estén en una izquierda más bien moderada y temerosa ante la concreción de una idea que sonaba bien en los discursos y en las entrevistas con punzantes periodistas, pero que una vez hecha carne no sabrán qué hacer ante frente a ella.

Es cierto, hay que votar un nuevo parlamento para que represente el sentir popular, sea el que sea. Pero cierto también es que parece haber una cierta coraza ante los cambios; una pared institucional que Jaime Guzmán les otorgó.

Chile está sometido en una somnolencia democrática hace años y hoy, de cara a las medidas anunciadas por Bachelet, nos será más evidente. Unos querrán aferrarse a lo que dicen odiar y otros simplemente se harán los desentendidos y culparán al contrario de que por su culpa no se pudo hacer lo que querían con todas sus fuerzas. Pero lo real será que habrá un cierto pacto secreto y soterrado que los haga defenderse entre ellos aunque digan no compartir las mismas ideas y aunque crean que muestran su diferencia ante nuestros ojos.

Es cierto, hay que votar un nuevo parlamento para que represente el sentir popular, sea el que sea. Pero cierto también es que parece haber una cierta coraza ante los cambios; una pared institucional que Jaime Guzmán les otorgó y en la que incluso quienes dicen despreciar su figura se acomodaron a vivir debido al susto, al terror a ver otra cosa. Un terror que no se cambia trayendo nuevos rostros, sino instalando nuevos paradigmas que no aparecerán nunca si es que seguimos creyendo que nuestra actual institucionalidad puede solucionarlo todo.

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