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Jorge Abbott

Nuevo Fiscal Nacional y Caso Penta: Una cuestión de familia

Jorge Abbott es el hombre. Debido a una decisión “transversal” del Senado, el abogado tendría la confianza de parte importante del espectro político y cumpliría con las condiciones indicadas para ser el próximo Fiscal Nacional y suceder al actual titular de ese cargo, Sabas Chahuán. Como es de esperar en todo este tipo de situaciones, hubo voces que se opusieron a la propuesta de la Presidenta para este cargo, principalmente argumentando su parentesco con el actual presidente del Banco Penta y ex canciller del gobierno de Piñera, Alfredo Moreno, de quien es primo.

Frente a este último dato, Abbott dijo que se inhabilitará con respecto al caso Penta, lo que a algunos tranquilizó, enalteciendo la honestidad del futuro Fiscal. Es importante recalcar que el hecho de que haya parentesco entre una autoridad de la justicia como Abbott y Moreno, no debería ser un problema si es que cada uno de los personajes en cuestión tiene claro su actuar en circunstancias en las que se vean involucrados y puedan ser contraparte, pero sí puede ser un conflicto cuando analizamos detenidamente cómo está conformada nuestra sociedad y cómo se repiten una y otra vez los mismos nombres y los mismos apellidos.

Ése parece ser el gran problema de Chile, una sociedad en donde todo el que tiene poder y ha cometido alguna falta, puede mirar su árbol genealógico y encontrar a alguno que otro que lo salve.

Es cierto que somos una sociedad aún pequeña. Pero más cierto todavía es que la concentración de poder y de prestigio está en pocas manos. Parientes circulan por los mismos pasillos y se saludan perteneciendo al mismo bando o al contrario, pero dentro de la misma elite; del mismo tráfico de influencias en donde las discusiones se llevan a cabo entre quienes tienen derecho a discutir. Entre quienes están autorizados a ser o a parecer, o a querer parecer algo o serlo. Los demás no pueden, los demás son “los que sobran”.

Y es que los antepasados se casaron entre ellos. Los tíos anduvieron detrás de las tías y los abuelos preferían que se casaran con los iguales antes de que entrara otra persona. Porque Chile es el país en donde unos tienen miedo que otros entren y respiren su mismo aire. Pero sobre todo, es ese país legalista en donde muchas veces lo legal puede ser resuelto entre la familia. Todo queda en familia y lo justo puede muchas veces estar dentro de ese ámbito. Es cosa de mirar las penas de quienes cometen fraude al Estado desde sus lujosas oficinas y de quienes carterean en las calles del centro de Santiago. Ambos son delitos, no de la misma magnitud, pero sólo unos tienen derecho a indulgencia, sólo por pertenecer a un lugar, por haber estrechado manos y compartir apellidos.

Parientes circulan por los mismos pasillos y se saludan perteneciendo al mismo bando o al contrario, pero dentro de la misma elite

Quiero insistir en que no estoy viendo ningún pecado a raíz de la parentela mencionada entre acusador y acusado, pero resulta triste que la justicia, las empresas y toda institución esté en las manos de las mismas personas. Es curioso que entres a un matrimonio de la “alta sociedad” chilena y veas en cada mesa a parte importante de las autoridades. Muchos ante las cámaras discuten y hasta se descalifican, sin embargo en la mesa comparten el pan, un rico trozo de carne y una rica copa de vino tinto para luego dar paso al esperado whiskacho. Pero para ser sincero, más que curioso es la muestra clara de lo que somos y lo que aún no dejamos de ser, porque aunque queremos descentralizar el poder, lo cierto es que soterradamente nos sentimos seguros y expectantes frente a lo que puedan decir ellos: los mismos de siempre. Los que tienen el pedestal con el micrófono bien afirmado para decir lo que quieran, como también para concluir lo que sea necesario concluir y así no se vean perjudicados. Nunca deben verse perjudicados.

Ése parece ser el gran problema de Chile, una sociedad en donde todo el que tiene poder y ha cometido alguna falta, puede mirar su árbol genealógico y encontrar a alguno que otro que lo salve, ya que jugaron cuando chicos, compartieron los veraneos y fueron felices en la casa de la playa o del campo de los abuelos. Pero lo que preocupa no es que sean parientes, sino que muchas veces puedan ver a las instituciones como una extensión de su patrimonio familiar.

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