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La östalgie chilena: Una generación que juega a la clandestinidad

Dos semanas atrás, el conductor Nicolás Larraín subió a YouTube un fragmento de su programa de televisión por cable, El Nico Late. En dicho fragmento, estaba invitada la performer nacional Irina, la Loca quien aparece cantando un tema llamado Arroz con leche. La letra de la canción hace alusión a la violación de un padrastro a una niña marginada de 11 años: «Mi mamá siempre me dijo: / cada vez que tu padrastro / se queda contigo / le tienes que hacer caso / de todo lo que él dice. / Y siempre me dijo / guashita, esto te va a servir / para el resto de tu vida como mujer mujer».

Esto habría pasado piola (en las redes sociales, en el universo conocido) de no haberse enterado la persona cuya autoridad le confiere la obligación de ser la persona más indignada ante este hecho: la directora nacional del Servicio Nacional de Menores. Marcela Labraña ocupó su cuenta de Twitter durante la noche de este domingo 11 de octubre para denunciar sumamente indignada la existencia de esta canción. «¡El abuso sexual no es para reír! No entiendo el descriterio del video», indicó la autoridad de gobierno. Y la red social del pajarito estalló.

El video del programa del exmiembro de Caiga quien caiga empezó a ser viralizado durante la noche de este domingo y terminó convirtiéndose en trending topic de Twitter hacia la mañana del lunes 12.

Esto no es nuevo. La famosa canción Corazones rojos de Los Prisioneros hace una crítica al abuso contra la mujer naturalizado por una cultura patriarcal. En la voz de Jorge González, tenemos el canto de un abusador que clausura una discusión frente a su pareja bajo la amenaza: «Si te quejas, allá está la puerta. / No estás autorizada para dar opinión». Eso fue en 1990.

Es posible que Irina haya deseado repetir el patrón de la narrativa del abuso a través de una enunciación en primera persona, tal como la canción de Los Prisioneros. Aunque, a diferencia de los sanmiguelinos, Irina en su Arroz con leche aborda la perspectiva de una abusada de 11 años, alegorizando la obediencia de una niña que no tiene conciencia de su abuso.

Tenemos colectivos de izquierda que se proponen cambios políticos apostando a perdedor, es decir, desde la imposibilidad de llevar a cabo sus ideas.

Y ahí surge la polémica para la opinión pública. ¿Puede ser llamado crítica social algo que suena a apología? De esta forma, estallará una controversia semántica sobre los límites de la censura, asemejándose a las discusiones del progresismo nacional de hace veinte o treinta años.

Pero lo de Irina, la Loca no es un caso aislado. Actualmente, se está armando una nostalgia de la censura y de la clandestinidad, recreada como rebeldía fancyEsta se asemeja a la östalgie de la Alemania Oriental, pero inspirada en el Chile pinochetista.

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¿Qué es la östalgie? Con la reunificación germana, las marcas de productos consumidos en la mitad socialista fueron sustituidas en los anaqueles por las que eran consumidas en Alemania Federal. Al pasar los años, la introducción al capitalismo de la Alemania Oriental generó una progresiva nostalgia en torno a los objetos anteriores a la reunificación y al estilo de vida de entonces, surgiendo así una recreación de fantasía de la nostalgia (nostalgie) del este (öst).

¿Cómo es nuestra östalgie? La nuestra busca restaurar la adrenalina detrás de los actos de resistencia y contracultura surgidos a partir de finales de los ’80, con la inminencia del plebiscito del año 1988. El final de esa resistencia es difuso: esencialmente, está a inicios de los ’90, aunque hay rasgos de dicha contracultura que se mantenían hacia finales de la década, cuando el exdictador Augusto Pinochet vivía en Londres un arresto domiciliario que inició su decadencia, a la sombra de la omnipotencia bajo la cual roncaba en el país.

Medios que se definen editorialmente hechos «para romper el cerco informativo», como El Ciudadano, pero si quieren estar en los quioscos, tienen derecho a la libertad de prensa.

En esos años, se formaron elementos contraculturales basados en la adrenalina de la clandestinidad, de sentir que se rompían esquemas establecidos por la censura del cartuchismo institucionalizado o por la persecución hacia las ideas tenidas por subversivas. En el primer caso, rompías con los esquemas delimitados por la iglesia católica o por grupos organizados con influencias entre los poderes fácticos, como El Porvenir de Chile. En el segundo caso, transgredías la persecución inminente de una CNI (en dictadura), de una Dispi (en democracia) o bien la discrecionalidad de un carabinero que podía meterte preso porque tu apariencia le resultaba sospechosa.

En dictadura, la prensa opositora al régimen estaba efectivamente amenazada. Sin ir más lejos, un editor de la revista opositora Análisis, José Carrasco Tapia, fue asesinado en septiembre de 1986 tras el atentado fallido contra Pinochet en El Melocotón, como una represalia de la oficialidad hacia los opositores estratégicos. En los primeros años de la democracia, la prensa contrahegemónica también la tuvo difícil, pues la doctrina de Eugenio Tironi en la Secretaría de Comunicación y Cultura en el gobierno de Patricio Aylwin determinó que el avisaje del Estado dependería de los resultados comerciales de los medios y del alcance de los mismos, conduciendo a que la prensa más allegada al pospinochetismo se hiciera aun más fuerte y la prensa opositora al pospinochetismo se debilitara y quebrara progresivamente hacia la década de 1990, puesto que también tenían clausurado el avisaje de casi toda la empresa privada.

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En dictadura, los organismos de inteligencia del régimen buscaban amedrentar los partidos políticos. En democracia, la Dispi estaba encargada de desarmar movimientos políticos más a la izquierda del Partido Comunista, ya que estimaba en ellos estaba la latencia del terrorismo. Estaba el temor oficial hacia la «subversividad». Pero esta subversión no estaba solamente en la política, sino también en las manifestaciones culturales, en que una fiesta acabará en la comisaría por culpa de una redada de Carabineros, fuera por pertenecer a la cultura alternativa o por tratarse de un carrete homosexual: la detención por sospecha se derogó en 1998 y la sodomía se despenalizó en 1999.

Justo ahora que se viene un proceso constituyente y un proceso cívico que tenderá a redefinir los tratos entre las personas, buscando superar las asimetrías que todavía sufren los grupos marginados, pareciera rearmarse el hombre de paja de la censura y de la clandestinidad solo para volver a atacarlo. Y hay grupos de personas que participan de estos simulacros de clandestinidad; pero más como una forma más de reafirmación de identidad que como una forma relevante de acción política.

Detrás de estos productos de la rebeldía fancy, están básicamente las ganas de recrear las luchas de las generaciones pasadas solo para ganar en ellas, en una representación más teatral y alegórica que factual.

Por una parte, tenemos medios que se definen editorialmente hechos «para romper el cerco informativo», como El Ciudadano, pero si quieren estar en los quioscos, tienen derecho a la libertad de prensa y tienen la posibilidad de tirar ejemplares en la imprenta que quieran costear. Si quieren estar en Internet, no recibirán la censura oficial por ningún contenido y pueden publicar cualquier información contra cualquier poder, sea éste oficial o fáctico. Es posible. De alguna u otra forma, pueden acceder a ser leídos por los lectores en la medida que sus contenidos sean relevantes para éstos. En la medida que estén presentando una noticia dentro de las fronteras del país, ya están rompiendo el cerco mediático porque ya son parte del concierto medial.

También tenemos colectivos de izquierda que se proponen cambios políticos apostando a perdedor, es decir, desde la imposibilidad de llevar a cabo sus ideas. Y actúan desde la postura de la imposibilidad de poner sus ideas a disposición de la comunidad para que ésta tome partido por ellas, pues parten desde una actitud defensiva hacia los otros, de quien no tiene tanta conciencia de clase como ellos, a quienes ven como personas sin conciencia. Así, solo reducen la difusión de su discurso a públicos cautivos, imponiéndose según los ánimos de las indignaciones de las políticas liceanas o universitarias.

¿Cómo es nuestra östalgie? La nuestra busca restaurar la adrenalina detrás de los actos de resistencia y contracultura surgidos a partir de finales de los ’80, con la inminencia del plebiscito del año 1988.

Tenemos las discotecas gays, en donde cada fin de semana se refuerza la autoafirmación del ser homosexual a partir de un estereotipo y una defensa férrea de éste. En lugar de diferenciar el espacio recreativo por estilos de consumo cultural (entiéndase «tribu urbana»), la discoteca gay lo hace a partir de un cluster estandarizado de una orientación sexual. Como si fuera una visión de mundo completa: como si lo natural (la orientación sexual) y lo cultural (los bailes y ritmos) estuvieran amalgamados en una trinchera de resistencia frente a un otro heteronormado que puede perseguirlos y discriminarlos. Como si no estuviera en la lucha contra la discriminación hacia la orientación sexual el promover y disputar la tolerancia justamente en esos espacios de esos otros heteronormados.

Y por otro lado, tenemos una escena musical que juega a romper esquemas ya rotos en los noventa. Tal como lo hace Irina, la Loca, tenemos a la performer Planta Carnívora, quien se ha bautizado de aquella forma para sonar más políticamente correcta (!) que su alias original, Vagina dentada, mismo nombre como llama a su primer EP y que tiene entre sus temas uno titulado Peo trasher, el cual incluye versos del corte «cómete tus sesos, / exprímelos, / eres gonorrea de elefante». O también tenemos a Cola Condenada, grupo pop con letras de onda Calle 13 y actitud Lulu Jam, aunque vestidos en ropa interior, ejecutando performances de estética sadomasoquista e interpretando canciones como El reggaetón del paco pasivo («venga p’acá, / sácate la luma / que aquí todos / nos miramos la tula»), un tema que habría llevado a Carabineros a defender su honra mancillada (?) mediante la Ley de Seguridad Interior del Estado… hace más de veinte años.

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Estas manifestaciones juegan a inventar al enemigo a través de una clandestinidad falsificada. Y no está bueno, esencialmente, porque la clandestinidad no puede ser el punto de partida para este estilo de manifestaciones culturales, políticas y estéticas. Porque en estos tiempos, la vida de nadie está amenazada en esta clandestinidad simulada, pues esas luchas ya se dieron. Detrás de estos productos de la rebeldía fancy, están básicamente las ganas de recrear las luchas de las generaciones pasadas solo para ganar en ellas, en una representación más teatral y alegórica que factual. Esto se parece al inicio del episodio de Los Simpson llamado El dulce Apu, cuando los ciudadanos de Springfield debían recrear la guerra civil y terminaban actuándola a su propio antojo, convirtiendo todo el espectáculo en una comedia de equivocaciones.

Por cierto, no por eso no hay censura en Chile. La hay. Está la censura bajo el concepto de «huelga ilegal», una expresión agresiva que relativiza el derecho de las personas a sindicalizarse y bajo la cual pueden ser criminalizadas y despedidas impunemente. Así como hay censura, también hay clandestinidad en nuestro país. La prueba de aquello está entre los comuneros mapuche que deben padecer la persecución y la criminalización por obra y gracia de un concepto de Estado unitario en donde no caben ni la diversidad cultural ni la plurinacionalidad de un país. Allí hay una resistencia auténtica contra un Estado todavía negligente. Lo demás es confeti, el confeti de la falsificación de la censura y de la clandestinidad. Lo demás es la östalgie chilena.

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