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Moral y poder

Policía de la Empatía: Las reacciones ante París y el Tío Emilio

Los atentados de París generaron una conmoción que las muchas muertes diarias en Medio Oriente jamás causarán en el grueso de la población occidental, cosa que sin duda resulta terrible, ¿pero hace necesario que se tome postura castigando a quienes expresan sus condolencias hacia los parisinos? Las últimas horas han dado fruto a una de esas típicas contiendas de Internet: la pelea por determinar quién es moralmente más consistente al momento de postear. Asimismo, abre la oportunidad de cuestionar un problema de fondo: ¿Porqué un país como Chile, que evidentemente está en la periferia de lo que entendemos por “occidente”, empatiza antes con el primer mundo que con el tercero?

Llama la atención que muchas de las opiniones en las redes sociales puedan clasificarse entre el amor irrestricto y hasta inesperado hacia París, el apoyo con reserva de quienes sostienen que tanto apoyo es solo indicativo de nuestra falta de empatía con otras luchas y finalmente aquellos que consideran castigable llorar por los muertos del atentado, y consecuentemente disparan ráfagas moralizantes, exigiendo centrar la atención en Beirut, Siria o El Líbano, al punto de ridiculizar a quienes ponen los colores de la bandera gala a las fotos de perfil.

perfil francia

¿Es posible parcelar el dolor, clasificarlo y elegir o hacer elegir las cosas que nosotros o los demás debemos experimentar como dolorosas, buenas, malas o terribles? En efecto, es posible, y es justamente en ello en lo que radica el control de los medios de producción -en este caso, de producción de subjetividad- mediante los medios de comunicación y la cultura: ejercer una dirección férrea sobre los estímulos, de modo que sea posible determinar cuáles son aquellas cosas que duelen y cuales las que nos hacen sentir placer. Evidentemente no es posible revertir estos procesos de administración del sentido común mediante la operación contraria, vale decir, moralizando y castigando en la dirección opuesta, exigiendo que se sufra y se experimente placer por otras cosas y no aquellas que los poderosos programaron en nosotros.

Para decirlo de otro modo: cuando alguien sufre por París sin prestar la menor atención a las matanzas que ejecuta el imperialismo norteamericano en países de Medio Oriente, eso se debe a una forma de administración ciudadana que no es imputable a quien comete este “error”. Si queremos pelear porque la empatía traspase las barreras de la cultura occidental, entonces la vía no es atacar al “equivocado”, atribuyéndonos la violenta posición de “policías de la empatía”, sino por el contrario, dando la lucha contra quienes instalan y fuerzan la reproducción de un sentido común que no hace justicia a las miserias del mundo moderno. El problema está entonces en la forma en que comprendemos nuestras afinidades, no en las reacciones que dichas afinidades producen. Un mundo occidental que no se conmueva por una nueva matanza en París sería un mundo terrible; el problema es que el imperialismo nos hace experimentarnos a nosotros mismos, los chilenos por ejemplo, únicamente como occidentales. De esta forma, tanto las bombas en Siria como los machetes en África nos resultas irrelevantes, mientras revisamos el alza de la AFP en el computador de la oficina.

¿Porqué un país como Chile, que evidentemente está en la periferia de lo que entendemos por “occidente”, empatiza antes con el primer mundo que con el tercero?

Una situación similar es la que se vive con “En su propia trampa” y “Estado de Alerta”, en que nos experimentamos, como consumidores de televisión, en la vereda del ofendido y no del ofensor, con independencia de que ambas sean posiciones en las cuales somos puestos desde fuera, básicamente, por los dueños de los canales. La relación entre víctima y delincuente es más cercana de lo que aparece en los medios; ambos forman parte de una sociedad que los confronta en torno a la consecución del éxito material; la diferencia es que la búsqueda se hace por carriles distintos, y de hecho, el límite se desdibuja precisamente cuando Emilio Sutherland deja de capturar delincuentes comunes con el dinero de un conglomerado multinacional e ingresa al conflicto bélico dentro de una población.

Repentinamente los televidentes no entendemos de qué lado está el periodista: ¿se encuentra en la casa de los buenos o de los malos? Peor aún, Sutherland se encuentra en la casa de los violentos, que podría ser una o la otra, indistintamente, porque las posiciones beligerantes son contradictorias, pero obedecen las dos al problema de la marginalidad en el neoliberalismo, que destruye las estructuras de resistencia de los oprimidos y los enfrenta a unos contra otros por búsquedas fútiles, como la del éxito individual mediante el consumo. ¿Realmente es relevante determinar quién fue el engañado en este caso? Grupos rivales se disputan quién cayó en la trampa, declarando que al periodista de Luksic lo utilizaron para encubrir un asesinato, revistiéndolo de la forma de un enfrentamiento armando, al más puro estilo de DINACOS. Lo relevante es la criminalización de la población y sus habitantes y la posición en la que el programa pone al espectador: una víctima remota pero eventual, que en lo posible, debe arrancar en la dirección opuesta a la de los pobres.

¿Se mejora la situación de desigualdad en el tratamiento de la información, exigiendo dejar de llorar por París? Por supuesto que no, porque esa operación es igualmente violenta y no hace más que reproducir aquello que se pretende combatir.

Una pregunta que se repetía en los matinales a la mañana siguiente a la emisión del programa “Estado de Alerta” era cuán peligroso era mostrar estas técnicas de robo por televisión. ¿Resultaba más educativo para los delincuentes o para las víctimas? A decir verdad, para ninguno, porque del mismo modo que ocurre con los crímenes falsos escenificados por Sutherland para pillar a algún delincuente común con el que se ocupará el principio de oportunidad, en el programa de CHV únicamente se muestras situaciones artificiales, con la finalidad de montar un espectáculo criminógeno del cual la única resultante es el terror general de quienes lo consumen. Tanto en la población como en el robo de un inmueble, el rostro que nos muestran criminalizado es el rostro de un igual, que como las niñas secuestradas por Boko Haram, los muertos de Mexico y los de Beirut, aparece radicalmente distinto al chileno del Transantiago, del esfuerzo, del emprendimiento y de las tarjetas de crédito con chip, únicamente porque alguien lo decidió de esa forma. ¿Se mejora la situación de desigualdad en el tratamiento de la información, exigiendo dejar de llorar por París? Por supuesto que no, porque esa operación es igualmente violenta y no hace más que reproducir aquello que se pretende combatir.

paris de luto 1

Son estas operaciones en la realidad las que van determinando nuestras empatías con tal o cual proceso, sujeto o conflicto; la generación de contradicciones al interior de los que en principio son iguales permite parcelarlos, administrarlos y predecirlos, y en ello radica el control que ejerce una clase social sobre otra, en que cada uno sea el que vela por la conducta del otro, en una compleja red de relaciones de poder, vigilancia y castigo, como la que ejerce el padre sobre el hijo, el profesor sobre el alumno, el jefe sobre el trabajador o el conductor del noticiero sobre el público. La secuencia conductista de estímulo y consecuencia (castigo o premio), nos va empujando a la única posición en que son estériles nuestros esfuerzos: confrontados unos contra otros. Ya sea en el muro de Facebook, en las ruinas de Medio Oriente o en aquella terrible noche en Le Bataclan, la posición confrontacional de cada actor en el proceso depende necesariamente de las redes de administración de su propia subjetividad, que los poderosos han tejido sobre nuestra forma de relacionarnos con el entorno. Si queremos disputarle el control de nuestras opiniones a los que nos imponen una determinada forma de entender la realidad, entonces debemos pelear con armas distintas de las suyas: el diálogo con aquellos que opinan distinto en una red social es condición necesaria del dialogo entre dos potencias en pugna, porque el peso de una revolución en el sentido común genera estragos transformadores de los que nadie, por poderoso que sea, puede hacerse el leso.

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