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Historia de Chile

Populismo popular y bonapartismo: Democracia sin pueblos y sin partidos

Escrito por Rafael Gumucio Rivas

    Hay una falsa imagen idealizada de la democracia y de los partidos políticos chilenos, que pasa de largo el decenio de exclusiones que va desde 1948 a 1958, desde la Ley de Defensa de la Democracia hasta el Bloque de Saneamiento Democrático, que derogó la “Ley Maldita”. Incluso, podría extenderse hasta 1964, fecha del triunfo de la Democracia Cristiana. El carácter central de este período es el rechazo a la política y a los partidos, algo no muy distinto a la actualidad.

    En 1952, el gobierno radical de Gabriel González Videla, que se había caracterizado por la formación de gabinetes integrados por todos los partidos políticos chilenos, había caído en el mayor de los desprestigios: los radicales eran la expresión del máximo de la corrupción y de los escándalos que, además de perseguir a los comunistas que habían colaborado para su elección, la inflación llegaba a más del 50%, provocando la famosa huelga de la chaucha -a raíz del alza de 20 centavos de peso por el boleto de locomoción – y la aventura del complot de Colliguay del autosecuestro de Mass y Soto.

    ley maldita

    Como siempre, los partidos políticos de la época estaban convencidos de haber detenido la rueda de la historia: cada uno de ellos se preparaba para las elecciones presidenciales de 1952; se sostenía que el populismo no tenía cabida en Chile –solo había habido una experiencia en la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931), la cual había terminado a causa de la crisis de 1929 que, en Chile llegó tarde, hacia el año 1931-. El Chile nuevo de Ibáñez poco tenía que ver con la dictadura de Primo de Rivera en España o con el fascismo italiano.

    Los radicales creían, sin darse cuenta del rechazo popular que generaban, que podía repetirse el gobierno con el insulso candidato Pedro Enrique Alfonso, apoyado por la Falange. Liberales y conservadores estaban convencidos de que esta vez llegarían al poder con Arturo Matte Larraín, del clan Alessandri. Sin embargo, el ex dictador Carlos Ibáñez ganó las elecciones por más de 400.000 votos. Ese sino de la derecha ha sido siempre el creer que va a ganar y, así, recuperar el fundo que es este país –ojalá se repita se repita nuevamente la situación-.

    Vista esta catastrófica situación, sería apenas lógico que surgiera un populismo anti-partido. Sin embargo, no ha aparecido un líder carismático que pueda canalizar este descontento, hasta ahora, larvado.

    A los 80 años, Carlos Ibáñez del Campo ya no era el mismo del Chile nuevo y del “termocauterio por arriba y por abajo”, sino que hizo un gobierno completamente errático: al comienzo se alió a Juan Domingo Perón – quiso imitar al justicialismo– y en este período lo apoyaron los socialistas populares de Raúl Ampuero y los agrario-laboristas; al poco tiempo, los primeros se pasaron a la oposición e Ibáñez, en pleno desastre, intentó un gabinete presidido por Eduardo Frei, con plenos poderes, pero esta fórmula fracasó a causa de las intrigas de Rafael Tarud, en ese entonces jefe del partido agrario-laborista. Posteriormente, integró al gabinete a Jorge Prat, un nacionalista-fascista portaliano, director de la revista Estanquero -uno de los prosélitos de esa tendencia era Sergio Onofre Jarpa, líder de la derecha del Partido Nacional-.

    El Mercurio, que siempre ha querido dirigir los distintos gobiernos, dedicó una serie de editoriales al problema de la inflación que, en 1957, había llegado al 83% -pensar que en la actualidad el 10% es materia de alarma-. Agustín Edwards gestionó, en Estados Unidos, la venida de una Comisión llamada Klein-Saks, cuya misión consistía en terminar con la inflación en base a la clásica política derechista de reducir el gasto fiscal y, sobretodo, los sueldos y salarios que, anteriormente, se equiparaban al costo de la vida; la misión fracasó rotundamente debido al corporativismo de los empresarios -que, como siempre, vivían del  Estado- y a las huelgas obreras. Al final, el gobierno de Ibáñez terminó firmando la derogación de la Ley de Defensa de la Democracia y la promulgación de la Ley Electoral que, por medio de la cédula única, combatió el cohecho.

    ibañez del campo

    Es difícil calificar de populista al errático gobierno de Carlos Ibáñez, pues es una sombra comparado con Getulio Vargas o con Juan Domingo Perón, más bien le correspondería el título de un gobierno anti-político que terminó ahogado por la inflación y la poderosa combinación opositora de “todos contra Ibáñez”.

    En 1958, el empresario neurótico Jorge Alessandri Rodríguez intentó realizar un gobierno gerencial sobre los partidos, supeditando a la derecha al poder presidencial. Sin embargo, terminó con un desastre económico y la pérdida de la mayoría parlamentaria, que lo obligó a integrar a los radicales al gabinete.

    En la elección de 1958 apareció un personaje que encarnó al populismo: Antonio Zamorano Herrera, el cura de Catapilco, una pequeña localidad entre Zapallar y La Ligua. En esa zona, los gamonales eran la familia Irarrázabal, dueños del latifundio desde 1891. El cura de Catapilco era un personaje que hacía muy entretenidas las funciones en la Cámara de Diputados acusando a los dueños de fundos de tratar a los campesinos peor que a los cerdos.

    A partir del plebiscito de 1988, el populismo anti partidos se encarna en empresarios: en 1989 se presenta como candidato Francisco Javier Errázuriz, un empresario que -según él- había hecho su fortuna criando pollitos

    El cura de Catapilco logró, en las elecciones presidenciales de 1958, exactamente el mismo porcentaje que Salvador Allende necesitaba para triunfar sobre Alessandri. La justa paliza propinada por los diputados socialistas, que lo acusaban de haber sido comprado por los candidatos de la derecha.

    A partir del plebiscito de 1988, el populismo anti partidos se encarna en empresarios: en 1989 se presenta como candidato Francisco Javier Errázuriz, un empresario que -según él- había hecho su fortuna criando pollitos; su lema fue terminar con la UF. Logró una altísima votación –un millón de votos- con el 15,48%, apenas la mitad de Hernán Buchi , que obtuvo dos millones de votos.

    En la actualidad, la política no puede estar más desprestigiada. Ambas combinaciones bipólicas son ampliamente rechazadas por la ciudadanía: de 11 millones de electores potenciales sólo están inscritos ocho millones. Es decir, cuatro millones rechazan el sistema político.

    francsico javier errazuriz

    El parlamento es una de las instituciones más desprestigiadas y la profesión de política es asimilada con el robo y el fraude. Abundan los casos de escándalos, que son destacados profusamente por la prensa de derecha, cuyo interés simulado es convertir la política en algo banal. Vista esta catastrófica situación, sería apenas lógico que surgiera un populismo anti-partido. Sin embargo, no ha aparecido un líder carismático que pueda canalizar este descontento, hasta ahora, larvado.

    En el miserable Chile de hoy lo único que importa es la riqueza y se hace necesario hacer ostentación de ella: los ricachones están seguros de que su propiedad privada no será tocada jamás por el gobierno; no irán a la cárcel por uso de información privilegiado u otros delitos económicos. A lo único que temen es al asalto de sus propiedades, por eso piden mano dura frente a la delincuencia, en vez de promover el empleo entre los jóvenes y la justicia social para los ciudadanos más desprotegidos.

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